
Esta segunda parte de la biografía del “Che” confirma lo que se podía presumir con la primera: que es una sola película, un solo y gran arco narrativo trazado entre los puntos extremos de una historia personal inusitadamente intensa, y que por tanto debería verse en forma continua. La sorpresa es que también es una segunda película, que se puede ver y apreciar por sí misma. Soderbergh ha logrado en la épica lo que le falló a Clint Eastwood en La conquista del honor y Cartas de Iwo Jima.
La primera parte seguía a Ernesto “Che” Guevara (Benicio del Toro) desde su integración a la guerrilla de Fidel Castro (Demián Bichir) en 1955 hasta su visita a la ONU en 1964. Esta segunda arranca con su misteriosa desaparición en Camagüey, en 1965, para ingresar clandestinamente a Bolivia, una operación coordinada con dineros y guerrilleros cubanos.
El “Che” llega a La Paz para derrocar a la dictadura de René Barrientos (Joaquim de Almeida), formando una guerrilla en las montañas meridionales de Bolivia. El esquema es el mismo de la revolución cubana: dictadura odiosa, pueblo deprivado, Partido Comunista burocratizado. En esta segunda parte se repiten sombríamente, como en un espejo oscuro, ideas que en la primera eran siempre más luminosas.
El “Che” conoce a Bolivia menos que a Cuba, y esa evidencia se va haciendo cada vez más pesada mientras transcurren los 341 días de la aventura boliviana. Los campesinos son poco entusiastas –y a veces, soplones-, los militares son más eficaces y los guerrilleros son menos diestros en estas selvas. Ñancahuazú es más duro que la Sierra Maestra. La visualidad de la película es más sombría y sus encuadres, más asfixiantes, inestables e imprecisos. El montaje adelanta el ritmo de una tragedia.
Igual que en la anterior, el “Che” es aquí un técnico de la guerra, un hombre severo y serio, dispuesto a ignorar tanto su asma como sus demandas sentimentales: la guerrillera Tania (Franka Potente) recibe el mismo trato que Aleida en la otra. Siempre está listo para repetir que “ser revolucionario es alcanzar el estadio más alto de la condición humana”. Sólo que ahora ese discurso, repetido y desvanecido, recuerda que es el mismo con que todos los radicalismos políticos o religiosos han tratado de vulcanizar a sus prosélitos.
Aun más que la primera, esta segunda parte de Che es un titánico esfuerzo de objetividad fílmica, un cine político que trata sobre la ambigüedad porque en ella pueden cohabitar el heroísmo y la misantropía, la victoria y el fracaso, la comedia y la tragedia. Lo que dice Che, trabajando sobre un héroe que se quiere monolítico, es que finalmente la política es ambigüedad, sea que se practique con armas en Ñancahuazú o con cortesías en el Capitolio (para referir a otro cineasta al que tan vivamente recuerda en esto, Otto Preminger).
Una gran película. Esta y la otra. Y las dos juntas.
Che: Part Two
Dirección: Steven Soderbergh. Con: Benicio del Toro, Demián Bichir, Joaquim de Almeida, Lou Diamond Phillips, Franka Potente. duración: 131 minutos.
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Posteado por: josé manuel rodríguez angulo 12/09/2009 10:36 [ N° 1 ] |
Don Juan Ignacio Zambrano: post 2, sobre la crítica del 7/9/2009: |
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