Por Rodrigo Pinto
Washington Cucurto, nombre de batalla –nunca mejor dicho, es un tipo belicoso- de Norberto Vega, nacido en el popular barrio porteño de Quilmes en 1973, es el escritor más polémico y discutido de la nueva generación literaria de Argentina. Es poeta -estuvo en Chile hace un par de años, en el encuentro de Chile Poesía-, pero sus desenfadadas y ácidas novelas lo han hecho trascender largamente el ambiente local e incluso latinoamericano, para envidia, despecho y horror de muchos de sus colegas y, también, de muchos críticos. Es uno de los fundadores de Eloísa Cartonera, editorial dedicada a la literatura latinoamericana, que imprime en cartones y papeles sumamente precarios; desde ahí saltó a editoriales del circuito independiente argentino, como Interzona y Mansalva, hasta que la multinacional Emecé decidió adoptarlo como apuesta. De ahí que sus libros más recientes, Cosa de negros y 1810, tengan distribución en Chile.
1810. La Revolución de Mayo vivida por los negros es una delirante relectura de la historia argentina conforme a las claves ya habituales en Cucurto, pero con una eficacia narrativa que ya se quisieran los escritores serios –o escritores en serio, según declaran ellos mismos- que lo detestan. El movimiento nunca cesa en esta reinvención, en realidad, de los hechos, con toda la carga de sexualidad, delirio y libertad que Cucurto imprime a sus relatos. Libertad en muchos sentidos: el primero, para aparecer y desaparecer en el relato, para introducir anacronismos, para jugar con sus personajes y con la jerga cucurtiana, mezcla de creatividad propia y lunfardo argentino, que –con no poca ironía y mala leche- hay quien califica de “prosa poética”. Libertad, también, para romper con los moldes clásicos de la novela, pero no en una línea, digamos, vanguardista o rupturista, sino marcada por lo que pareciera ser descuido a la hora de amarrar la trama, seguir la línea lógica y cerrar los episodios. Cucurto es anárquico y no en vano lo han llamado el creador del “realismo atolondrado”. Y libertad, en fin, en un sentido más filosófico y político: si el cuadro de Simón Bolívar con tetas que pintó Juan Domingo Dávila irritó a varios gobiernos, el desaforado semental que es el San Martín de Cucurto merecería poco menos que la hoguera para el autor. Hay aquí una premeditada irreverencia, un atreverse a forzar los límites que no se puede menos que admirar, aunque sólo sea para remecer el árbol y dejar caer las podredumbres ocultas en el follaje.
Emecé, Buenos Aires, 2009. 242 páginas.
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