Por Begoña Uranga
Fue un éxito en su primera versión. Aunque no tuviera patente de alcoholes, sus mesas se llenaron aprovechando su entretenida y buena carta y un servicio impecable. Hoy, con nuevos dueños, su reapertura fue recibida con elogios por la prensa y llegó a ser mencionado como uno de los mejores del año.
Había que volver a visitarlo. Es el mismo local moderno y bien puesto de siempre. Menos gente, aparentemente. Ya sentados, uno de los mozos llega con la carta y ofrece para beber. No hay mucha variedad de vino por copas y, además, no quedaban de todas las que figuraban en la carta. A cambio, un pisco sour.
A poco andar, se nota algo raro en el salón. Una especie de caos. Los mozos parecían atender cualquier mesa, con el lógico enredo que ello provocaba. Dos grupos de señores, un tanto mayores, se reían de las innumerables veces que les preguntaron lo mismo. Unos argentinos, con más pachorra ellos, increpaban por la cantidad de personas que los habían atendido, pero ni así lograban que les llegara el pedido.
Al reiterar la solicitud del pisco sour, el garzón retaba al barman por la demora, como excusándose frente a los comensales. Cuando llegó, maravilloso. Nada que decir. Muy peruano. Tras mucho rato llegó la panera. Unos deliciosos grisines y unos pancitos de ¿zapallo? Los señores del lado pidieron un pan blanco que nunca llegó, pese a sus reclamos.
La carta, definitivamente pretenciosa. Unas largas descripciones en italiano, en las que se echan en falta tentaciones. Esos picoteos que resultaban irresistibles. Algo le falta. Elaborados platos de la cocina italiana moderna y ensaladas para el público que quiere mantener la línea a la hora de almuerzo.
Finalmente se decidió pedir la sugerencia del día, que nadie ofreció, pero que aparecía en una pizarra en la entrada, un risotto de gambas. Cuando ya se perdían las esperanzas, llegaron sendos platos con lo pedido. Un sabor fuera de serie, con el gusto intenso que da preparar el caldo con los caparazones de los mariscos y un arroz perfectamente al dente.
Tras dudarlo, por aquello de la espera, se pidió un surtido de helados artesanales y un café. Llegó el postre, en una tulipa de barquillo y adornado con salsa de chocolate encima del plato. El mozo dejó estampado su dedo en la salsa, lo que le quitó las ganas de comer a cualquiera. Una pena. La cuenta debió pedirse casi de rodillas, saliendo luego a toda prisa, dada la hora, y sin alcanzar a recibir la boleta. Definitivamente, el servicio puede matar cualquier buena cocina. ¿Qué diría Giorgio de tamaña desventura?
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