Ascanio Cavallo
Sábado 04 de Julio de 2009
Cine: Las horas del verano

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Por Ascanio Cavallo

Esta película se estructura en tres grandes segmentos. En el primero, Hélène Marly (Edith Scob) celebra su cumpleaños 75 rodeada por sus tres hijos y sus familias. Dos de ellos, Adrienne (Juliette Binoche) y Jérémie (Jérémie Renier), viven lejos de Francia, en Nueva York y en Shanghai. El mayor, Frédéric (Charles Berling), es el único que permanece cerca, y Hélène insiste en preparar con él la disposición de su casa, en la perspectiva de su muerte.

La casa es un templo consagrado a la memoria del tío artista de Hélène, Paul Berthier, cuyos objetos modernistas parecen de gran valor; y aunque Hélène ha dedicado su vida a esos recuerdos, está consciente de que ellos pueden no interesar a sus hijos y nietos, porque, como dice en un momento de singular tristeza, las vidas de los viejos están pobladas de “historias que ya no interesan a nadie”.

La segunda parte transcurre tiempo después (¿un año, unos meses?), cuando Hélène ha muerto y los hermanos vuelven a reunirse, ahora para discutir el futuro de los bienes de su madre. Frédéric cree que todos estarán por mantenerlos intactos. Pero sus hermanos tienen otros planes, piensan vivir muy lejos y necesitan dinero.
En este segmento se produce la mejor secuencia de Las horas del verano: cuando los hermanos y sus cónyuges, preparándose para cenar, inician lentamente, con cuidado y hasta con humor, el debate sobre el destino de los bienes. Mientras hablan, no cesan de moverse y de cruzarse ante la cámara, como si estuvieran eludiendo cualquier posición de confrontación, hasta que la idea de un acuerdo, aún ingrato, los va aquietando poco a poco.

El cineasta Olivier Assayas orquesta este diálogo como una coreografía de la elusión, y consigue un verdadero milagro de delicadeza y fluctuación emocional. Es un hecho memorable que Assayas haya puesto el movimiento delante de su cámara, y no en ella misma, como hizo a menudo en sus películas anteriores; y lo es aún más que ese control del estilo se produzca ante un material que no habría soportado ninguna estridencia.

En el tercer segmento, el proceso de dispersión (de los bienes) se reproduce en el propio relato –los sucesos progresan de un lado a otro, sin más unidad que el silencioso estupor de Frédéric–, mientras empieza a entrar en escena una nueva generación, ya totalmente desconectada de la nostalgia de sus antepasados.

Las horas del verano es una reflexión escrupulosa y penetrante sobre la fragilidad de la utopía familiar y sobre la labilidad de los recuerdos, y esto la conecta tanto con la tradición naturalista y humanista de Jean Renoir como con la mirada sentimental y neurótica de John Cassavetes, que parecen ser sus dos influencias principales.

L’heure d’été
Dirección: Olivier Assayas.
Con: Charles Berling, Juliette Binoche, Jérémie Renier, Edith Scob, Isabelle Sadoyan.
duración: 103 minutos.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
josé manuel rodríguez angulo
04/07/2009 11:35
[ N° 1 ]

Notable crítica.
Sólo unos comentarios sobre la familia, la más hermosa, quizás, de la utopías y que ha devenido sólo eso, una imagen fugaz que nada más sirve para nutrir comerciales televisivos.
La cruel verdad es que la familia occidental es una mera invención, ya mostró un filósofo que la familia nuclear es un invento del capitalismo naciente para tener tranquilos a los obreros y viviendo en colectivos cerca del trabajo.
Ahora, esta película ataca un momento crucial de la vida y de la muerte familiar, momento en que desaparcen oropeles y falsos cariños: la hora del "reparto".
Le cuento, señor Cavallo, que una vez, acá en Concepción, una nueras se empujaban para alcanzar una pulsera de oro colocada sobre un velador que estaba junto a la cama donde yacía su suegra recién muerta...

Posteado por:
Carlos Correa Acuña
18/07/2009 21:30
[ N° 2 ]

Este film de Olivier Assayas nos regala una particular visión de la vida de tres hermanos enfrentados a la muerte de su madre. Adrienne (Juliete Binoche) una diseñadora que vive en Nueva York, Frédéric (Charles Berling) un economista y profesor universitario que vive en París y Jérémie (Jérémie Renier) un hombre de negocios que se está desarrollando en China se reúnen con su madre Hélène Berthier en su gran casa parisina para festejar sus 75 años. Llena de vida por esta visita que junta a tres generaciones, Hélène ya vislumbra el futuro y trata de discutirlo sin mayor éxito con el mayor de los hermanos. Al morir Hélène, las reuniones de familia se concentran en la decisión práctica de que hacer con la herencia, tanto con la gran casa como con las valiosas obras que su madre atesoraba de su tío Paul Berthier y su maravillosa colección de piezas del Siglo XIX, muebles, cuadros, esculturas y libros, entre otras.

Los hermanos enfrentados a este difícil momento dejan surgir muchísimos matices y diversos intereses. La necesidad de dinero, la independencia y lejanía y la nostalgia, son los puntos sobre los cuales se va desarrollando el drama afectivo del relato. Los simbolismos y algunas notables contradicciones - un Degas destrozado dentro de una bolsa plástica de Carrefour y un precioso escritorio arrinconado en un museo francés - van condicionando el metraje hacia los sentimientos más íntimos de cada uno de los personajes y la compleja decisión que deben tomar en conjunto.

La construcción de la película es de un estilo netamente europeo, íntimo y minimalista a la vez, con las pausas y tiempos necesarios para dar a cada personaje el acento que requiere y el espacio adecuado para su desarrollo. Notable resulta en esa línea, el dibujo fino de la fiel ama de llaves de Hélène, quien casi sin palabras, logra unir la trama y expresar aquel cambio insoslayable que produce el paso del tiempo - o el "fin del verano" - reflejado en esa necesaria búsqueda de equilibrio entre mantener la tradición y el derecho a construir una nueva vida.

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