Mario Fonseca
Sábado 28 de Febrero de 2009
Arte: La bandera y los huérfanos


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Mientras Santiago retoma su pulso habitual, dos exposiciones que cierran el verano nos recuerdan las pequeñas historias cotidianas e insólitas que acontecen en la capital, de manera casi imperceptible para el ciudadano común, quien, no obstante, resulta ser muchas veces su protagonista inveterado. En el plan del barrio Bellavista, la conspicua sala de fotografía 211 se permite una muestra que rompe sus tradicionales cánones, presentando los resultados de una intervención en Providencia con Carlos Antúnez que supuso el izamiento de una monumental bandera naranja fluorescente, a partir de lo cual 17 artistas produjeron diversos trabajos gráficos más un himno, en tanto encima del plan, en la sala Tudor, ubicada en la cumbre del cerro San Cristóbal, un fotógrafo expone una documentación original de transeúntes anónimos de la calle Huérfanos.

Antonia Isaacson concibió el primer proyecto aprovechando la existencia de un enorme mástil en la intersección señalada, logrando una participación notable en que la bandera es abordada con ironía y magnificencia a la vez, como símbolo convocador de voluntades y como simple referencia visual, dando pie a la generación de fotografías en medios análogos y digitales, incluyendo polaroids de gran carga poética, secuencias en diapositivas que comprometen la mirada íntima del espectador, objetos volumétricos que demandan su atención analítica, pixelaciones electrónicas que discuten con pixelados gráficos, o luminosas imágenes de la bandera flameando impertérrita en aquel entorno impensado. Juan Diego Santa Cruz, por su parte, registra sistemáticamente a diversos peatones que cruzan un haz de luz solar reflejado desde una ventana de la calle céntrica, desplegando un discurso sensible sobre la orfandad identitaria de los habitantes de la gran ciudad, donde nadie ve ni se siente visto por nadie, salvo quizás por aquel rayo de sol que sólo responde al azar. Aunque fortuita, la coincidencia de ambas exposiciones permite una meditación sobre la vida urbana y las posibilidades que tiene el arte ya sea de inscribirla o de especular nuevos contextos a partir del juego irreverente. Algo así como que los personajes de Santa Cruz hubieran levantado la vista para descubrir que no era el sol sino una insólita bandera lo que los iluminaba a su paso, invitándolos a evadir su anonimato.

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