Francisco Mouat
Sábado 09 de Mayo de 2009
¡Hola, viejo!


Francisco Mouat.jpg

Mediodía de lunes. Estoy terminando de leer el libro El material humano, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, en un café de Ñuñoa. Llevo unas tres horas leyendo esta magnífica historia, que arranca el día en que el autor se entera del descubrimiento de miles de carpetas, cajas y sacos con fichas policiales de ciudadanos de Guatemala de casi todo el siglo veinte en un recinto que alguna vez fue centro de torturas. Entre mis apuntes del libro que leo, una cita de Borges -referida por Bioy Casares- que recoge Rey Rosa: “El destino es siempre desmedido: castiga un instante de distracción, el azar de tomar a la izquierda y no a la derecha, a veces con la muerte”.

Suena el celular. Veo en la pantalla y es mi padre que llama. No es frecuente que lo haga. Atiendo de inmediato: “¡Hola, viejo!”. “Soy tu mamá, Pancho”, responde la voz suave y sorpresiva de mi madre. Me explica que están en la clínica desde anoche, que mi papá se cayó ayer en la tarde, se sacó la mugre y se fracturó el hombro, y que ahora los médicos evalúan si operan o aplican un tratamiento traumatológico. Logro hablar con él: está tranquilo, con voz firme, esperando resignado a que dictaminen qué hacer con la fractura. “Hay que tomarlo con humor”, dice. Quedo de ir a verlo un rato en la tarde. Termino a Rey Rosa. Me digo a mí mismo que es uno de los libros que más he disfrutado leer en el último tiempo, buenísimo. De una patada, además: qué placer.

Pago el café y me voy caminando. Pienso en mi padre, en lo de tomarse las cosas con humor, en el gesto que tuvo la semana pasada, cuando dejó sin aviso en la recepción del edificio donde vivo un sobre a mi nombre. Lo recogí ese día en la noche cuando llegué, un poco tarde, sorprendido de encontrar una carta suya para mí. Su letra de médico la reconozco desde niño, cuando la ensayaba para falsificar justificativos escolares que me eximieran de hacer educación física. Subí en ascensor y traté de recordar si alguna vez en mis cuarenta y siete años de vida había recibido una carta suya. No recordé ninguna. Me puse nervioso: ¿y si quiere hacerme una confesión impresionante, contarme un secreto muy bien guardado, narrarme algún mal presentimiento? No quería abrir el sobre. Entré a la pieza y le conté a la Solcita lo que traía en las manos. “¿Qué esperas? ¡Ábrelo!”. Obedecí. Era sólo una hoja doblada y escrita a mano, junto a un par de fotografías nocturnas del único viaje que hicimos los dos solos. En una foto aparecía él, enérgico, esbelto y radiante junto a una fuente de agua, y en la otra estaba yo durmiendo a pata suelta sentado en una silla en la vereda, cerca del mar. Su texto era breve: “Señor Francisco Mouat. Adjunto encontrará dos fotografías tomadas en Niza hace algunos años. El contraste es evidente. En una aparece un señor sentado en el borde de una fuente con actitud resuelta, ágil, presto a enfrentar cualquier situación de la vida. A la inversa, en la otra fotografía aparece un sujeto sentado en un banco de la calle, durmiendo. Se supone que ésa haya sido la práctica para su master en el ocio”. La carta ni siquiera venía firmada.

Lunes en la tarde. Lo acompaño un rato en la pieza de la clínica. No hay nadie más con nosotros. Su brazo izquierdo está totalmente inmovilizado. Luce fatal. Le preparo tostadas con mermelada y quesillo, le trozo la fruta de la compota, le echo endulzante al té, sigo atento su furiosa ingesta de la hora de once. El viejo no perdona ni una miga. Tiene hambre, buena señal. Lo ayudo a ir al baño, y de vuelta, ahora peinado y de mejor aspecto, me dice que no podrá ir esta vez a casa a dejarme el sobre, pero que tiene una nueva carta para mí: “Está encima de mi escritorio. Anda a buscarla cuando quieras”. “¿Qué es esta vez?”, le pregunto. “Sorpresa”, contesta con risa en la cara, y vuelve a acostarse, y me quedo pensando en que nunca es tarde para recibir una carta de tu padre, aunque haya tenido que pasar casi medio siglo, especialmente cuando su propósito no es otro que agarrarte para el hueveo. En buena hora.

13 Comentarios publicados
Posteado por:
catalina alejandra gómez varas
09/05/2009 10:20
[ N° 1 ]

Iba a encubrirme en el pellejo de oveja de uno de mis otros alter-egos para vapulear, como ya se me está haciendo costumbre, sin saber por qué, su columna.

Pero desistí. Hoy salió bien la cosa. Chapeau a vous, Francisco.

Empezó bien, no se desinfló, y llegó a una conclusión bastante linda, sin mucha de la cebolla habitual de adorno. Hasta la cita de Borges, (parece que usted lo tiene a su cabecera) es apropiada, no como la anterior de hace algunas semanas, ésa de las poesías a su madre, la de Borges.

Al mozo del café, ¿le deja usted algo de propina? Tres horas en la mañana de un lunes leyendo, todo por un miserable café, es casi como agarrarte para el hueveo.

Posteado por:
Carlos Bennett Ballacey
09/05/2009 11:56
[ N° 2 ]

que mujer más odiosa. acabo de leer sus comentarios en columnas anteriores, y por lo que se lee destila cierto rencor, o tal vez encono, vaya uno a saber porqué.
En todo caso estar del lado de HMA, ya hace temer por su cordura. A saber, HMA vive en una realidad paralela, ya que todo su discurso se funda en dar validez a los fallos judiciales realizados en plena dictadura, los cuales usa (y abusa), para descalificar el trabajo de los jueces en plena democracia, ergo su "tierra media" es una contrucción más cerca a la ficción que a la dura realidad que se instaló en Chile durante aquellos años.
Have a bice day, Catalina

Posteado por:
Carlos Bennett Ballacey
09/05/2009 12:03
[ N° 3 ]

Fe de erratas, donde dice HMA de decir HPA.

Posteado por:
josé manuel rodríguez angulo
09/05/2009 17:33
[ N° 4 ]

El artículo nos informa que su autor puede darse el lujo de estar la mañana del lunes en café de Ñuñoa leyendo una novela que, además, recomienda fervorosamente. Ocupado en tan amables menesteres recibe una llamada del padre, quién no acostumbra a llamarlo, sugiere.
Este preámbulo le permite recordar que hace una semana su padre le envío una carta, lo que muestar que nos ellevan nad de mal. Luego nos deliza con un comentario sobre la escritura de la carta que el señor es doctor. Es muy importartante este dato, pues con él el autor se inscribe en la clase acomodada desde siempre, o sea no es un nuevo rico con tiempo para leer extensamente en los cafés. Confirmará su clase cuando revela que la carta contenía unas fotos de él mismo en Niza cuando jóven. Ádemás de dilentante, el muchacho es viajado.
Este es el lugar álgido del texto, pues el autor aprovecha de nombrarse en su artículo. No le basta con la foto y su nombre encabezando el relato,.
Bueno, para que seguir. Sólo me interesaba mostrar como este señor articulista se inscribe en la más pura tradición de la autoreferencia. Lo rara es que como no va a tener otra cosa de la cual hablar que no sea de sí mismo. Parece que ahí empieza y termina el planeta Mouat (lo tuve que nombrar).

Posteado por:
Gabriel Ignacio Ramos
10/05/2009 01:10
[ N° 5 ]

A mi modo de entender, Francisco es feliz.

Posteado por:
Melvyn Maximiliano Olate Barra
10/05/2009 01:36
[ N° 6 ]

Don Francisco:
Al parecer, tanto la gula de su padre, como SU pereza, avaricia, y soberbia, han despertado la ira y envidia.... Ah, y posiblemente la lujuria...

Posteado por:
Rafael Rosende Alvarez
10/05/2009 02:16
[ N° 7 ]

Es legítimo que el columnista escriba acerca de lo que resulta más cercano a él.

Es posible, incluso,
que su propia familia
se pueda sentir un poco incómoda,
pensando con qué va a salir Francisco
y qué parte de la vida de los Mouat
estará siendo compartida cada sábado
por un universo más grande
que dicho entrañable sistema planetario.

Resulta que las columnas de este autor
dejan espacios para que las propias vidas
se vayan colando entre las líneas
del texto, mientras va hilvanando anécdotas, sensaciones y reflexiones provocadas por situaciones
que van ocurriendo en su entorno.

Mientras leía el precioso artículo
¡Hola viejo!, me percaté que hoy sábado, es 9 de mayo, -fecha del cumpleaños
de mi padre- fallecido hace casi dos décadas, con lo cual los gestos delicados
que el padre del articulista tiene con él,
despiertan en mí otros recuerdos
y complicidades que existían
entre mi padre y yo.

Gracias por eso, Francisco.

¡Que tenga una pronta recuperación
tu fantástico viejo!

Posteado por:
arturo rodrigo fierro fernandez
10/05/2009 17:58
[ N° 8 ]

siempre leo tu columna; tenìa la intenciòn de comentar las anteriores, pero me quedè en eso, la pura intenciòn; sin embargo esta la encontrè màgica...¿donde queda ese cafè paradisiaco que puedes leer tranquilo tres horas?; ademàs cuando los viejos-padres se salen de libreto nos gatillan toda una cascada de sensaciones. Que al final nos conecta con lo importante, antes de nacer nosotros elegimos a nuestros padres (bueno asì, dicen que es...)
saludos

Posteado por:
ricardo misito castaño
12/05/2009 10:17
[ N° 9 ]

Estuve leyendo atentamente los posteos y me pareció patético que criticaran al autor por estar 3 (tres) horas sentado leyendo en un bar un libro, que al parecer, lo tenía tremendamente cautivado.
¿Qué pensarían de mí si yo escribiese en un blog y contase que muchas veces me he pasado 6 (seis) horas leyendo en un bar de Buenos Aires ( mi ciudad) con tan solo un café.
Nadie en la argentina se atrevería a tratarme de hijo de rico, ni siquiera insinuar si dejé propina…nadie. Vivo en Santiago desde finales del 1979, ya se cumplen treinta años y cuando viajo a mi ciudad admiro ver a la gente sentada en los bares. El 80% está frente a un libro. ¿Qué importa donde uno lea? Seguramente los que opinaron deben ser muy pocos asiduos a la costumbre de “sentarse frente a un libro”

Bien Francisco por tu columna, yo soy un “adicto” de la columna de Warnken, y estoy buscando otro espacio donde anidar. Soy uno de los llamados Plumífero-Paragüeros.

En su oportunidad ya escribí “Todo sobre mi viejo”, y me parece inoportuno repetirme el plato. Pero disfruta a tu padre y espero su pronta recuperación para que se sienten en un bar de Nuñoa a charlar sobre la vida, no tres horas, si es posible un día entero. No debe haber cosa más extraordinaria en la vida, que mantener un diálogo con el viejo…yo no pude, murió en el 90 y nuestra relación no fue de las mejores.

Recibe un abrazo

Ricardo Misito

Posteado por:
josé manuel rodríguez angulo
13/05/2009 22:28
[ N° 10 ]

Don Ricardo, post 9:
El problema no es Mout lea, bien por él. Sino que su artículo sea de una autorefencia espantosa.
Además el que se presenta como niño rico es él mismo.
Ahora, si mout leyese literatura de la buena, comprendería que hay cosas mucho más importante que hablar de uno mismo y si se va ha hablar de uno, hay que hacerlo honestamente. Eso es todo.

Posteado por:
Gabriel Ignacio Ramos
14/05/2009 15:54
[ N° 11 ]

Parece que el señor del comentario N°10 no ha entendido el sentido y estilo de las columnas de Francisco Mouat.

Le recomiendo que lea "El Empampado Riquelme" y luego vuelva a revisar este espacio, quizá la columna le haga sentido.

Posteado por:
Manuel Enrique Gomez Mendez
15/05/2009 10:25
[ N° 12 ]

Entro al salón colmado de mesas ya desocupadas, de éste restaurant porteño del barrio Prat. Contiguo a la mesa mía, un señor ya más que abuelo, de rostro de denota esa soledad que se palpa hasta en sus ojos, permanece sentado frente a una copa de vino.
Mi esposa en tono de pregunta me dice: Es lenta la etención acá parece, el Sr. lleva harto rato y sólo le han traido su copa de vino.
Reparo en el abuelo y recuerdo esa postal como un acontecer rutinario de tantos abuelos que van, se sientan y le traen su habitual copa o " Caña" de vino tinto.
A ratos murmulla palabras que no entiendo, mientras mira con una devoción profunda a su fiel y silenciosa compañera.

Posteado por:
Manuel Enrique Gomez Mendez
15/05/2009 10:36
[ N° 13 ]

Y sigo:

Ya ha pasado como una hora desde que llegué, y él sigue con sus manos entrelazadas sobre la mesa como en un acto de sagrada reverencia, musitando con su soledad, quizás que cuentos o sueños que su mente dibuja en su paisaje íntimo y silencioso.
No despega la vista de su copa, mientras pausadamente la va desocupando.
De pronto acabado el vino, se pone de pié, toma su sombrero de copa, su bastón y se marcha.

Entonces me digo:
de haber venido solo me hubiera sentado en su mesa y hubiera compartido con él, mas que una copa de vino.
Creo, a él le faltó su hijo en ese momento sentado a su lado, y me acordé de ti Pancho, de ese instante con tu padre, y de ese café de varias horas.

Gracias.

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