Rodrigo Pinto
Sábado 21 de Febrero de 2009
Leer: Vía revolucionaria


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Esta novela circulaba ya desde hace años en una edición de Emecé. La misma traducción aparece ahora por Alfaguara, de la mano del anuncio del estreno de la película basada en el libro. Es una buena noticia, porque dará más resonancia a una obra notable, tan descarnada como filosa, que recorre el paisaje de los Estados Unidos en vísperas de la fiebre por los cambios y el salto impresionante en el crecimiento económico que comenzó en los sesenta. Ya en la posguerra Estados Unidos era una potencia mundial y el país más rico del mundo, pero aún subsistían vastos espacios donde la mediocridad –en todos los sentidos posibles– era la norma, especialmente en las periferias suburbanas: espacios tristísimos, desangelados, aquejados de uniformidad y simetrías detestables, donde la incipiente prosperidad, las autopistas y los whiskies dobles al atardecer esconden la horrible sensación de haber perdido totalmente el control sobre la propia vida. En ese paisaje desolado se inscribe la trama de esta novela, publicada originalmente en 1961, por un autor también marginal y no sólo por sus depresiones y alcoholismo, sino porque iba también en contra de las corrientes literarias más en boga del momento. Según la escritora Barbara Probst Solomon, el pecado de Yates era su “estilo antiguo”, y antiguo en el sentido de privilegiar el clasicismo, el argumento perfecto, la novela bien hecha; pero hay muchos otros lectores que rescatan al autor y lo sitúan dentro de lo mejor que ha producido la narrativa estadounidense.

Para que nadie se confunda, es preciso aclarar que la vía del título es una calle, no un camino en sentido figurado, pero su factura clásica es cualquier cosa menos complaciente. Hay muchas novelas que abordan el tema del matrimonio frustrado y el derrumbe de los ideales juveniles, pero pocas lo hacen con la fuerza, la desesperación y el fiero escepticismo de Vía revolucionaria. Hay muchas tragedias domésticas, pero probablemente ésta se lleva la palma en su minuciosa y terrible exploración de la vacuidad cotidiana. Y quizá lo más notable es que precisamente a partir de esas vidas adocenadas y sin perspectiva, Richard Yates obliga a los personajes y a los lectores a asomarse a abismos que nadie pudo intuir previamente.

Alfaguara, Madrid, 2008. 384 páginas.

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