
No son lecciones de misticismo, tampoco de poesía –aunque podrían serlo-. Es completamente prosaico. Así se llamaba una de las materias que se enseñaba en las Escuelas Normales de la primera mitad del siglo XIX en los países europeos y que se introducía en Chile por esos mismos años.
Las lecciones de silencio consistían en enseñar a los preceptores un par de trucos bastante elementales para hacer callar a los niños en la escuela de primeras letras. Pero se trataba en realidad de una tremenda –y quizás silenciosa– revolución en las formas de aprender y comunicarse. El silencio fue una verdadera obsesión de los adultos en la formación de la infancia y la adolescencia de la cultura moderna occidental. En la Edad Media, salvo en los claustros, daba lo mismo y no servía mucho. Por ello demoro un buen tiempo imponerse en la escuela a niños que no lo conocían ni en la familia, ni en la calle, ni en la faena.
La escuela pública, que empezó a extenderse en el siglo XIX, era puro ruido. Tenían una sola sala y los distintos niveles se agrupaban en mesones según los que sabían deletrear, silabar, leer, dibujar letras y finalmente escribir frases. La lección no era frontal, sino que el profesor iba de alumno en alumno siguiendo su trabajo. Mientras tanto, los otros niños hacían lo que querían. Hablaban, jugaban y hasta, a veces, comían. De allí entonces los cambios en los métodos de enseñanza y la introducción de las lecciones de silencio. Así cada niño incorporaría una destreza enteramente nueva no sólo para ellos –que debe seguir siéndola– sino para la cultura. Era la lectura silenciosa.
El silencio interior proviene fundamentalmente de la religión, sin embargo, de la mano de la imprenta, del papel más barato, de la factura de libros pequeños que cabían en las manos y en el bolsillo, tan distintos de esos manuscritos enormes de pergamino sujetos en atriles que se leían en voz alta, permitió un tipo de lectura piadosa y profana que establecía una comunicación nueva con una nueva comunidad, la de escritores y lectores, y consigo mismo. No sólo el individualismo sino ese tipo de introspección crítica y filosófica tan propia de occidente, son finalmente hijas de ese silencio. La lectura ha sido algo así como la conquista de la intimidad y el umbral de ingreso a la razón.
Ese silencio había que enseñarlo. Para nosotros parece algo enteramente natural –aunque no debe ser fácil para los profesores mantenerlo hasta hoy–. Pero allí esta, marcado por la campana y el recreo. Sin embargo, el lugar que ocupa la lectura silenciosa en la formación de niños y jóvenes ha cambiado. Parece fácil decir que es una práctica en extinción y reclamar que no leen. Pero no es cierto. Las formas más extendidas de comunicación tecnológica, desde el messenger al facebook, usan la escritura. Aunque con una gramática y una ortografía nada ortodoxa, ese nuevo lenguaje esconde tras su novedad audiovisual no poco de escritura.
Las lecciones de silencio formaron una cultura escolar de rígida disciplina, de formas de aprendizaje progresivamente divorciada de la experiencia, a la vez que de introspección y pensamiento crítico. Es muy temprano para visualizar qué cultura se está tejiendo en estas nuevas formas de silencio. La mayor novedad estará –como lo estuvo tantas veces antes en la historia– en su relación con la soledad.
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Posteado por: josé manuel rodríguez angulo 02/08/2009 17:56 [ N° 1 ] |
Al fin una columna donde hay intelectualidad. Estaba bueno ya de recuerdos de colegios pitucos y esas cosas, que en nada aportan a los humanos. Recordemos, una vez más, que los seres humanos que hacen las revouciones, en todos los ámbitos, son de la clase media. Mientras permanezca en ella, Serrano podrá hablar cosas tan intersantes como la relación entre los humanos y el silencio. |
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