Rodrigo Pinto
Sábado 11 de Julio de 2009
1810 La Revolución de Mayo vivida por los negros


Por Rodrigo Pinto

Washington Cucurto, nombre de batalla –nunca mejor dicho, es un tipo belicoso- de Norberto Vega, nacido en el popular barrio porteño de Quilmes en 1973, es el escritor más polémico y discutido de la nueva generación literaria de Argentina. Es poeta -estuvo en Chile hace un par de años, en el encuentro de Chile Poesía-, pero sus desenfadadas y ácidas novelas lo han hecho trascender largamente el ambiente local e incluso latinoamericano, para envidia, despecho y horror de muchos de sus colegas y, también, de muchos críticos. Es uno de los fundadores de Eloísa Cartonera, editorial dedicada a la literatura latinoamericana, que imprime en cartones y papeles sumamente precarios; desde ahí saltó a editoriales del circuito independiente argentino, como Interzona y Mansalva, hasta que la multinacional Emecé decidió adoptarlo como apuesta. De ahí que sus libros más recientes, Cosa de negros y 1810, tengan distribución en Chile.

1810. La Revolución de Mayo vivida por los negros es una delirante relectura de la historia argentina conforme a las claves ya habituales en Cucurto, pero con una eficacia narrativa que ya se quisieran los escritores serios –o escritores en serio, según declaran ellos mismos- que lo detestan. El movimiento nunca cesa en esta reinvención, en realidad, de los hechos, con toda la carga de sexualidad, delirio y libertad que Cucurto imprime a sus relatos. Libertad en muchos sentidos: el primero, para aparecer y desaparecer en el relato, para introducir anacronismos, para jugar con sus personajes y con la jerga cucurtiana, mezcla de creatividad propia y lunfardo argentino, que –con no poca ironía y mala leche- hay quien califica de “prosa poética”. Libertad, también, para romper con los moldes clásicos de la novela, pero no en una línea, digamos, vanguardista o rupturista, sino marcada por lo que pareciera ser descuido a la hora de amarrar la trama, seguir la línea lógica y cerrar los episodios. Cucurto es anárquico y no en vano lo han llamado el creador del “realismo atolondrado”. Y libertad, en fin, en un sentido más filosófico y político: si el cuadro de Simón Bolívar con tetas que pintó Juan Domingo Dávila irritó a varios gobiernos, el desaforado semental que es el San Martín de Cucurto merecería poco menos que la hoguera para el autor. Hay aquí una premeditada irreverencia, un atreverse a forzar los límites que no se puede menos que admirar, aunque sólo sea para remecer el árbol y dejar caer las podredumbres ocultas en el follaje.

Emecé, Buenos Aires, 2009. 242 páginas.

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