Francisco Mouat
Sábado 07 de Marzo de 2009
El regreso


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Había llegado a un punto en que no podía encontrar lo que quería o necesitaba. El desorden en mi taller-oficina era absoluto. Los libros de un mismo autor estaban desperdigados en distintos estantes, o haciendo equilibrio en una repisa, o sentados en el sillón de lectura, o en una pila sobre la estufa, o arrumbados en el suelo, o guardados en bolsos, o metidos a presión en el clóset, o encima de la cama.

Dar con un título en el momento justo se convirtió en una pesquisa cada vez más compleja.

No podía seguir así. El año corrido de trabajo, de talleres, de lecturas, de preparación de clases, de agarrar libros al azar y dejarlos en cualquier parte me estaba pasando la cuenta. Antes de salir de vacaciones, sin energía ya para ordenar nada, me prometí volver a la faena en marzo con otro aire, y convertir a mi espacio de trabajo de todos los días en un sitio medianamente ordenado y fluido, donde encontrar el segundo tomo de la prosa completa de Borges, o los diarios de Julio Ramón Ribeyro, o las crónicas de Daniel de la Vega fuera un trámite expedito.

Me pasé cuatro tardes completas esta semana dándolo vuelta todo, clasificando, volviendo a ubicar a los libros hermanados por autor y región, y ahora miro a las estanterías y sé dónde están mis autores favoritos: dónde está Coetzee, Sebald, Carver, Martín Cerda, Chéjov. Buscar, por ejemplo, el fragmento de alguno de los ensayos de Bolaño en Entre paréntesis puede tomarme un par de minutos como mucho. Gano así tiempo: tiempo para leer, para perderlo, para descansar con la cama desocupada, para tomar notas, para mirar al techo y pensar en nada.

Otro aspecto notable del ordenamiento de la biblioteca fue descubrir muchísimos libros que quise leer en su momento y no lo hice, entre otras cosas porque dejaron de estar a la vista. No he sacado la cuenta, pero creo tener, así, a vuelo de pájaro, unos cien libros que podría disponerme a leer a partir de esta misma tarde, razón por la cual debería también bloquear nuevas compras y adquisiciones, salvo excepciones que justifiquen el gasto. Así, el tiempo que antes ocupaba en ir a ver nuevos libros y caer prisionero de la ansiedad lo puedo ocupar ahora en leer los que ya tengo aquí, que no son pocos, y que además son muy buenos, lo sé.

Ordenar los libros me llevó a encontrarme en el camino con arañas. La más grande de las arañas que encontré ya tiene nombre: se llama Fresia, lleva varios días en el mismo sitio, y antes de masacrarla con algún libro de tapa dura, mi vecina de oficina, enterada de la existencia de la araña, fue a verla y me dijo que no haga tal, que se trata de una araña tigre, y que no debo matarla porque cumple una función magnífica: se come los huevos de las arañas de rincón, se alimenta de ellas, y así protege mi territorio de esas asesinas a las que hay que matar sin asco. Yo, por cierto, no sabía nada de arañas, y tampoco sé mucho de plantas, apenas regar mi ficus cada tres días sin demasiada agua, pero ocurre que esta semana fui en las mañanas a hacer un taller de literatura a todos los profesores del colegio Huelquén, un colegio Montessori en Lo Barnechea, y una de las talleristas, en un gesto emocionante, una profesora que nació en Schwager, zona minera, zona del carbón, una postal de tiempos remotos que se desvanecieron, ella me regaló otro ficus, de hoja jaspeada, y me enseñó sus cuidados básicos. De ella aprendí que debo comprar una varilla plástica con unas amarras especiales para que el antiguo crezca derechito, y además que debo ponerle unas pastillas de vitamina cada dos o tres meses para fortalecerla.

Aproveché también el impulso para ordenar la música, tomé nota de la necesidad de traer unas pantuflas y otra frazada de polar para la lectura sosegada en otoño e invierno, y ahora me dispongo a comenzar el año laboral como soñé que lo haría. ¿Conservaré las piezas durante el año como están ahora, ordenadas y a la mano? ¿O es que la vida pasa también por encima de los libros, desordenándolo todo? No quiero aventurar una respuesta en ese sentido. Lo que sí quiero es vivir contigo, Solcita, cada uno de los días de mi vida, sabiendo que no tendremos otra oportunidad sobre la Tierra.

4 Comentarios publicados
Posteado por:
Ricardo Peña y Lillo Valenzuela
07/03/2009 10:47
[ N° 1 ]


Francisco, dices:

“¿O es que la vida pasa también por encima de los libros, desordenándolo todo?”

Diría que la vida pasa a pesar de los libros, que a veces más desordenan que aclaran el pensamiento propio y natural.

Los libros, mientras más y “mejores”, tienden a coartar la creatividad individual, como muletas forzadas, que obligan a caminar citando y amoldando el pensamiento propio, avalándolo con el ajeno, acomodando citas ideadas para otras realidades, como si en lugar de decir “Solcita” dijeras “Dulcinea”, “Julieta” o “Blanca Nieves”.

Al menos los libros permiten ver las arañas reales, estornudar expulsando ácaros, sacudir de las manos el polvo.

Afortunadamente las vacaciones habrán mostrado la naturaleza, junto al tiempo necesario para observarla. La gracia ahora es poder decir algo, concluir de ello, no tan solo describir, no solo “citar los recuerdos” o los libros de un modo descriptivo o como apoyos que responsabilizan a otros de un pensar propio. (No sólo orbitar los ojos hacia la izquierda, recordando, sino también hacia la derecha, creando)…

… “¡Anda a tomar sol, no te quedes encerrado, mejor es caminar!”… interrumpe la voz de mi “Dulcinea” que al abrir la puerta me ha visto pegado a la pantalla.

¡Que paradoja… ha criticado, lo que estoy criticando!

Cierto, mejor me despido y salgo a hacer lo mío, disfrutando de paso, del sol que ilumina la realidad.


Saludos afectuosos.

Posteado por:
eugenio salas rivera
08/03/2009 06:57
[ N° 2 ]

Bonitas palabras, muy dignas de un artesano de las letras, y de todas, la mejor, la última frase.

Cito del texto: "...podría disponerme a leer a partir de esta misma tarde, razón por la cual debería también bloquear nuevas compras y adquisiciones, salvo excepciones que justifiquen el gasto...".

Aquí va una excepción que justifica totalmente el gasto. Cómprese "Me serviré frío este plato", de Mario Stein, editorial Puerto de Palos. Tendrá material para varios talleres de nueva literatura chilena.

Posteado por:
Alexandra Moreno Núñez
08/03/2009 15:07
[ N° 3 ]

Hola Francisco...gracias por la columna, además de entretenida me sirvió para decidir por fin! ponerme a hacer mi propio orden...
Ojalá puedas leer un cuento de un escritor chileno (Juan Mihovilovich), que se llama "Ficus" y aunque te distraiga de la abultada lectura que te espera, te servirá para conocerlo y para saber de los cuidados del ficus (el viejo y el nuevo) no solo para que sobreviva bien, sino para que veas las similitudes que tiene un ficus con una mujer...al menos, según el autor...Y en una de esas,que sabe una...te sirve también para lo que dices en el último párrafo de tu columna.
Saludos y hasta la próxima columna...que me gusta.
Ale

Posteado por:
Juanita Raquel Correa Parra
09/03/2009 00:06
[ N° 4 ]

Francisco...
Hice lo mismo este verano...tenía un montón de libros por todos lados, puestos uno encima de otros, en un desorden impresionante, salí de vacaciones y me prometí a la vuelta hacer orden..lo hice igual, encontré libros en su bolsita original, por años sin leerlos, encontré arañas también, pero a diferencia tuya agarré un buen insecticida y las maté, armé un hermoso librero, que quedó chico de inmediato, así es que en cuanto pueda lo agrando, pero sabes que lo que más me dio pena, es que me dí cuenta que me faltan muchísimos libros que he adquirido a través del tiempo..como soy una lectora compulsiva, me encanta que los demás lean también y ofrezco y presto libros a muchas personas, o triste es que nadie los devuelve y como no tengo alma de bibliotecaria nunca dejo registro, y así los he perdido, intentaré recuperarlos, porque me encanta ver mi pequeña biblioteca repleta...y aunque tengo hartos títulos para leer....igual seguiré buscando y comprando.

saludos.......

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