Rodrigo Pinto
Sábado 27 de Junio de 2009
Leer: El contador de historias


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Pocas noticias literarias llegan desde El Líbano, desde que los libros de Amin Maalouf dejaron de estar disponibles en Chile. Maalouf, exiliado en Francia desde el estallido de la guerra civil en 1975, escribe en francés, pero no pierde el arraigo y es el autor de novelas notables como León el africano y Samarcanda y del magnífico ensayo “Las cruzadas vistas por los árabes”. Ahora parece haber llegado su sucesor, otro inventor de mundos cuyo foco está en ese país mediterráneo, pero que también reinventa la riquísima tradición cultural del mundo árabe, que no coincide con la etiqueta más inclusiva del islam.

Rabih Alameddine también es un expatriado; a los 17 años se instaló en California, se tituló de ingeniero, tarde descubrió su vocación literaria y, al menos en este libro, es más radical aún que Maalouf en la recuperación de la tradición cultural árabe y en el modo en que se ha mantenido viva a lo largo de los siglos. Con la clásica exageración en que incurren solapas y contratapas, se dice que esta novela “está destinada a convertirse en Las mil y una noches del siglo XXI; pero la afirmación no es tan descaminada si se atiende a la estructura del libro, que va hilando historia tras historia con habilidad y buen pulso narrativo. Una advertencia: los primeros párrafos pueden ser desalentadores, por la cantidad de lugares comunes asociados precisamente a una narrativa rica en comparaciones ya trilladas hasta el exceso. Pero se trata más bien de un procedimiento narrativo que muy pronto gana en riqueza y matices, hasta el punto en que el lector se deja llevar por esta otra manera de leer el mundo: no hay metáfora tan gastada que no pueda encontrar su sitio en este fluir inacabable que, a pesar de sus idas y venidas, sigue dos líneas muy claras: la historia del pueblo árabe desde sus orígenes míticos, y la historia contemporánea de El Líbano. Tanto las historias de la familia del narrador y protagonista −un ingeniero− como las que se van incorporando, a la manera de un tapiz, al libro, funcionan de manera armónica y se van engarzando en un continuo que se lee con gusto. Alameddine no tiene tanta variedad de recursos como Maalouf, pero de todos modos logra interesar y abrir más un mundo que actualmente se enfrenta más como una amenaza que como una cultura de enorme riqueza y diversidad.

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