
A propósito de su último libro de ensayos sobre literatura, comentamos que el mexicano Juan Villoro es quizá el escritor más versátil de su generación; se mueve con soltura en la novela, en el ensayo, en la crónica, en el guión cinematográfico y en la narrativa juvenil. Precisamente a este género pertenece El libro salvaje, una aventura destinada al público juvenil que, tratándose de quien la escribe, admite sutilezas que también gustarán al lector adulto. Se trata de libros, de muchos libros, de una enorme biblioteca en una casona del centro de Ciudad de México, donde va a dar transitoriamente Juan, un niño de 13 años cuyos padres se están separando. Su tío Tito, el dueño de los libros, quiso quedarse con él en vacaciones porque Juan tiene poderes especiales: es un lector “prínceps”: “No el que lee más libros, sino el que encuentra más cosas en lo que lee”. Y en esa biblioteca hay un libro muy especial, un libro que jamás ha sido leído y que busca su lector ideal. Hay también libros malignos, que les roban sus ideas a otros libros; otros que viven en las sombras, porque sus anteriores dueños fueron ciegos; y otros que se mueven por la biblioteca de manera autónoma. Juan conoce además a Valentina, una niña que durante las vacaciones trabaja en la farmacia de sus padres, al frente de la casa del tío Tito, y juntos –y enamorados– emprenden la aventura de cazar y domar al libro salvaje. Hay unos pocos personajes más –los padres de los niños, la cocinera, la hermana menor de Juan–, pero también habría que contar a los protagonistas de las aventuras en el río con forma de corazón, libros que aparecen en los lugares menos pensados. El sistema de clasificación del tío Tito da para un capítulo aparte, con nombres de secciones que muestran el humor certero del autor.
Y hay más, por supuesto. Metáforas felices, como que los mosquitos (zancudos, diríamos por acá) son “las orquestas de la desesperación”; referencias a autores canónicos en el tema de las bibliotecas, como Borges; y la mejor respuesta posible a quienes, ante la vista de un gran número de libros, preguntan al dueño si los ha leído todos: “Claro que no. Una biblioteca no es para leerse entera, sino para consultarse. Aquí los libros están por si acaso”.
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