
El productor, compositor y cineasta J.J. Abrams ha sido un seguidor de la serie televisiva Viaje a las estrellas y un admirador de la saga fílmica
La guerra de las galaxias. También es un adherente a la teoría del sicólogo social Stanley Milgram conocida como “Fenómeno del Mundo Pequeño”, que supone que bastan unos pocos pasos para vincular a dos personas desconocidas en el planeta, cuyas expresiones más conocidas son la obra teatral (más tarde, película) Seis grados de separación y la serie televisiva Lost.
Estas referencias pueden ser relevantes para entender la razón de existir de Star Trek, la undécima entrega fílmica de la serie creada en los 60 por Gene Roddenberry, que surge siete años después de la anterior. Por un lado, es un ejercicio de nostalgia, la resucitación de, más que una simple historia, un pathos que llegó a ser compartido por millones de personas. Las peripecias del equipo de la nave Enterprise, unidos en la estrechez del transporte y a la vez enfrentados a la inmensidad del universo, siempre tuvieron ciertas pretensiones trascendentes, algún afán por conciliar la entretención con la metafísica, muy peripatético y muy norteamericano.
La serie ya fue refundada una vez, con una “segunda generación” donde el capitán Picard tomaba el relevo del capitán Kirk. La operación de esta nueva entrega es más ingeniosa (aunque no novedosa, desde que sigue los pasos del Episodio 1 de La guerra de las galaxias): vuelve atrás, propone una “precuela” que, además de narrar los orígenes de la primera generación, ilumine lo que ha pasado en los capítulos intermedios… que ya vimos. Esta sola idea es una indicación del papel desquiciante que tiene el tiempo en las cintas de Viaje a las estrellas, y en esta en particular.
La película parte en dos infancias. La del capitán James T. Kirk (Chris Pine), marcada por el arrojo de su padre, que condicionará su carácter de líder autoritario, y la de Spock (Zachary Quinto), el vulcano-humano demandado por la exigencia de contener toda emoción, aun cuando sus propios orígenes están en peligro.
El retorno al pasado acerca a este Star Trek a lo que muchas veces quiso ser: un viaje a los orígenes, no del espacio, sino de la identidad personal. Los juveniles Kirk y Spock deben enfrentarse a Nero (Eric Bana), cuya nave asalta a los desprevenidos –como piratas somalíes, con un toque de lumpenproletariado– para ir destruyendo los planetas de la Federación. La lucha no sólo debe templarlos, sino que también explicar todo lo que pasará en el futuro, que se atraviesa de modo impiadoso con el presente.
Pero, por otro lado, todo lo que aquí ocurre podría medirse con los “seis grados de separación”; los buenos y los malos se conocen entre sí por encima del tiempo, e incluso se conocen a sí mismos como viejos y jóvenes. Sólo que la escala ya no es planetaria, sino intergaláctica. Es el Fenómeno del Universo Pequeño. Un poco mucho, ¿no?
Star Trek
Dirección: J.J. Abrams. Con: Chris Pine, Zachary Quinto, Leonard Nimoy, Eric Bana, Zoe Saldana. duración 126 minutos.
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Posteado por: josé manuel rodríguez angulo 16/05/2009 11:06 [ N° 1 ] |
La ambición humana no tiene límites, al igual que el lenguaje que es el lugar donde se sostiene. Por último una consideración personal: el día que los humanos controlen una pequeñísima parte del vasto universo, el control lo tendrá una compañia como la de alien y no una Federación bondadosa. |
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