Francisco Mouat
Sábado 29 de Agosto de 2009
Okuribito


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Una vez fui a Kuala Lumpur, la capital de Malasia, en un viaje de trabajo que me permitió conocer con mis propios ojos un mundo que no deja de interesarme y cautivarme. Allá en Malasia conviven árabes con indios y con chinos: religiosamente hablando, musulmanes con hindúes y con budistas, más un contingente no menor de otras religiones y un regimiento de agnósticos que no practican ninguna en particular, entre los que me contaba yo, de visita en una ciudad occidentalizada en apariencia, pero que conserva nítidas huellas de antiguas culturas orientales.

El brusco cambio de hora (allá es medianoche cuando aquí es mediodía) me mantuvo en vela varias noches completas, en las que me entretenía mirando por la ventana del hotel, desde un vigésimo piso, la ciudad y sus luces, y sobre todo escuchando en medio del silencio los rezos amplificados desde las distintas mezquitas de Kuala Lumpur.

Esa misma entretención, una entretención que yo llamo despierta y concentrada, me ocupa esta mañana de miércoles, de sol después de la lluvia, años después de estar en Kuala Lumpur, cuando leo a Confucio: “El mien-man, pájaro amarillo de melancólico cantar, establece su morada en la frondosa profundidad de los bosques. Así demuestra que conoce cuál es su propio destino. El hombre, el más inteligente de todos los seres, ¿será más ignorante que este pájaro?”.

Primero Confucio, y luego un fragmento de la Vida de un loco, de Akutagawa: “En un viento que apestaba a lentejas de agua, apareció una mariposa. Sólo por un instante sintió sobre sus labios secos el roce de las alas. Pero años después, sobre sus labios, el polvo que las alas dejaron grabado aún centelleaba”.

Escribir estas notas es buscar en medio de la bruma cotidiana ese polvo de mariposas que alguna vez fue grabado en mis labios un día de viento.

Confucio y Akutagawa no me abandonan después de ser leídos, se metabolizan, pasan a formar parte de mi sangre, del aparato circulatorio; son libros que oxigenan, nutren, me llevan a un campo de batalla que de otro modo no me atrevería a pisar.

Acabo de ver la película japonesa Okuribito. Subtitulada en español, se tradujo como Salidas. Me han dicho que ganó el Oscar a la mejor película extranjera en 2008, y que su director se llama Takita Youjirou. Pero esto lo supe después de verla, y no he querido leer una sola línea ajena que me distraiga de mi propia percepción de la cinta. Prefiero esta vez concentrarme en mi lectura, confiar en mis sentidos, entregarme a lo que ella tenga para decirme a mí. Estoy maravillado. Es una de las películas que más me ha gustado ver en mi vida. Daigo es un cellista joven y recién casado con Mika que busca hacerse un espacio en una orquesta de Tokio. Pero la vida es dura, la orquesta se disuelve, y Daigo decide abandonar la carrera musical y regresar a su pueblo, Yamagata, donde su madre, que ha muerto dos años atrás, le ha dejado una casa sencilla como herencia. El viaje que emprende Daigo junto a Mika acabará por cambiarlos a los dos definitivamente, acercándolos a la esencia, a las raíces, en donde el cello volverá a ocupar un lugar de privilegio, pero muy distinto al que ellos habían pensado que ocuparía. Una frase del protagonista dicha al comienzo de la película anticipa el cambio: “Lo que pensaba que era mi sueño, quizás no era un sueño real”.

Alguna vez soñé con ser escritor. Ahora sé, con más fuerza todavía después de ver Okuribito, que escribir estas breves líneas es andar el camino. Que acompañar a Ernesto Riquelme el día en que enterró a su padre, el empampado, en Iquique, fue razón suficiente para querer contar su historia en un libro. Y que visitar la tumba de mi amiga Dolores Ezcurra en Buenos Aires es todo lo que necesitaba para empezar a cerrar la herida de su partida, y terminar de escribir Tres viajes. Ahora entiendo que soy un gran privilegiado: puedo contar pequeñas historias, y elegir una a una las palabras con las cuales construir el relato, una narración que con suerte aspira a ser como el canto de un pájaro perdido en un bosque milenario y frondoso.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
Melvyn Maximiliano Olate Barra
01/09/2009 18:43
[ N° 1 ]

Francisco, un comentario.
Pude ver la película, y traté de averiguar respecto del nombre y su traducción, sólo por "curiosidad".
Resulta que Okuribito, es una palabra compuesta, proviene de Okuru, que significa enviar; y Hito, que significa persona.
Entonces la mejor traducción seria "Enviando personas". Lo mágico, como toda la película es que este término Okuribito, se creó para la película, porque el nombre que reciben las personas que colocan a los muertos en ataúdes es Noukanshi.
Se utilizó "departures", porque en una escena de la película, cuando Daigo, el protagonista, realiza la entrevista de trabajo, momento en que repara realmente el rubro del trabajo al cual postula.
El aviso en el diario, decía "departures", por eso él creyó erróneamente que se trataba de una agencia de viajes, y cuando el dueño de la funeraria, lo lee y corrige le dice "departed".
Gracias por el espacio.

Posteado por:
Salvador Julio Seda Espejo
04/09/2009 16:53
[ N° 2 ]

A mi también me tocó estar en Kuala Lumpur por trabajo. Allá la población está separada por indios, chinos y malayos (no son árabes), que lo único que tiene en común con los árabes es que son musulmanes (la diferencia es tan grande como la de los chilenos y alemanes, que lo único que tenemos en común es que ambos pueblos son cristianos). A mi no me gustó Kuala Lumpur ya que no tiene el concepto de barrio (en muchas partes ni siquiera hay veredas), ya que es una ciudad bastante nueva (en 1900 era un pantano). Cada grupo étnico (malayo, indio y chino) se mezcla con los suyo, lo que hace que sea una sociedad poco homogea, separada y sin una identidad definida.

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