
Miguel Littin es uno de los cuatro directores chilenos –con Raúl Ruiz, Patricio Guzmán y Pedro Chaskel– que han estado haciendo películas por más de 40 años. Este solo dato le garantiza un estatuto singular dentro del cine nacional. También es uno de los pocos que vivió desde dentro el proceso de la Unidad Popular y la caída de Salvador Allende. Su visión de esa tragedia está redondamente planteada en Los náufragos (1994), la primera cinta que hizo en Chile después del exilio.
En Los náufragos, una familia rural constituye la metáfora del golpe de Estado de 1973, y su figura central es la del “gran padre generoso”, el modo en que Littin conceptualiza al Presidente Allende.
Quince años más tarde, en Dawson, Isla 10, Allende es todavía el padre simbólico de los ministros y dirigentes de izquierda recluidos en el gélido paralelo. Pero es también algo más extraño, más mitológico y acaso más esotérico, una presencia fantasmal que cruza no sólo la historia narrada, sino la película misma, su textura y su visualidad.
El momento más extraño se produce cuando el capitán Salazar (Alejandro Goic) anuncia a los prisioneros que serán llevados a Puerto Williams y, antes de retirarse, pregunta quién es “A”, la firma que acompaña a unas consignas enigmáticamente rayadas en los muros de latón de las barracas. Los prisioneros responden que no saben, y entonces Littin corta y muestra a un Allende (siempre borroso, casi como una imagen mental) que cae liquidado en La Moneda, seguido de unas botas que entran al Salón Independencia.
Varias cosas están implicadas en este raro montaje. La primera, desde luego, es la afirmación de que Allende no se suicidó, sino que fue asesinado, algo que está presente en una escena anterior, donde el ex ministro José Tohá (Pablo Krögh) se niega a firmar una declaración que sostiene el suicidio. La segunda es la incrustación de la escena en la historia de un grupo de hombres que, con pocas excepciones, no estuvo en La Moneda en el último instante del Presidente. La tercera es la presencia de esta misteriosa “A” (¿Allende?) que lleva sus mensajes (¿post-mortem?) a una remota isla patagónica.
Es sólo un instante, un par de minutos, en una película de casi dos horas. En el resto, Littin adapta el entrañable libro de Sergio Bitar “Isla 10”, un texto quieto, reflexivo, autocrítico, que describe lo que “no fue la experiencia más heroica de nuestras vidas”, y que tal vez por ello no encaja del todo con el instinto mítico y épico del cineasta.
¿Explica esto la incrustación de las escenas seudodocumentales de Allende en La Moneda, y en especial ese extraño interludio del asesinato, que es seguido por el plano más bello, aquel en que Osvaldo Puccio (Matías Vega) corre inútilmente tras el camión que lleva a su padre? ¿Es este momento mínimo la explicación de fondo del proyecto, o es sólo un accidente en una historia difícil de contar? Esta es una de las gracias involuntarias del cine de Littin: cada vez que da respuestas tajantes, abre unas dudas más anchas.
Dawson, Isla 10
Dirección: Miguel Littin. Con: Benjamín Vicuña, Cristián de la Fuente, Luis Dubó, Pablo Krögh, Sergio Hernández. duración: 100 minutos.
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Posteado por: Patricio Balbontin Varas 19/09/2009 22:42 [ N° 1 ] |
Algunos comentarios sobre la pelicula y los hechos reales. |
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Posteado por: Juan Perez Astorga 26/09/2009 19:00 [ N° 2 ] |
Comencé la lectura… y solo con los primeros párrafos me dio lata, pude darme cuenta de una nueva cinta retrógrada, citando el pasado golpista... hasta cuando con lo mismo, dejemos la historia de Salvador y Augusto para los libros de historia. |
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Posteado por: Carlos Correa Acuña 01/11/2009 08:53 [ N° 3 ] |
Miguel Littin nos presenta este film - basado en el libro "Dawson, isla 10" de Sergio Bitar - con un guión personal que desde el comienzo se apodera de la pantalla, el entorno y la textura para mostrar uno de los capítulos más oscuros post golpe militar: el campamento de la Armada de Chile situado en el Estrecho de Magallanes que se transforma en el centro de reclusión de ex ministros, asesores del gobierno de Salvador Allende y ex jerarcas de la Unidad Popular. La historia es dramática desde el punto de vista humano en todo sentido. La pérdida de libertad, los malos tratos y el odio que reflejan los militares hacia sus prisioneros configuran un cielo oscuro, sin esperanza, como el mal tiempo de la zona que se mantiene implacable y golpea durante toda la película. Littin filma fuerte, claro y crudo. Su cámara registra con intensidad las humillaciones, los excesos, el desconcierto y la frialdad con que son tratados los ex ministros y también lo que sucede con quienes abusan de otras personas con el poder que las armas les otorgan. Sin darse vueltas, el ojo del director se centra en lo humano, en las vidas de captores y capturados y con ello en las relaciones que van compartiendo, en las modificaciones en sus personalidades, en la adaptación a las sufridas condiciones del entorno y a todo aquello que surge desde aquella gris perspectiva. |
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Posteado por: Carlos Correa Acuña 01/11/2009 08:53 [ N° 4 ] |
El relato es conocido y compartido por todos pues de alguna manera conocemos el final. Por ello la tensión del film radica en la construcción de cada uno de los personajes, sus roles, sus miedos, la duda, la reflexión y la incertidumbre permanente. En ese sentido lo más logrado es la actuación de Pablo Krögh, cuyo personaje conmueve, emociona y comunica de manera precisa al interpretar a José Tohá, ex Ministro del Interior del derrocado gobierno. En el extremo opuesto se encuentra un débil, pálido, falto de carácter e irreconocible Benjamín Vicuña dando vida al ex Ministro Sergio Bitar quien narra en primera persona los acontecimientos. A ellos se suma el Comandante a cargo de la isla; un contingente de militares representados en dos ejemplos muy opuestos, el teniente intratable a cargo de Cristián de la Fuente y el sargento "más humano" a cargo de Luis Dubó; y el grupo de compañeros de prisión de los protagonistas. La fotografía es hermosa, de gran factura, al igual que la música de Juan Cristóbal Meza. Adecuada, minimalista y creadora de grandes ambientes, parte fundamental en la construcción de la realidad que el director nos quiere mostrar a través de su mirada. Si bien, es una muy buena película, tiene a mi modo de ver dos problemas serios: un relato más bien plano, descriptivo, sin construcción y tal vez carente de un claro punto alto y la pobre escena final, que anula la secuencia más bella y lograda del film con la que debió concluir la historia. Merecidos reconocimientos, premios muy meritorios y una bien ganada representación chilena al Oscar permiten ratificar a Miguel Littin como uno de los mejores exponentes del cine chileno. |
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