
Fabio Morábito (1955; nació en Alejandría y es hijo de italianos, pero se radicó en México a los 15 años y escribe en español) es otro de los narradores latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta, hasta el momento poco difundido en la región. En 2007, el Fondo de Cultura Económica reunió en La ola que regresa los tres libros de poesía que había publicado previamente; a comienzos de este año, Anagrama editó su primera novela, Emilio, los chistes y la muerte; y hace pocos meses, la editorial argentina Eterna Cadencia recuperó su primer libro de cuentos, La lenta furia, publicado originalmente en 1989 en México. De modo que hay dos maneras de adentrarse en la obra de un escritor que debió estar mucho antes en el mapa de referencias.
El libro de cuentos es una excelente vía para apreciar a un autor que ya hace 20 años manejaba perfectamente las herramientas del oficio. Si algo destaca en La lenta furia es el cuidado estilo, ajeno a experimentos y rarezas: un escritor que escribe bien, que lo sabe y que lo cultiva; un cuentista que en cierto sentido delata al poeta por el cuidado puesto en la construcción de cada frase. Pero, así como ahí radica una de sus fortalezas, también señala una debilidad: algunos cuentos –los menos, afortunadamente- parecen más un ejercicio de estilo que una narración propiamente dicha, sobre todo cuando, además, Morábito introduce un componente fantástico que no se aviene bien con el tono del volumen. Los mejores son aquellos que más entroncan con el sugestivo título del volumen, aquellos en donde una soterrada violencia traspasa las relaciones y tiñe con un velo de ira los diálogos y las situaciones. “El Tapir” relata una historia de amores y frustraciones juveniles, dura, cruel y sofocante como el calor que ahoga al pueblo en que ocurre. “La perra” pone en escena a una pareja cuyo principal y extraño afrodisíaco es la certeza de que la empleada les está robando. “De caza” es otra historia de adolescentes bajo el calor; la caza de lagartijas con honda es el catalizador de las rivalidades y furias que rompen la siesta y la inercia del verano. Uno de los cuentos, “El turista”, funde, de alguna manera, las dos líneas que resaltan en el conjunto: en algún apartado lugar de Europa, un conde se ve atrapado por las autoridades del pueblo, que insisten en mostrarle, como si se tratara de grandes atracciones, elementos tan cotidianos y anodinos como una mosca en la pared de la cocina. Esta fábula atemporal, a pesar del previsible desenlace, tiene la precisión y la riqueza de matices de una pequeña joya.
Fabio Morábito. Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2009. 110 páginas.
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