Ascanio Cavallo
Sábado 05 de Septiembre de 2009
Cine: Nunca es tarde para amar


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La semana pasada convivieron en la cartelera chilena dos películas con títulos idénticos: Nunca es tarde para enamorarse y Nunca es tarde para amar. Con este despliegue de paupérrima imaginación comercial, que más puede espantar espectadores que atraerlos, en las dos se perdió el sabor muy superior de los nombres originales. Una, estadounidense, se titula Last chance Harvey (“Harvey, última oportunidad”).

La otra alemana, se titula Wolke Neun (“Nube nueve”), que es la expresión con que la cultura anglosajona designa al lugar imaginario donde se realizan los deseos más secretos y donde se alcanza, por fin, la Gemütlichkeit, la placidez y la totalidad. Éste es, justamente, el conflicto de Nunca es tarde para amar.

En las primeras imágenes, la costurera Inge (Ursula Werner), ya cerca de los 70, termina un trabajo para un cliente. Un plano de gran distancia la muestra avanzando por una calle arbolada en la que vuela el polen y se agitan los arbustos: hay aquí el primer indicio de una primavera que se agita dentro y fuera de una mujer otoñal. Inge entrega el pantalón reparado a su cliente, Karl (Horst Rehberg), de 76 años, y en cosa de segundos se están besando, desnudando y haciendo el amor.

Este es el preámbulo y, como ya es típico en la narrativa postmoderna, nos deja desorientados, sin entender qué está pasando. En la siguiente escena, la mujer se ve en su departamento, donde también se pasea un septuagenario desnudo, al que Inge atiende con devoción en una tina. Pero no es el anterior, sino otro, Werner (Horst Westphal), su marido, con el que, según sabremos más tarde, lleva 30 años de matrimonio.

Así avanza esta película, liberando sorpresa tras sorpresa, pero sin ninguna estridencia, con ese silencio que solemos identificar con los viejos. En la banda sonora dominan los ruidos de la naturaleza y de los artefactos, y la única música son las canciones del coro vecinal de veteranas en que participa Inge.

Esas canciones cumplen una función similar a la de los recurrentes planos de polen flotando, árboles verdeando, naturaleza floreciendo: sugerir que en el estallido de infidelidad de Inge hay algo irrefrenable.

Werner es serio, grave, amable y atento, y le gusta la calidez claustral de su departamento. Karl, en cambio, aunque es más viejo, sonríe siempre y adora los espacios abiertos, el campo, la desnudez. La elección entre ambos supone una tragedia muy superior al adulterio mismo.

El cineasta Andreas Dresen filma esta disyuntiva con una objetividad implacable, en el límite de la crueldad. Su atención a las carnes envejecidas, flácidas, arrugadas, resulta a la vez poética y patética. Sus encuadres inmóviles encierran a los personajes –en especial, a Inge– en un mundo de objetos inertes y opresivos, que subrayan el peso de sus propias decisiones, al mismo tiempo que su incapacidad para medir sus consecuencias. Lo que todo ello dice es que quizás no haya edad para el amor, pero sin duda que no la hay para el dolor.

WOLKE NEUN
DIRECCIÓN: Andreas Dresen. CON: Ursula Werner, Horst Rehberg, Horst Westphal, Steffi Kühnert. DURACIÓN: 93 minutos.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
josé manuel rodríguez angulo
05/09/2009 12:27
[ N° 1 ]

Interesa el problema de los objetos inertes, frente al mundo pleno de polen y de vida.
En un texto notable, de Baudrillard, se estudia la relación entre los humanos y los objetos que han creado. Usted lector mire y a su alrededor y notará que está rodeado de "huevaditas", teléfono, macetero, florero, estantes, sillas, etc. Ahora, el punto es que los objetos se distribuyen en la casa de acuerdo a un determinado orden, el que no es otro que el burgués. Tratamos de preservar el orden social, moral, etc., manteniendo en orden las pequeñas cosas. El problema es que entre esas cosas andan humanos, humanos que envejecemos y morimos. Y tras la llegada de la Reina, ahí quedan los objetos, testigos mudos de una pasión inútil por preservar, mantener, lo finalmente inmantenible: la vida.
Y esa quizás sea la disyuntiva entre Werner, el hombre de los objetos, aunque mínimos y Karl, el hombre de la vida, que está muy consciente que junto al rostro de de polen, árboles y primavera está la otra cara de este universo y este mundo: el rostro de árboles desnudos, él de los cielos congelados y el de un eterno invierno.

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