
La ciudad de Tombuctú, en el alto Níger, ha sido desde antiguo un punto focal, un lugar que en el pasado gozó de su carácter de mito y que hoy, como dice uno de los personajes de la novela de Beltrán Mena, es como el Polo Norte: no hay nada que mirar, el asunto es llegar allí. El periodista e historiador francés Sanche de Gramont escribió un magnífico libro, El dios indómito. La historia del río Níger, imperdible para conocer en detalle la historia de una vasta región que hoy se divide en una multitud de países, con fronteras trazadas en medio de la pugna de las potencias coloniales precisamente por dominar la cuenca del Níger, un río caprichoso que nace a un centenar de kilómetros del Atlántico, corre hacia el noreste, bordeando el desierto, y luego cae casi en línea recta hasta el golfo de Benin.
Algunos de esos países –Senegal, Guinea, Guinea-Bissau, Mali, Níger– son parte del recorrido principal del protagonista de la novela, que tiene un evidente contenido autobiográfico; como en otros casos, el recurso de designarla como perteneciente a la ficción permite, sobre todo, reordenar los hechos y transformar las vivencias en literatura, en una experiencia que se transforma, sobre todo, en lenguaje y que desde ahí gana nuevos significados. La narración alterna el relato del viaje hacia Tombuctú con recuerdos de la vida del protagonista en Santiago, desde el colegio hasta su vida amorosa, pasando por su participación en el periódico Noreste. De hecho, de ahí surge, en alguna medida, tanto su vocación viajera como algo del bagaje literario que salpica el relato (Blaise Cendrars, Arthur Rimbaud, por ejemplo), pero, afortunadamente, el autor se ha distanciado de ese lema absurdo de “noticias que no son noticia” e introduce al lector, de lleno, en la realidad de África, en su miseria, en su violencia y en el paisaje arrasado por el sol, pero sin estridencia ni sociologismo innecesario y, si hay que introducir a la historia de la región, cita obras ajenas. Mena da con el tono adecuado para el relato, el que corresponde a un joven recién egresado que viaja no sólo por el afán de moverse, sino de descubrir algo sobre los demás y sobre sí mismo, que entiende que el tiempo suspendido del viajero no interrumpe, ni de lejos, el flujo de la biografía. El relato se inscribe también, por supuesto, en el clásico formato del libro de viajes, pero con una ausencia de solemnidad que el lector agradece profundamente. Ahí está lo mejor del libro, la naturalidad con que fluye el texto al ritmo africano donde lo único que se sabe a ciencia cierta es que nada urge y que el tiempo se estira hasta extremos inconcebibles.
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