Miranda July (1974) es anunciada como la nueva estrella de la narrativa estadounidense. También es directora de cine y artista plástica con grandes reconocimientos, como el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes en 2005 para su película “Tú, yo y todos los demás”. Con esta colección de cuentos, lo menos que ha merecido de la crítica es que la califiquen como “la voz de su generación”. Y se merece los elogios, al menos porque realmente se trata de una voz original que se instala en esa difícil frontera entre la ruptura y la tradición. En ese filo, en una manera de narrar que recuerda otras voces pero resuena con indudable autenticidad, radica el poder de los relatos contenidos en Nadie es más de aquí que tú.
July tiene el talento de hacer una síntesis creativa entre el realismo sucio de Carver y esa suerte de elixir degradado en que devino el realismo mágico (que no es sólo García Márquez, por cierto), por nombrar sólo dos de las vertientes que vienen a la mente al tratar de situar de dónde viene la particular textura de sus relatos. Son seres anónimos, son vidas cotidianas ambientadas en el suburbio anodino o en los pequeños pueblos que jalonan carreteras perdidas en las inmensidades del mapa interior de su país; y en sus cuentos, con esos personajes, ocurren cosas anómalas, como que una jovencita enseñe a nadar a un trío de octogenarios en un pueblo olvidado que está a cientos de kilómetros de la piscina más próxima. En esa extraña pedagogía sobre lavatorios en el piso de la cocina no aparece jamás el tan socorrido ingrediente de lo mágico que tantas cosas parece resolver en cuentos y novelas al sur del río Bravo y en otras latitudes. En lugar de apelar al recurso fácil, July sorprende con quiebres que remiten ya sea al mundo onírico que parece infiltrarse en los cuentos o con un desaforado sentido del humor que se funda en una acerada mirada sobre lo que suele aceptarse como la norma correcta. Ese es el auténtico poder de la buena literatura: proponer una mirada desde el margen, desde el rabillo del ojo, que rompe las convenciones y descoloca al lector. Puede ser apresurado, en el inicio de su carrera, situar a July en el panteón del canon, pero hay que reconocer que en ese soplo inquietante, en la incomodidad que provoca, en la sensación de adentrarse en un territorio que tiene perfiles familiares, pero alumbrados con una luz que los transforma por completo, hay algo nuevo que vale la pena conocer.
Seix Barral, Barcelona, 2009. 223 páginas.
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