
“Sin un centavo en el bolsillo, hospedado en la casa de mi suegra, y cesante, pensé que había llegado la hora de dedicarme a la política”. Así manifestaba Enrique Araya su desilusión ante la vida y... ante los políticos. Esto, en la novela La luna era mi tierra, un clásico inolvidable de las letras chilenas.
Recuerdo que en alguna época de mi vida me esforzaba por mantenerme “al día” en las lecturas; esto significaba seguir la lista de los libros más vendidos, y correr a comprar lo que otros, supuestamente, estaban leyendo. Hace algún tiempo dejé de hacer eso, y me imagino que es una cuestión de madurez. Llega uno a cierta etapa en la vida en que deja de importar lo que otros están haciendo y se adquiere independencia para hacer lo que realmente nos gusta. Debo confesar que no es hace mucho que tengo esta maravillosa sensación y, honestamente, es una de las pocas cosas que aprecio de la edad madura. Debo confesar que ya ni siquiera miro la lista de los “best sellers” en la prensa dominical y sospecho que no es mucho lo que me pierdo.
En cambio, he vuelto a releer las lecturas de mi adolescencia. Creo que todos guardamos memorias de libros, novelas, poesías, que fueron verdaderos hitos en nuestras vidas. Una de ellas, para mí, es la deliciosa La luna era mi tierra, del injustamente olvidado Enrique Araya. Recuerdo haberlo leído por primera vez a inicios de la década de los 60, cuando éramos inmortales, compartiéndolo con los amigos y disfrutándolo en forma ruidosa y exuberante. Nos juntábamos a celebrar las divertidas historias de la imaginación de Araya y reírnos hasta quedar exhaustos. Encontré el libro ordenando una vieja biblioteca y lo abrí con cierto temor. Recordé a Rilke (creo que fue él) que aconsejaba “nunca volver al lugar de nuestras antiguas alegrías”. Pero no, la sensación está intacta. Lo disfruté como entonces, la novela mantiene su frescura y su vigencia. Creo que ha sobrevivido bien al paso del tiempo y quizás merecería reeditarse para las nuevas generaciones. Pero la experiencia me tocó más profundamente.
Leí, también esta semana, una excelente entrevista a Hermógenes Pérez de Arce, en su “exilio”, quien parece estar realmente disfrutando de una nueva etapa en su vida, dejando atrás las rutinas de muchos años. Sentí envidia. Eso, y la experiencia de releer este libro que me había dado tanta alegría a los 15 años, me hizo pensar que, en mi caso, algo estaba haciendo mal. Confieso que, cada vez con más frecuencia, la rutina me agobia y quisiera volver a reencontrar tanto libro, tanta música, tantos amigos que se me han ido perdiendo por los caminos de la vida y tantas cosas “importantes” que atender.
Un periodista me llama para saber sobre los últimos resultados de una encuesta y las causas del sorpresivo aumento en la aprobación de la Presidenta, que ha llenado tantas páginas de análisis. Me siento repentinamente cansado.
El fin de semana salí a pasear con mi perro, visité a mi anciana madre, caminé con mi hija, me preocupé de unas plantaciones de hortalizas que estoy desarrollando. Me sentí feliz. En cambio, me abrumó pensar en las obligaciones, incluso en esta columna que debía entregar.
Volveré a Enrique Araya y a su cansado pesimismo. Gracias por su suave ironía, a veces amarga, que me hizo identificarme nuevamente, después de tantos años, después de tanto tropezón y desencuentro, y, como entonces, volver a preguntarme, como él, si no me habré equivocado de planeta.
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Posteado por: Agustin Maldonado 21/03/2009 10:51 [ N° 1 ] |
Don Roberto, lo que ocurre es que usted está vislumbrando algo de libertad al percatarse que el permanente safari, la constante caza de seguidores que realizan el político, y por qué no también el sacerdote, aburre, cansa, molesta. Ambos necesitan a los seguidores para considerarse alguien. Claro que en territorios separados: el político se ha apropiado de la parcela mundana y el sacerdote de la espiritual. Entre los dos han convertido a toda la humanidad en esclavos. Han destrozado la libertad de todo el mundo. Abrir las alas en el cielo hacia lo desconocido, hacia lo más lejano, lo misterioso, eso es alegría y no el que te aten a un cierto dogma, credo, culto, religión o filosofía, que son diferentes clases de cadenas manufacturadas por diferentes tipos de personas, con el mismo propósito: esclavizarte. Un afectuoso saludo. |
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Posteado por: Mario fuentes Charrier 21/03/2009 15:48 [ N° 2 ] |
Roberto,siendo de la misma generacion creo entender el momento por el cual esta pasando,lo digo porque a mi me pasa exactamente lo mismo.Despues de analizar nuestra desorientacion respecto a como encontrar motivaciones en nuestros dias, he llegado a la conclusion que hemos entrado al tunel de las añoranzas donde concluimos que " Todo tiempo pasado fue mejor", y fue mejor por una razon muy logica, eramos jovenes,enamorados y felices ,con muchos proyectos por delante, con tanta vitalidad que no importaba el dormir en la dureza de una cama armada en una carpa, al lado de un lago en el sur, sin mas luz que la claridad de la luna, disfrutando del silencio del campo como asimismo del ruido de una tormenta inesperada . |
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Posteado por: Renato Zegers M. 23/03/2009 13:23 [ N° 3 ] |
Roberto, Conmovedora tu confesión. Pero intuyo que el problema de fondo es que no tienes la conciencia tranquila ayudando a Sebastián Piñera a comprarse la presidencia. Tú bien sabes que Chile merece más. |
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Posteado por: Humberto Patricio Venegas Campos 25/03/2009 16:34 [ N° 4 ] |
Primera vez que le leo. Me parece que lo que le sucede nos pasa a todos. Se llama "madurar". Saludos |
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Posteado por: anamaria rossi rossi 27/05/2009 17:12 [ N° 5 ] |
lo que tu sientes, lo siento igual.hace mucho tiempo que compro libros primeros en venta, pero no logro sentir esa maravillosa sensacion que senti al leer, por ejemplo los miserables, los buddenbrock,jane eyre,y,por eso,me gusran y atraen los libros usados. si uno va a las mejores librerias en stgo nunca han oido de julien green,un escritor maravilloso yo lo compre en una libreria de viejo en una edicion preciosa, lo compre sin saber nada de el, pero siempre ando buscando volver a sentir el placer de la lectura que alguna vez senti |
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