Francisco Mouat
Sábado 11 de Julio de 2009
Tiro Libre: La voz de las cosas

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Por Francisco Mouat

Encontré, no hace mucho y por pura casualidad en la vitrina de una librería donde rara vez compro, un libro que espero sea querido muchos años, hasta que algún heredero lo bote a la basura o lo remate junto a otros trastos. Se llama La voz de las cosas y lo armó Marguerite Yourcenar con textos que ella consideró fundamentales para su vida. En el volumen hay desde una canción de Bob Dylan hasta escritos taoístas de Chiang Tzu, poemas de Rilke y unos versos de Daito Kanushi, escritos en 1334. “Si el ojo pudiera oír/ si la oreja pudiera ver/ os encantaría/ el simple sonido del agua en el tejado”.

Estos textos escogidos por Yourcenar fueron su libro de cabecera, se los llevó de viaje en la maleta y, lo mejor, le sirvieron, usando sus propias palabras, “para hacer acopio de valor”. No sé si un libro pueda provocar algo mejor en su lector que ese coraje vital del que habla ella en la primera página.
La anécdota por la cual Yourcenar lo bautizó como “La voz de las cosas” es magnífica, y también está narrada al comienzo. Corría octubre de 1985. Ella estaba enferma, muy enferma. Le acababan de hacer un angiograma, y a la pieza del hospital en Maine llegó a verla su amigo Jerry Wilson, autor de las fotografías que acompañan a los textos en el libro. Wilson había recibido de manos de Yourcenar ese mismo año una placa de malaquita que ella le había regalado después de regatear en una joyería de Nueva Delhi, hasta conseguir poder pagarla. La placa de malaquita era un objeto que ambos apreciaban como un tesoro fantástico, y Wilson se la puso en las manos a su amiga Marguerite, como un modo, imaginamos, de ayudarla a sanar. “Pero seguramente mis manos estaban débiles o yo misma un poco adormecida, pues noté que algo resbalaba y un ruido ligero, fatal, irreparable, me despertó de mi sueño. Me sentí trastornada por haber destruido así para siempre aquel objeto tan importante para nosotros, aquella placa de mineral de dibujo perfecto, casi tan antigua como la Tierra”. Yourcenar alcanzó a decir, sin embargo, en esa pieza de hospital, que el sonido de su fin había sido hermoso, y Wilson le contestó: “Sí, la voz de las cosas”.

No olvidó la frase de su amigo, ni menos de lo que estaban hablando: de la voz de las cosas. Así decidió llamar a estos escritos recogidos en el tiempo. No es mala idea que nosotros, lectores, hagamos cada uno un volumen con nuestros fragmentos predilectos, para que ellos nos acompañen. No para publicarlo, sino para que viajen con uno o nos esperen cada noche, estén disponibles y nos hagan fuertes cuando la tormenta arrecie.

Sé, y es una de las pocas cosas que creo saber, que leer buenos libros es uno de los mayores placeres de esta vida. Y los libros buenos en cada caso son aquellos que no olvidarás fácilmente. Creo haber aprendido, también, que somos y seremos hasta el final unos sujetos incompletos, sombreados, cuya biografía no sólo se compone de lo que hicimos y está a la vista, sino sobre todo de lo que dejamos de hacer y vive igual en nosotros. Javier Marías lo dijo cuando recibió el Premio Rómulo Gallegos, en un texto entrañable: “Olvidamos casi siempre que las vidas de las personas se componen también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros”. Por eso, dice Marías, buscamos la ficción, para completar la frase, para explicar mejor la vida que con la sola realidad visible.

La palabra escrita bien dicha, en la forma que prefieras, dentro de una crónica o al final de una novela, en el arranque de un cuento o en la bitácora de un diario, en el medio de una carta o en el corazón de un verso, está esperando que la completemos como lector. Yourcenar eligió, para fortuna de sus lectores, La voz de las cosas, donde se apropia de palabras que tienen el don de ser signo y sustancia a la vez.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
Norma Parrao Arellano
12/07/2009 20:57
[ N° 1 ]

Sólo alguien como Marguerite Yourcenar podría haber nombrado La voz de la cosas a un ejercicio tan bello como este. Es posible encontrar este libro? Donde? Gracias por esta columna.

Posteado por:
Herman Aguirre Ayala
16/07/2009 22:01
[ N° 2 ]

Y algunos que nos llaman cachureros por guardar pedazos de diarios, viejos libros subrayados con lapiz rojos o verdes, calendarios (aun conservo uno del año 1981 cuando me case), una tarjeta del hijo para el día del padre cuando tenia 5 años. Y asi armamos nustra vida. Con trozitos

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