
Hoy me despertó una mosca zumbando sobre mi cara. Vaya uno a saber cuánto rato llevaba sobrevolándome. Miré la hora: diez y media de la mañana. Creo haberme dormido anoche a eso de las doce: diez horas de sueño corrido no es una mala cifra.
El silencio matinal era profundo: lo interrumpía el zumbido de la mosca-despertador, una brisa ligera y el canto intermitente del gallo de la casa de al lado. Me concentré un momento en los sonidos que venían del exterior: el cacareo lejano de las gallinas y una o dos ovejas balando. El lago, podía adivinarse, era una taza de leche. Me quedé un rato acostado, pero la mosca terminó por espantar lo que quedaba de sueño.
Llegar a destino, a este caserío a orillas del lago Llanquihue, no fue completamente fluido. Dada la extensión del viaje, dentro del auto se libraron a lo largo de la carretera verdaderas batallas campales entre mis tres cabros chicos. Algo parecido a esas salas de clases escolares en las que aún no aparece el profesor y los alumnos se lanzan proyectiles, se empujan, se golpean. Como manejar no admite mayores distracciones, no quedó más remedio que soportar los gritos, los reclamos, el llanto, las pataletas, y cada una o dos horas echar un alarido gorilesco a ver si con eso se calmaban un rato. El clímax sucedió cerca de Valdivia, cuando Agustina le pegó un chicle en el pelo a Francisco, y su hermano le pagó inmediatamente con la misma moneda. Ayudó al desbande el hecho de que viajara solo con ellos, ya que la Solcita recién se integra mañana a las vacaciones.
Ya llevamos cuatro días a orillas del lago Llanquihue. Poco a poco empiezan a aquietarse los ánimos. Al comienzo, la gran entretención de estos pergenios fue espantar a los gansos. Partían detrás de ellos corriendo y aleteando los brazos, simulando a un monstruo, emitiendo sonidos guturales, y los gansos huían despavoridos en medio de una zalagarda feroz. El jueguito de estos tres pajarracos urbanos que no habían visto en su vida a un ganso duró un día. Tuvo que venir el dueño de los animales a decirle a mi hijo mayor que no siguieran persiguiéndolos, que los bichos estaban estresados y no querían más guerra.
Los pequeños han comenzado poco a poco a integrarse al paisaje. Antes de llegar preguntaban "¿y qué vamos a hacer si no hay tele ni computador?". Ahora intentan inventarse ellos mismos un panorama. Como el tiempo hasta hoy acompaña, se bañan en el lago varias veces al día, hacen hoyos en la arena, juegan con los perros de las casas de campo vecinas, participan de las pichangas vespertinas, salen a caminar hasta un riachuelo que hay poco más allá, entre castaños y manzanos, y hasta estuvieron antenoche en una fogata con asado y guitarra.
Uno empieza a sacarse la gran ciudad de encima, pero se queda con uno mismo puesto. Ese va con uno a todas partes. Leí en un par de días una novela de Haruki Murakami: Al sur de la frontera, al oeste del sol. No me gustó tanto, pero tiene algunos pasajes memorables. Como cuando Shimamoto le describe a Hajime la "histeria siberiana" que ataca a ciertos campesinos de esa región, que hacia donde miren ven el mismo horizonte. El mismo horizonte hacia el norte, el sur, el este y el oeste. Y en ese escenario monótono trabajan duro día a día, mes a mes, año a año, hasta que en un momento de sus vidas se cansan de hacerlo porque algo muere en ellos, algo importante deja de animarlos a vivir del mismo modo cada día. Y entonces se lanzan al oeste del sol, y siguen andando como poseídos, sin comer ni beber, hasta que caen derrumbados y mueren. Esa es la "histeria siberiana" de la que habla Shimamoto en esta novela de Murakami. Algo así como un estado de rutina y locura que acaba destruyéndote y matándote.
Casi siempre decimos que salimos de vacaciones para descansar, recargar pilas, romper la monotonía. Esta vez me desplacé a muchos kilómetros de distancia intuyendo, sospechando, que es en este campo, frente a este lago, donde deseo inaugurar una nueva etapa de mi vida con las convicciones intactas, amándote.
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Posteado por: Ricardo Peña y Lillo Valenzuela 14/02/2009 11:43 [ N° 1 ] |
Una especie de mosca gigante, de color azul se acercó insistente, mirándome aleteando con su zumbido cercano, entre mis ojos, hasta que desperté pensando en las recriminaciones hechas por mi hijo antes de salir ese fin de semana. Recién me había acostado y el acoso insistente del insecto virtual retardó mi descanso, como si algo debiese resolver antes de dormir. No recuerdo bien, pero debí solucionarlo antes de dormir nuevamente, creo que lo llamé. El caso es que a veces me ocurre que algún mosquito aletea insistente en torno al entrecejo y regresa pese a mis manoteos al aire. Lo curioso es que he detectado que eso ocurre cuando me distraigo haciendo algo que no es prioritario y estoy postergando otra actividad que sí requiere pronta solución. Precisamente el mismo argumento por el que fui recriminado por mi hijo. En lugar de seguir dando manotazos, decidí cambiar a la actividad urgente y como por arte de magia, el mosquito se fue. No me convencen las respuestas mágicas, pero sí conjeturar hipótesis acerca de alguna emanación química o vibración telepática en frecuencia que atrae a los insectos… … Mejor dejo de escribir y me pongo a trabajar, porque allá veo un mosco que viene directo hacia mí… zzzzzZZZZZ… |
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Posteado por: Noelfa Huerta Olivares 16/02/2009 11:05 [ N° 2 ] |
Y es eso mosco que de repente revolotea a tu alrededor el que te permite salir de la "histeria siberiana",el que te saca de la rutina y da vida a tu interior,el que te dice que estás vivo y que estando vivo puedes amar y sentir.De eso se trata "vivir",poder. sentir hasta el zumbido de un mosco |
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