Ascanio Cavallo
Sábado 15 de Agosto de 2009
Cine: Competencia desleal


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Ettore Scola tiene una gran virtud: ha conquistado a millones de cinéfilos en todo el mundo y para muchos es un símbolo tan vigoroso del cine italiano como en su momento lo fueron Federico Fellini o Vittorio de Sica. Es difícil impugnar a quien ha llevado tantas nuevas vocaciones a las salas y que ha movilizado tantas emociones en 45 años como director.

La mala noticia es que, incluso en algunas de sus obras más apreciadas, Scola ha sido un cineasta únicamente aplicado y correcto, con escasa inspiración personal y demasiadas, excesivas e incomodantes referencias a películas ajenas y anteriores. Nos habíamos amado tanto (1974) se parece más de lo necesario a la espléndida y olvidada La estación de nuestro amor (Florestano Vancini, 1966). Feos, sucios y malos (1976) toma las ideas de Dodes’ka-den (Akira Kurosawa, 1970). El baile (1983) imita abiertamente a Salón Roseland (James Ivory, 1977). Splendor (1989) es una desembozada repetición de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988).

En sus últimos años de actividad, Scola ha concentrado su afecto por Italia a través del cine documental. Gente de Roma (2003) es un ejemplo conmovedor del amor de un cineasta por su ciudad.

Anterior a esa película es Competencia desleal, que se estrena en Chile con ocho años de retraso.

Transcurre en una calle del barrio de Borgo Pio, a metros del Vaticano, a lo largo de 1938, cuando el régimen de Benito Mussolini cumple ya 16 años. El punto de partida son las observaciones del niño Piero (Walter Dragonetti), hijo del sastre Umberto Melchiori (Diego Abatantuono) y amigo del niño Lele (Simone Ascani), hijo de Leone DellaRocca (Sergio Castellitto). Piero y Lele son vecinos, pero sus padres compiten ferozmente por los compradores.

A Umberto le importa la integridad de su negocio y la prosperidad de su familia. Es un italiano corriente, de pocas luces y mucho sentido común, que milita en el fascismo para asegurar su licencia, pero que no se interesa en la política.

Sólo que la historia –la política– va cercando al buen Umberto y a su familia. Luego de la visita de Hitler a Roma, en mayo de aquel año fatídico, el régimen fascista inicia la persecución de los judíos, cercena sus derechos privados, corta sus opciones de estudio y trabajo, incauta sus bienes y, por fin, crea sus propios ghettos. Nada de esto debería importar a estos buenos católicos italianos: pero Leone, el vecino y competidor, es judío. Los Melchiori están forzados a decidir.

No hay grandes ideas en Competencia desleal. Hay un gran tema, quizás muy grande para el espíritu convencional de Scola. Pero cuando filma los rostros de sus personajes demudados, aislados, inmóviles, sin futuro, nos recuerda súbitamente lo que solemos olvidar: que la historia es un monstruo grande y pisa fuerte. Es un solo minuto entre 110. A veces el cine es esto: un destello, un pequeño golpe visual, una intuición.

Concorrenza sleale

Dirección: Ettore Scola. Con: Diego Abatantuono, Sergio Castellitto, Gérard Depardieu, Walter Dragonetti, Simone Ascani, Anita Zagaria. duración: 110 minutos.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
josé manuel rodríguez angulo
15/08/2009 22:32
[ N° 1 ]

Borges enseña que ningun texto, por malo que sea, deja de tener algo bueno. Así que ese notable minuto de la película se explicaría desde ahí.
Lo que no sabía es que Scola es un copión. No es novedad esto del robo en el arte. Existen diversas formas, una es la intertextulidad o diálogo, otra la paradia, es decir, junto a frente a y contra la obra. La más baja de las formas del robo es el plagio. Ahí el ya no es positivo, como las otras formas en que se captura algo de un texto "otro" y a partir de esa captura se inicia el viaje. Ettore, informa Cavallo, usa y abusa de la forma más vil, pero le ha ido bien, entonces a nadie la importa. Es como Jorge Edwards que le robó, completita, "El sueño de la historia", su más celebrada novela, a una viejita de Concepción, la novela de ella se llama "La pequeña Quintrala de Joaquín Toesca", es decir, don Jorge también es vil, pero le ha ido bien, entonces a nadie la importa.
Un ejemplo, de robo positivo es la captura, en la crítica anterior, de una magnífica frase de Gieco, pero ya no para atribuirla a la guerra, sino a la historia...

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