¿Tiene algún significado el hecho de que un relato termine de la misma forma en que empieza? Depende del material. Pero, en general, traduce el interés del narrador en sentar dos premisas: 1) que la historia se cierra sobre sí misma, es decir, que está completa y clausurada, “redonda”, sin mucho más que decir sobre ella, y 2) que importa más el desarrollo que el desenlace, que su material está en el transcurso y no en la llegada.
El caso de Teresa es algo más complejo, porque hay dos narradoras: la directora Tatiana Gaviola (Ángeles, Mi último hombre), quién toma las opciones decisivas sobre cómo contar la historia y qué es lo que se incluye y excluye; y la protagonista, cuya voz en off no sólo describe lo que ocurre, sino que lo carga con su punto de vista y sus juicios. Por definición, una narradora-protagonista no es de fiar, porque, siendo parte interesada, puede mentir, disfrazar, distorsionar, simular y manipular.
Aquí la protagonista es Teresa Wilms Montt (Francisca Lewin), una joven de la alta sociedad viñamarina de comienzos del siglo XX, quien a los 18 años −allí parte la película− se rebela contra una madre opresiva y castigadora (Catalina Guerra) y contra un padre pusilánime (Edgardo Bruna) que no es capaz de protegerla.
En adelante, el relato se estructura en tres grandes segmentos de duraciones similares. En el primero, Teresa se casa a contracorriente con Gustavo Balmaceda (Juan Pablo Ogalde), tiene dos hijas y cree ser feliz, pero, vencida por su apetito sexual, cede ante el primo de su marido, Mariano (Álvaro Espinoza), y termina interdicta por la familia.
El segundo agrega, a la represión familiar y social, la opresión religiosa. Internada en un convento, Teresa es continuamente castigada y se le prohíbe ver a sus hijas, hasta que el poeta santiaguino Vicente Huidobro (Diego Casanueva), también en rebelión con su padre, la ayuda a escapar. El tercer segmento describe los amores de Teresa fuera de Chile y su refugio final y fatal en Europa. Con él se cierra el trayecto pasión-castigo-caída.
No es sencillo abordar la vida de Teresa Wilms Montt a un siglo de distancia. En los últimos años, ella ha sido la heroína de una causa que se levantó mucho tiempo después de su muerte. Y como tal, es igual de fácil excusar la cursilería de sus textos como un rasgo de época, que demonizar a cuanto la rodeó, a la sociedad que la castigó, a sus opresores y represores, incluso a sus víctimas. ¿Cómo relativizar una leyenda?
Teresa no lo intenta. La narradora-directora empatiza totalmente con la narradora-protagonista. La distancia entre ambos puntos de vista es tan escasa, que deja al espectador sin salida: o acepta el martirologio del personaje, o lo pone en duda, caso en el cual rechaza también la película. Es el tipo de disyuntiva que sitúa a Teresa más cerca de la ideología que del estudio, y del telefilme que del cine hecho y derecho.
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Posteado por: josé manuel rodríguez angulo 27/06/2009 12:33 [ N° 1 ] |
Hoy nos enfrentamos al "problema" del narrador, la invención primera que origina toda la obra, como dice el copión de Jorge Edwards. El problema nace cuando esa invención se viste con los fastos de la omnisciencia. Tal como muestra el comentario de Cavallo, pues al describir a una de los narradoras del film como omnisciente, el crítico enumara las atribuciones de ese demiurgo, dios del relato: es Él quién "toma las opciones decisivas sobre cómo contar la historia y qué es lo que se incluye y excluye". Será Él, entonces, ese narrador todo lo sabe, ese voyeur que se interna en la vida de sus personajes y, que, cumple una función fundamentalmente disciplinaria. |
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Posteado por: Carlos Correa Acuña 18/07/2009 21:29 [ N° 2 ] |
Al presenciar este film sobre la historia de la escritora chilena Teresa Wilms Montt se producen claros sentimientos encontrados. Por un lado - y es mi caso -, para alguien que no conoce la historia se trata sin duda de un relato muy controvertido y lleno de elementos disociados con la época en que la narración está situada. Es en ese sentido que la historia cobra un dramatismo impactante dadas las condiciones y el entorno en que Teresa vive a comienzos del Siglo XX. Sin embargo, desde el punto de vista cinematográfico, la narración se hace algo liviana y sin profundidad. Los personajes son apenas un barniz, careciendo de una construcción mayor que permita adentrarse a una vivencia particular más intensa. Francisca Lewin da mucha vida y sensualidad a Teresa y de alguna manera la película apenas se sostiene gracias a ello. Pero no basta. Los largos momentos relatados en primera persona no logran conmover y el salto de ambientes y años ayudan mucho menos a entender los verdaderos sentimientos que Teresa lleva en su corazón. Tal vez el gran aporte en este sentido es la música de Juan Cristóbal Meza, que si logra un grado mayor de intimidad para el personaje y permite una mayor empatía. El resto del elenco no logra transmitir el entorno, no obstante los experimentados actores que se suman: Edgardo Bruna, Catalina Guerra, los padres de Teresa; Tomás Vidiella como el padre de Gustavo Balmaceda (Juan Pablo Ogalde), con quien Teresa se casa sin autorización; su primo Mariano (Álvaro Espinoza) con quien la protagonista vive sus primeras aventuras extramaritales y Vicente Huidobro (Diego Casanueva), quien pasa a ser el gran amigo y confesor de la joven atormentada. La directora Tatiana Gaviola, (Ángeles, Mi último hombre), cuenta esta historia en primera persona. Allí se mezclan la narración y el protagonismo y tal vez por ello el film no logra el vuelo que una historia como la de la vida de Teresa Wilms Montt, podría llegar a tener. |
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