
En una reciente entrevista publicada en la revista Ñ, John Banville sostuvo que sus libros “son mejores que los del resto de mis contemporáneos, desde luego, pero eso de ninguna manera me alcanza”, declaración a la altura de juicios como el de George Steiner, quien lo calificó como “el mejor estilista de la lengua inglesa”. A Banville, sin embargo, le irrita el mote, porque cree que le han adjudicado “el peor título nobiliario, el de escritor para escritores”. Todo ello ha agregado no poca pimienta a la discusión sobre sus novelas policiales, publicadas con el seudónimo de Benjamin Black. Por mucho que Banville asegure que Black “es un trabajo”, su propósito de escribir un policial “elegante y estilizado” ya lo saca, en cierta medida, de las tradiciones del género negro, y más aún si las dos primeras novelas, ambientadas en Irlanda en la década de los cincuenta, podrían también ser libros de costumbres que además ahondan, y no dejan de ahondar, en la fragilidad de la condición humana. Hay quienes opinan que el alarde de estilo es demasiado para las historias que narra; para otros, es el escritor esencial en la narrativa anglosajona contemporánea, escriba como Banville o como Black.
Y El lémur seguirá alimentando la polémica, aunque es, por lejos, la más breve y tradicional, si es posible usar el término, de la trilogía Black. Para empezar, está ambientada en Nueva York, en la época contemporánea, y el trasfondo del asesinato que investiga el protagonista está marcado por los ecos y resonancias de la Guerra Fría, con espías e imperios financieros de por medio. Y, aunque no deja de haber rodeos y circunloquios que parecen innecesarios, avanza más rápido y va más al grano que las anteriores. Un periodista, John Glass, recibe el encargo de escribir la biografía de su suegro, ex espía y magnate de las comunicaciones. Glass, a su vez, contrata los servicios de un investigador, Dilan Riley –el lémur del título, por su parecido físico con estos monitos cuyos parientes aparecen muy atrás en el árbol genealógico del homo sapiens-, para que recopile los datos duros requeridos para redactar el texto. Pero Riley es algo más que un buen investigador de archivos, y las cosas comienzan a torcerse muy pronto. Entonces renace algo en Glass, el veterano periodista que estuvo en el Líbano, en Ruanda, en Tiananmen, en Srebrenica, y comienza la acción; al menos, lo que el moroso Black entiende por ello. No hay desperdicio en leer esta novela, aunque por momentos pareciera que el autor divaga y se complace más en el ritmo de la escritura que en la posibilidad de la lectura por otros.
Alfaguara, Buenos Aires, 2009. 203 páginas
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