
Mi querida Sol Serrano, compañera en esta columna, escribió la semana pasada sobre ése, su colegio. Recuerdo bien, de esos años, a las bellísimas hermanas Serrano, agudas e inteligentes, vistiendo el jumper y la corbata de moño, arquetipos ellas de las “chicas VMA”. Ella lo hizo muy bien, claro, con el rigor de la historiadora que es: las elites, el catolicismo norteamericano, la religiosidad y la modernidad en el Chile de hoy. Lo leí con gusto y compartiéndolo todo –o casi todo–, pensé que, para muchos, no era sólo eso. Es un mundo que se acaba, del cual algunos, intentamos rescatar recuerdos, sensaciones, imágenes que, sin ser partes de ese colegio exclusivamente para mujeres, son parte de nuestra vida: esos esperados encuentros en el kiosco de la calle Alcántara, los cantos en inglés, las “sisters” que se esmeraban por cuidar a “las niñitas” del asedio de nosotros los muchachos, los amores adolescentes, los ardores de juventud. Más tarde, las fiestas con nuestras hijas, los inolvidables “father and daughter dance”, ríos de vida, de alegría, de anticipación, también la experiencia de un catolicismo alegre y vital.
Quizás no tendría mucho sentido escribir sobre esto; se podría decir que es algo personal, sin mayor interés o sólo para una escasa minoría. En algunos de los comentarios, en el blog de la columna de Sol Serrano, se destila odio hacia esa supuesta elite a la cual se culpa de tantas desgracias de nuestra patria. Pero creo que son muchas las generaciones de hombres y mujeres cuyas vidas fueron tocadas por la experiencia de esas maravillosas religiosas norteamericanas, en más de 70 años de la historia de Chile. Nuestra sociedad, al menos en alguna pequeña parte, es lo que es por lo que ellas hicieron. A lo mejor, sí vale la pena compartirlo.
La historia de los países está marcada no sólo por los grandes eventos e instituciones públicas como gobiernos, guerras o catástrofes, sino también por estas organizaciones medianas y por personas individuales que van dejando una impronta en el tejido social; en nuestro caso, quién puede negar el aporte a nuestra identidad de nombres como el Padre Hurtado, Pablo Neruda o el Cardenal Silva Henríquez. Si alguno de ellos no hubiera existido, simplemente seríamos diferentes. Hemos desarrollado una aceptable tradición para venerar y recordar a éstos, nuestros símbolos de identidad: monumentos, biografías, organizaciones dedicadas a perpetuar su obra y su memoria. Pero no sucede lo mismo con las instituciones, especialmente esas más pequeñas y privadas: plazas, calles, barrios, colegios, teatros, que marcan la vida de muchos miles de personas y de pronto desaparecen y parecieran no dejar rastro. Conocemos o hemos escuchado de míticas jornadas en El Bosco, de vidas que florecieron en la Plaza Ñuñoa, de paseos por la Alameda, vivimos experiencias inolvidables en el teatro La Comedia, en el Caupolicán, antes en el Club Hípico, en Las Brujas, tantos lugares donde floreció la vida y que tememos perder o que ya perdimos.
Por eso es bueno recordar el Villa María y las hermanas del Immaculate Heart of Mary. Aunque no sea sino para dejar constancia que, sin ellas, no seríamos los mismos. Es parte de nuestra identidad, como lo es la inmensa huella de muchas otras instituciones de educación católica en nuestro país: pensemos en la impronta de los educadores jesuitas, o los de la Holy Cross, los del Verbo Divino, los Salesianos, los Hermanos Maristas o más recientemente los del Opus Dei y los Legionarios. Son cientos de miles de chilenos, que quedamos indeleblemente marcados por su entrega y por su amor. Fueron hombres y mujeres que siguieron una vocación vital que los llevó lejos de sus hogares, de Estados Unidos, Alemania, España y muchos otros lugares, para venir a educarnos, a nosotros y a nuestros hijos. Sólo cabe una inmensa gratitud.
Lo más triste es que la causa de su partida sea la falta de nuevas vocaciones. Habla de los desafíos de la religión en el mundo de la modernidad. Creo que es un mal presagio. Porque así como el presente se explica por el trabajo y entrega de tantos, no nos engañemos, el futuro será menos bueno sin la silenciosa presencia de las “sisters”.
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Posteado por: Fernando Contreras M. 18/04/2009 15:30 [ N° 1 ] |
El tono melancólico de esta columna lleva a pensar si entre las quejas por lo perdido, por las vocaciones que no llegan, porque nadie recuerda quizás qué plaza de algún barrio, no habrá rabia y enojo. Rabia de que las tradiciones (elitistas, triviales) muten, enojo por el paso del tiempo (que va rumbo a otro lado, no al barrio Alcántara). Ya lo dijo Freud en Duelo y Melancolía: quejas son querellas. |
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Posteado por: Cristian 18/04/2009 18:31 [ N° 2 ] |
Que raro que el senor Mendez defienda a Sol Serrano!!!No lo puedo cree!!!! Es incomprensible!!! Un personaje de la elite dfiende a otro integrante de su mismo grupo. La verdad, lo unico que me deja el comentario de R.Mendez es la impresionante desconexion que existe entre este pequeno segmento de la poblacion con la realidad de la masa. Con los sans-culotte para que me entienda Serrano, Mendez y compania... S.A. PS: Sr, Mendez, la proxima vez que ocupe el titulo pensado por alguien del blog, dele credito. En fin |
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Posteado por: Nina Simone 20/04/2009 16:08 [ N° 3 ] |
Un texto para la revista Rays (anuario VMA), no para un diario importante. Qué agotador seguir leyendo a chilenos que creen que el país comienza y termina en Vitacura. |
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Posteado por: Desmond Jones 21/04/2009 15:27 [ N° 4 ] |
Algunos comentarios en el blog de Sol Serrano destilan odio, sostiene el columnista. Supongo que no incluye allí a la exalumna que denuncia, sin pelos en la lengua, el mal trato que las sisters propinaban a las alumnas, tanto física como emocionalmente. De su texto es fácil deducir que Méndez se educó en el colegio de la manzana vecina. Espero que no le haya tocado ser alumno de aquel cura alemán que no podía contener la rabia ante una mínima interrupción y propinaba cachetadas que botaban al alumno de su pupitre. O de aquel profesor de matemáticas que, cuando a alguien le iba mal en una interrogación oral, le daba a elegir entre una nota uno o un "Bernardo O'Higgins", tortura que consistía en que el educador tomaba al alumno por una de las patillas y lo zarandeaba en todas direcciones. Esa es la trastienda de una educación elitista que, sin duda, cumplió con el auto proclamado objetivo de formar a las élites. Aunque más bien habría que decir que lo que hacen estos colegios de élite es constituir a las élites y brindarles las redes para reproducir la exclusión. |
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