
Hay palabras que nos habitan, por momentos de manera obsesiva. Llevo días, tal vez semanas, pensando en la palabra habitar, viajando con ella. ¿Cuándo las palabras se nos hacen imprescindibles y fascinantes? ¿Cuándo es que decidimos que vamos a vivir, entre otras pocas cosas, para quererlas, para cuidarlas, para conocerlas y conversar con ellas cara a cara? Suena raro decirlo de esta manera, pero no encuentro otra forma. Estoy ocupado últimamente por el fantasma de la palabra habitar (que podría ser también un ángel), y no puedo desligarme de ella hasta reconocer su forma y desentrañar lo que tenga para decir.
Hay libros que surgen por una palabra, un verbo, una escena. Reconocer ese destello no es algo que pueda imponerse por decreto. Hay una frase que Marguerite Yourcenar leyó y subrayó en un volumen de la correspondencia de Flaubert, y que fue el punto de partida de sus Memorias de Adriano: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre”.
Todos sabemos de fantasmas que habitan en nosotros. Cuando se nos muere alguien a quien quisimos mucho, buscamos cualquier manera de ser habitados por esa persona, para que no se nos desvanezca totalmente. Nos aferramos a algún fragmento suyo que nos permita conservarlo vivo un tiempo más, antes del olvido, y hay un momento en que lo dejamos ir. Con las palabras y los lugares sucede más o menos lo mismo. Habitamos espacios abiertos y cerrados, en casas y calles, en pueblos y ciudades, y tomamos conciencia y podemos entenderlo porque simultáneamente habitamos el lenguaje.
Existen sincronías magníficas. Una amiga me habla entusiasmada de lo que ha estado leyendo para la universidad, unos textos del filósofo Hans-Georg Gadamer, y casi no puedo creer que nos habiten preocupaciones similares. Le pido que me mande un párrafo de Gadamer, y ella lo hace esa misma noche: “Estamos tan íntimamente insertos en el lenguaje como en el mundo. El lenguaje posee una fuerza protectora y ocultadora. El lenguaje es el verdadero centro del mundo. Habitamos en la palabra”.
Por supuesto que sí, le contesto: habitamos en la palabra. Y las palabras nos habitan, para fortuna nuestra. Escribir también es dejarse habitar por el lenguaje. Lo mismo que la lectura. El arte explora el lenguaje buscando respuestas, y lo mejor que puede hacer es dejar instaladas preguntas que se formulen por mucho tiempo. Cuando miramos una fotografía que nos cautiva, cuando leemos un libro que nos estimula, cuando contemplamos una pintura que nos mueve, cuando disfrutamos las secuencias de una película filmada con talento y sensibilidad, experimentamos goce estético, y después buscamos palabras que lo descifren y le permitan quedarse en nosotros.
Hay mucho de azar en los sitios y lugares a donde la vida te va llevando. Pero también existe a veces la posibilidad de escoger un punto de vista, una geografía a la cual mirar con mayor intención. Habitamos para ser y estar. Hoy me habita una ciudad, Santiago, a la que no termino de sacarle brillo. Y sin embargo igual encuentro en ella, sin esfuerzos demasiado especiales, el destello de lugares y vidas humanas que me acompañan, y con los cuales me siento a gusto. Son el escenario en el que me animo a practicar una de mis pasiones: la palabra. La palabra y el silencio, que se buscan, en aparente contradicción. La palabra dicha, la palabra leída, la palabra escrita, el silencio para dejar que esa palabra nos habite. Lo último que dijo Raymond Carver, antes de morir, frente a un puñado de estudiantes que se graduaban en la universidad, fue que repararan en una frase de Santa Teresa que tiene casi cuatrocientos años de edad: “Las palabras que llevan al obrar, preparan el alma, la ponen presta y la mueven a la ternura”. Cuando leo esta frase me quedo sin palabras, y soy inmensamente feliz de vivir cerca de ellas. No pienso abandonarlas, no quiero que ellas me abandonen todavía.
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Posteado por: Patricio Araya González 25/07/2009 11:03 [ N° 1 ] |
Estimado colega Mouat He quedado "empampado" con su columna. Sólo una reflexión: Neruda nos dejó estas palabras… Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… |
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Posteado por: Patricio Araya González 25/07/2009 11:10 [ N° 2 ] |
(continuación) Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras. Pablo Neruda. Confieso que he vivido. Memorias. Ed. Losada, Bs. As. 1974 |
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Posteado por: Ricardo Peña y Lillo Valenzuela 25/07/2009 12:19 [ N° 3 ] |
“Habitar” refiere a una relación entre un ser vivo y su medio circundante. Habla de una unidad que trasciende a cada ser y lo integra en un todo a través de su entorno. Cada ser habita su espacio. Decirlo al revés alude a las referencias con que se refleja y reconoce ese medio en cada memoria. De ese modo podría una ciudad “habitar” a su habitante. Edificar un altar al medio de comunicación - sintetizado en “las palabras” - es ensalzar el medio de comunicar en lugar del sentido de lo comunicado o pensado. La esencia del habitar no necesita palabras, salvo que la ciudad mental edificada mediante la lectura termine opacando la ciudad habitada directamente. Entonces las coincidencias naturales del pensar, aquello semejante que nos constituye por naturaleza y que nos lleva a pensar y concluir de modo similar, necesita encontrar palabras famosas o consagradas, que en lugar de decir: “tú y yo pensamos lo mismo”, tengamos que decir “tú y yo, pensamos lo mismo que aquel que lo escribió”. Así, se vive en función de “las palabras” registradas por otros, como si ello arrebatase la autenticidad mediante la cual estructuramos auténticamente pensamientos que resultan semejantes, porque somos eso “semejantes”. “Habitar” es una clave que puede orientar a pensar por sí mismo, desmarcándose de la obsesión difundida de dar valor al pensamiento propio mediante el hábito de citar a otros, famosos, aceptados, consagrados o definitivamente “sagrados”. Como si para pensar se requiriese andar con un libro en la mano. Se habita la ciudad, la vivienda, el paisaje, las ideas, más allá de los pedestales que recuerdan inertes, hechos y pensamientos, que fueron en su tiempo tan vivos como los nuestros. El sentir y el pensar se comunica no sólo con palabras, también con investiduras y más naturalmente, con miradas, actitudes, el reflejo de una lágrima o un rostro radiante de felicidad.
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Posteado por: Melvyn Maximiliano Olate Barra 25/07/2009 19:00 [ N° 4 ] |
Habitar = Vivir = Tener Vida. |
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Posteado por: Leonor Henríquez C. 30/07/2009 20:23 [ N° 5 ] |
Francisco: Cuando hablas de palabras, pienso en el lenguaje.Obviamente es tremendamente necesario, pero también pienso en cómo nos limitan las palabras y como nos atrapan y nos estrechan nuestro mundo interior, muchas veces las cosas más significativas, más verdaderas vienen del silencio. |
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