
Me pasa con esta campaña que a veces me pone triste y me pone triste por la falta de alegría de los candidatos. Algunos dicen que no hay propuestas, otros ven con preocupación su tono confrontacional. El debate televisivo pareció a algunos un ofertón y para otros fue una soberana lata. Yo lo disfruté de comienzo a fin, lo vi en familia con sándwich incluido y hasta cerveza, reprimida en día de semana. Y terminé un poco triste. Por ninguna de las razones que se han dicho sino por otra que me he demorado estas semanas en definir y comprender. Lo encontré pomposo y grandilocuente, no tuvo una gota de sencillez ni un atisbo de alegría en los ojos de ninguno.
El debate reveló, como sólo puede hacerlo la televisión, la rigidez del personaje oprimiendo la veracidad de la persona. Posiblemente no es sino un síntoma, otro más, de la enervada política chilena. O más bien, de su falta de sintonía fina.
Se ha dicho mil veces y en mil partes cuánto hemos cambiado los chilenos en estos últimos veinte años. Si hubiera que sintetizarlo en un solo concepto, me atrevería a definirlo como que somos individuos más autónomos de lo que nunca fuimos en el pasado. Una autonomía relativa, por cierto, desigual, frágil, especialmente en tiempos de crisis, pero aún así, lo somos tanto más que antes, somos más capaces de decidir por nosotros mismos, más entusiasmados con nuestra valía, más preocupados de la educación de nuestro hijos, endeudados pero serios. En fin, la lista es larga.
El liderazgo en una sociedad más autónoma está a años luz de ser pomposo y rimbombante. Al contrario, tiene la serenidad de la convicción y la alegría de la opción tomada. Ya nadie opta ser candidato a la Presidencia porque está obligado, por el llamado ancestral de la patria, por la inmolación ante el altar del servicio público, ni menos por la misión melodramática de encarnar las fuerzas nuevas que laten desde las profundidades por el cambio.
¡Qué cansancio!
Hace cuarenta años que se reflexiona sobre la importancia de la televisión en las campañas políticas. La televisión ayuda poco a comprender –para eso hay que leer–; ayuda, al contrario, a creer. Y en eso es imbatible, porque nuestra naturaleza vive primero y, sobre todo, en la oralidad de la palabra y en la cercanía de la visión que nos muestra lo que las palabras no saben o no pueden decir. Hoy no se trata sólo de usar este medio en las campañas, comprendiendo la paradoja entre la dimensión del público simultáneo que mira la pantalla y la intimidad en que cada uno lo hace. Eso es hilo viejo.
Lo nuevo reside en cómo ha cambiado el público. Ha cambiado en todas las variables que la sociología puede medir, y que explican finalmente que ha cambiado su cultura.
La cercanía ya no consiste en responder a las personas con su nombre, agradecer la pregunta, oscilar entre lo muy general y lo muy concreto. La cercanía es ser sí mismo con sencillez. A la Presidenta Bachelet se le da con mucha naturalidad. La ironía ahora es que el más empático es el más viejo y el más pomposo es el más joven.
Tener razones no basta para tener razón; dar justificaciones no basta para ser justos. La convicción no es grandilocuente, por el contrario, se trasunta por su alegría. La vocación no se muestra declarándola, habla sola con el entusiasmo.
Me encuesta interpretar las encuestas, pero siento un profundo orgullo de formar, en todas ellas, parte de la mayoría. Por ello me atrevo a aventurar que no se trata de que los chilenos estemos más pretenciosos y que nos convoque que nuestros líderes carguen sobre sus hombros los fardos de la historia y el destino de cada uno de nosotros.
La pequeña igualdad ganada reclama, sencillamente, sencillez.
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Posteado por: María Cristina Carafi Melero 11/10/2009 13:33 [ N° 1 ] |
Me siento ampliamente interpretada con la columna. |
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