Rodrigo Pinto
Sábado 16 de Mayo de 2009
Leer: "Oficina de mujeres extraviadas"


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Cerca de cumplir ya 80 años, Alfonso Calderón, Premio Nacional de Literatura en 1998, sigue entregando libros a las imprentas. A su novela-crónica-biografía sobre uno de los personajes notables de la fauna literaria criolla, Venturas y desventuras de Eduardo Molina, publicada en 2008, sigue esta colección de retratos sobre mujeres notables. Por muy distintas razones: como señala el subtítulo, se trata de “escritoras, cortesanas, actrices y otras señoras y señoritas”, de aquí, pero mucho más de allá, del ancho mundo. 39 viñetas, 39 retratos, 39 mujeres que Calderón atrapa con un ojo agudo que cuenta con armas muy distintas, pero tanto o más penetrantes, que la fotografía o la pintura. No hay imágenes en el libro, pero no hacen falta, porque las suple el lenguaje vivo, el conocimiento enciclopédico y la habilidad narrativa del autor. Calderón siempre ha sido un gran cronista, quizá mejor aún en esa vena que en la narrativa o la poesía, como aquí se demuestra cabalmente.

En el prólogo, Juan Manuel Vial señala que las retratadas tienen en común, más allá de su inclusión en este libro, que “todas fueron tipas excepcionales, que se distinguieron por sobre cualquier consideración de género; es decir, fueron seres humanos notables”. Es cierto, aunque más importante aún es que pertenecen a lo que Calderón llama su “santuario privado”, habitado por estas “diosas, mayores y menores, en las florestas del adolescente que fui”. En efecto, son todas mujeres que en algún momento se incorporaron a la biografía del autor, ya sea a través de lecturas, de películas, de espectáculos, de pinturas, de registros sonoros, y también –aunque las menos– a través del conocimiento cara a cara. Ello le da una textura especial al libro y lo rescata de convertirse en una recopilación más de un erudito más, para pasar a ser un registro único que ofrece claves de interpretación para la historia cultural del siglo sin perder ni por un minuto la rapidez y amenidad de la crónica. Quizá los textos más reveladores son los referidos a mujeres chilenas, a esa Mistral que pedía a Dios que la hiciera “menos tosca, más humilde, a fin de entender mejor por qué sufría”; a Sara Hübner, “bella entre todas las beldades locales”, mujer del poeta Manuel Magallanes Moure; a Violeta Quevedo, un caso tan ejemplar de candidez que, al leerla, produce “una sensación de felicidad comunicable”; es decir, una hilera de carcajadas. Pero el resto de los capítulos no tienen desperdicio, por las historias que Calderón narra, por el talento de las retratadas y, sobre todo, por el hilo invisible que hace de esta galería de retratos algo más que la suma de sus partes.

Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2009. 177 páginas.

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