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Sábado 29 de Agosto de 2009
Nanas: "Casi como de la familia"

Óscar Contardo

En una de las historietas de Mafalda su amiga Susanita se lamentaba de los reclamos sociales del momento. Le parecían una alteración injusta de su paz. En su enojo postuló una solución: ¿Por qué no decirles a los pobres que si no les gusta la vida que tienen lo mejor es que se vayan y se dejen de joder? Pero antes de irse que dejen el aseo hecho.

En su pragmática, Susanita dominaba una de las grandes verdades de la sociedad occidental: ni el aseo ni las cosas se hacen por sí solas, auque lo ideal es que así lo parezca. Por "las cosas" hay que entender ese amplio campo de actividades relacionadas con hacer desaparecer los despojos de todo tipo, limpiando, estirando, fregando, sacudiendo. En síntesis, actividades y trabajos a los que muy pocos se presentarían como voluntarios. Tener que "hacer las cosas" entra en el nebuloso terreno de la fatalidad, muy cercano a la injusticia.

Para que la comida esté hecha, que los baños estén limpios, que la cama esté estirada, los platos lavados, las almohadas mullidas y el pasto verde se necesita a alguien. En sociedades más desarrolladas eso cuesta caro: hay menos gente disponible y para quienes lo hacen es una opción laboral, no una labor propia de su casta.

En nuestro continente el problema del personal para hacer las cosas está resuelto de manera automática, masiva y barata. Los pobres en Latinoamérica, por lo general, no optan por el servicio doméstico como una ocupación, el sistema les ahorra contratiempos, energías y acota las opciones. Hay gente la mayor parte del tiempo mujeres que desde la cuna estan destinadas a eso.

Lo mismo que un ruido de fondo, la dinámica del servicio doméstico es existir sin que se note. Sobre todo en sociedades altamente estratificadas: hay una vida escaleras arriba y otra escaleras abajo. Que lleguen, hagan su trabajo y se vayan. Tal como los sabios deseos de Susanita, la cabezona rubia amiga de Mafalda. La tragedia cunde cuando ni siquiera pueden irse, porque parte de su trabajo consiste en quedarse y equilibrarse precariamente entre no tener una vida, pero tener un trabajo.

Uno de los efectos más curiosos que ha tenido la película La Nana, de Sebastián Silva, ha sido el de provocar en parte de la crítica la inquietud por algo que podría llamarse ansiedad por la denuncia frustrada. En la cinta no hay revueltas reivindicatorias, ni venganza, ni siquiera espacio para el resentimiento que vendría a ser el motor de todas las pesadillas de la sociedad chilena (o al menos de aquella parte de la sociedad que tiene nana). Pero lo que sí hay en la película de Silva es culpa. Una culpa tan surtida como la cantidad de crucifijos colgados en la casa de la familia fílmica y que, del mismo modo que la silvestre nana Raquel, están en toda partes, pero no se notan. O no debieran notarse. La culpa no tiene un cuerpo definido. No estalla como la rabia. Tampoco golpea. Se cuela y lo tiñe de una manera efectiva y duradera. Aparece disfrazada de compasión paternalista o de buena onda, quizás la más sofisticada manera de diluir los conflictos sociales y de conciencia en ambientes libres del peligro de revuelta ideológica. La buena onda con el pobre supone que como el salvaje de Rousseau o los personajes de las teleseries de Moya Grau éste siempre será bueno de corazón, simpático, gracioso, digno de protección, de conmiseración, pero perfectamente sustituible porque nunca es parte de la trama principal, siempre es secundario. Algo similar a una mascota, aunque hay que pagarle un sueldo y tiene derecho a voto. Hay pocas cosas más desagradables y perversas que el cariño como impostura y la calidez humanitaria como sustituto de la justicia.

Hasta hace pocas décadas la fuerza laboral femenina en Chile tenía un perfil parecido al de La Nana.

Un estudio de 1972 del Instituto de Sociología de la UC señalaba que un 60 por ciento de las mujeres que trabajaban en Chile lo hacía en el sector de servicios. La mayoría de ellas (58 por ciento) en el servicio doméstico. El estudio retrataba lo que su gran parte del siglo XX para las mujeres pobres del campo y la ciudad "salir a trabajar" era sinónimo de ser empleada doméstica. La nana era la versión urbanizada y burguesa de la "mama" de la hacienda, con menos potreros y (en el mejor de los casos) más electrodomésticos. El lenguaje dice mucho. Las nanas se "encargaban" a otras nanas en un mercado de sangre doméstico, femenino, de patronas dateándose, mandando a buscar al sur la sobrina, prima o hermana de una empleada en ejercicio. Había familias de nanas y familias de patronas ubicando a las nuevas generaciones de niñas hacendosas en una especie de resaca colonial que sobrevivía mejor que el adobe a los terremotos. En la medida en que el discurso modernizador se expande, aquello que no debiera notarse el ruido blanco de un servicio doméstico demasiado parecido a las encomiendas indígenas comienza a rechinar, desafina y molesta. Ni la institución de la nana, ni la campanilla para llamarla, ni el régimen puertas adentro deben ser muy presentables para la OCDE. Incluso si no hay flagelo físico y se las trata como si fueran de la familia, hay algo en ello más cerca del apartheid que del welfare.

Cuando la institución entra en conflicto con las aspiraciones de modernidad surge la molestia insoslayable y sorda similar a una mancha en la camisa o un tonto en la familia: cosas que no nos gustan, a la que nos resignamos y sobre las que actuamos como si no existiesen. En ese ejercicio hacer como que no existen hay que echar mano de las herramientas disponibles. La última y más popular es la de sobreactuar la empatía. Legiones de compatriotas están descubriendo que la realidad es dura, que los pobres lo pasan pésimo, que hay algunos que no son resentidos y que no hay cosa mejor para el alma y para la culpa que tratarlos como hermanos (menores) consentidos. De esos hermanos a los que uno les cierra la puerta de la pieza, pero les da consejos y los escucha opinar como quien oye un loro decir pan de huevo. Surge el regaloneo hostigoso por la nana, el cuidador de autos compinche, el mozo predilecto y el wikén grupal en la toma/campamento. Te mueres lo sabio que son los pobres, lo habilosa que es la empleada, lo chori que es ayudar, lo bacán que es el centro, lo amorosos que son todos en la población. Te mueres lo que he aprendido yendo a la Piojera, subiéndome a la micro, chapoteando en el barro, maestreando con el Jonatan, mudando la guagua de la Britney (tan dije ella).

Una reingeniería del turismo de clase hecho causa social y panorama urbano para refrescar el espíritu, ganarse el cielo o una beca por activismo comunitario está fuertemente vinculado a la conmiseración por la nana, por buscar justicia en una película y no en otro lado. Porque una cosa es la culpa y otra no tener quien haga las cosas.

Cuando la institución entra en conflicto con las aspiraciones de la modernidad surge la molestia insoslayable y sorda.

3 Comentarios publicados
Posteado por:
Héctor Sepúlveda Correa
29/08/2009 22:02
[ N° 1 ]

El problema grande de las "nanas puertas adentro", es que el sistema se parece demasiado a la esclavitud, con todas sus letras; ningún "salario", incluso regulado (hacia abajo) puede esconder eso.
A propósito,¿cuántos de los poderosos del status económico-político todavía tienen alguna de esas esclavas? (para todo servicio, además).

Posteado por:
Daniel Beza Islas
30/08/2009 07:02
[ N° 2 ]

"...en una especie de resaca colonial que sobrevivía mejor que el adobe a los terremotos."

Buen artículo!

Posteado por:
Ana Veglia Baeza
30/08/2009 10:07
[ N° 3 ]

¿Sólo en Chile?
Gran error.
Vivo en Alemania, donde cualquier mujer inmigrante sin título profesional o cuyo título no sea reconocido en Alemania (casi ningún título extranjero lo es, conozco a un profesor de física que trabaja como conserje) es automáticamente "Putzfrau" (Mujer del aseo).
La mayoría de los inmigrantes son gente pobre en busca de oportunidades, de modo que entran como cesantes en busca de empleo. Tienen el deber de aceptar cualquier empleo que se les ofrezca. Y no existe sueldo mínimo. Si la paga es poca, el estado pone la diferencia para la subsistencia.
Si los niños no hablan perfectamente el idioma (y normalmente cuesta entre tres y cinco años dominar el alemán para un inmigrante, dado que es un lenguaje sumamente complicado con una gramática infernal), son rechazados por la educación pública que conduce a la universidad (Gymnasium) y también por la que lleva a carreras técnicas (Realschule), por lo que sólo les queda ser obreros o empleadas, con mucha suerte cajeras de supermercado,
lo cuál en familias cesantes se hace exigible a los niños desde los 15 años.
En Chile las empleadas vienen del sur. Acá vienen de Turquía y Camerun.
Y sus maridos recogen la basura y limpian los baños.
Acá también alguien tiene que "hacer las cosas".

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