Mario Fonseca
Sábado 11 de Abril de 2009
Arte: Primer Concurso Universitario de Arte Joven

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La mano que viene

Lo que se viene está aquí: las 71 obras individuales de alumnos y egresados no hace más de dos años de escuelas de arte, seleccionadas entre más de 250 postulaciones provenientes de las distintas universidades que imparten la carrera en el país, son una confirmación de la madurez que está alcanzando la formación de los jóvenes artistas y la vigencia que traen sus propuestas. Organizado por la Universidad Mayor, Balmaceda Arte Joven y el Instituto Nacional de la Juventud, el Primer Concurso Universitario de Arte Joven se impone como una evidencia de la capacidad instalada de nuestras artes visuales. Los amplios espacios del Museo de Arte Contemporáneo en Quinta Normal son ocupados con solvencia por obras que en su gran mayoría muestran calidad formal, pertinencia conceptual e ingentes dosis de originalidad.

Desde una fresca parodia a escala equivalente de los animales diseccionados de Demian Hirst, realizada por Ignacio Yáñez, hasta el brevísimo objeto bélico de Nicolás Labadía; de los alienantes juguetes sonoros infantiles de Belén Flores al cáustico juego de preferencias de Paulina Mujica; o de la perseverante cortina de clips de Bárbara Arriagada a la trama elástica de Constanza Coo o al video de Camila Badilla, y sus respectivas trampas a la percepción, la muestra salta de un medio a otro, extrema formatos y, por lo general, descoloca al espectador con su desparpajo. El exceso de pintura de filiación fotográfica o hiperrealista contribuye a destacar lo efectivamente valioso, como la bomba H de Adrián Gouet o el trío de héroes de plasticina de Pablo Serra. En pintura misma, los tres hijos de Boris Campos estremecen como una evidencia, así como inquietan en el conjunto fotográfico de Javiera Asenjo las sugerencias dislocadas de su título. No obstante, la obra más completa en esta pléyade de inducciones emocionales, por su justa confrontación de materiales, su factura y distribución espacial acabadas, y por las exigencias que hace en la semipenumbra a la visión del pasto y a su vez a la audición del viento y los insectos que registra, es el paisaje perdido de Rodrigo Goenaga: su intensidad subyacente es tal que más bien parece anunciar que la naturaleza aún no está perdida, sino aguarda el momento para volver y pactar o extinguir de una buena vez al hombre.

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