Tomás Eloy Martínez
Sábado 28 de Febrero de 2009
Luces y sombras de Susan Sontag


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Susan Sontag dejó, al morir, hace cuatro años (el 28 de diciembre de 2004), un caudal incontable de notas dispersas, ensayos inconclusos, anotaciones para un diario. Su hijo, el periodista y editor David Rieff, dice que jamás recibió instrucciones sobre lo que debía hacer con esos textos. Aunque Sontag sufría un cáncer de la sangre que en general resiste a los tratamientos más avanzados, “siguió creyendo, hasta pocas semanas antes de su muerte, que iba a sobrevivir”. Dos veces antes había afrontado otras formas de cáncer y había ganado la pelea; de la primera experiencia, a los 42 años, surgieron las ideas de La enfermedad y sus metáforas (1977), uno de sus grandes ensayos. “Amaba vivir, y tanto su sed de experiencias como sus expectativas de escritora habían aumentado con el paso del tiempo”, escribió Rieff en un libro desolado, Swimming in a sea of death (Un mar de muerte). Allí cita un pasaje de los diarios juveniles de Sontag, que acaba de publicar en los Estados Unidos: “No puedo siquiera imaginar que un día dejaré de vivir”.

Los diarios y el ensayo de Rieff describen el comienzo y el final del personaje de Sontag, esa aristócrata de la contracultura, crítica y protagonista del star-system intelectual. Si en el ocaso se relatan los sufrimientos físicos a los que se sometió para seguir viviendo (un trasplante de médula sin esperanza, entre ellos), en el origen se cuenta el sufrimiento mental por el que pasó hasta descubrir que su vida estaba regida por el afán de conocer más, por saberlo todo.

“Quiero escribir, quiero vivir en una atmósfera intelectual”, anotó a comienzos de 1949, cuando tenía quince años y estudiaba en Berkeley, poco antes de aceptar una beca en la Universidad de Chicago. “En cuanto llegue a Chicago voy a buscar la experiencia, y no esperar que la experiencia venga a mí”. En París, a fines de 1957, vislumbró lo que de veras quería y, como siempre, se trazó planes y mandatos que cumplía sin vacilar: “Uno debe ir a varios cafés: en promedio, cuatro por noche”. Esas andanzas le permitieron decidir que quería ser una escritora, no una académica.
El registro de los años de bohemia, desde sus quince a sus treinta, cubre la transformación de una adolescente apasionada por La montaña mágica y por Shakespeare en una intelectual compleja. Ante los ojos del lector renace, va inventándose a sí misma, tal como ella misma escribe y como el hijo eligió titular el primero de tres volúmenes de los diarios de Sontag: Reborn (Renacida). “Todo comienza ahora”, escribió a mediados de 1949. “He vuelto a nacer”. Se refería a la revelación de su identidad homosexual y a la fe en su pasión intelectual. La última página de Reborn llega hasta el momento en que está por publicar su primer libro, la novela El benefactor (1963), tres años antes del ensayo que inauguró su fama, Contra la interpretación (1966). En el medio, se abre la cita de Rochefoucauld que acompañó muchas de sus reflexiones e inspiró el título de su último libro, Ante el dolor de los demás (2003): “Todos tenemos la fuerza suficiente para soportar el dolor de los demás”.

Su apetito por la vida desbordaba las exigencias cotidianas. Se desvelaba anotando listas de las cosas que necesitaba vivir o conocer. “Libros por leer” y “Libros para comprar” son entradas que se repiten y van dando cuenta del paso del tiempo en la formación de Sontag: desde Henry James y Joseph Conrad a Saul Bellow y Philip Roth, de John Dewey a Wittgenstein. Al comienzo, sus gustos coinciden con los de sus contemporáneos argentinos del grupo Sur: “De nuevo me sumerjo en Gide, ¡qué claridad, qué precisión!”, escribió el 1 de septiembre de 1948, diez días antes de comprar y terminar, a las dos y media de la mañana, la lectura de los Diarios.

Sontag lanza afirmaciones con peligrosa seguridad: “La poesía debe ser exacta, intensa, concreta, significante, rítmica, formal, compleja”. A veces incurre en pobres lugares comunes: “Los amores perfectos son los ilícitos”, “Probar una ciudad desconocida es como probar un vino diferente”. Cada una de sus intervenciones, aun las menos lúcidas, confirman la imagen de intelectual irreverente que la marcó hasta el final y que le valió el escarnio de la opinión pública de su país cuando, al hablar de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, dijo que eran ”una consecuencia natural de las alianzas y las acciones de los Estados Unidos” y que de los atacantes se podía decir todo, menos que fueran cobardes.

En la selección de textos, Rieff se revela como un hijo indigno del talento enorme de su madre. Deja en pie los fragmentos que podrían saciar la curiosidad morbosa de los lectores y escamotea otros que supone aburridos, pero que servirían para entender cómo se fueron conformando las visiones del mundo de Sontag. Sintetiza algunos momentos importantes con explicaciones desganadas: “El resto de este cuaderno está dedicado a definiciones, comparaciones y ejemplos de varias formas poéticas desde el pentámetro yámbico hasta la stanza de seis líneas”, aclara Rieff. Y allí se detiene. Sontag, sin embargo, veía el diario como un instrumento para entender cómo iba haciéndose a sí misma, cómo su yo se iba creando día tras día.

Esa creación se extinguió el 28 de diciembre de 2004 en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York. Murió defendiéndose contra la muerte, tras un tenaz combate cuyo final inevitable no quería aceptar. “Mi ambición o mi consuelo -se lee en el diario- ha sido entender la vida”. La entendió con una lucidez de la que carece la mayoría de los seres humanos. Sólo ante el último paso de la vida se volvió ciega y se privó de una experiencia irrepetible, la más misteriosa de todas.

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