
Leo el discurso de Saul Bellow cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en diciembre de 1976. Allí se preguntó, entre otras cosas, si el agitado y convulso mundo en que vivimos le deja todavía un espacio al arte y la literatura para “pensar, sentir y distinguir” en medio de la furia y la insensatez. Él mismo ensayó una respuesta: “De la esencia de nuestra verdadera condición, su complejidad, su confusión, su dolor, percibimos a veces destellos, lo que Proust y Tolstói consideraban impresiones verdaderas. Esa esencia sale a la luz y luego vuelve a ocultarse. Cuando desaparece nos deja en la duda. El valor de la literatura radica en esas intermitentes impresiones verdaderas”.
Cada vez que me sumerjo en un libro y acepto sus reglas del juego, entro en un mundo en el que la imaginación y el pensamiento se mueven con total libertad, a lo mejor buscando esas intermitentes impresiones verdaderas. El otro día leí el primero de los cinco Relatos autobiográficos de Thomas Bernhard. No pude parar hasta terminarlo. El mundo descrito era feroz, nadie querría vivirlo; sin embargo, sus frases largas operaban como un pasaporte a Salzburgo, y nos contaban la historia de un muchacho que aprende inglés y violín en medio de la ocupación nazi, hasta ver cómo desaparecen entre las bombas su profesora de inglés, el violín, el internado y su propia casa.
Leo, leo y leo. La lectura es como una droga, un modo pacífico de ejercer la soledad y escapar de la estridencia, el ajetreo callejero, la obligación de formular opiniones sobre cosas de las que preferiría callar. Nadie me pide ninguna identificación mientras me paseo por entre los escombros de Salzburgo buscándole la cara a ese siniestro director del internado al que asiste un muchacho que piensa con demasiada frecuencia en el suicidio.
Leo a Bernhard, y luego leo las digresiones y opiniones de Juan Carlos Onetti en el libro Estás acá para creerme, donde la periodista María Esther Gilio reúne conversaciones sostenidas en 30 años con su amigo y compatriota. Me demoro tres horas en leer el libro, y de él me queda la impresión de haber estado en el living de su casa y en su dormitorio mientras el hombre iba envejeciendo y se preparaba a morir. Me conmueve de Onetti su escepticismo desprovisto de afectación, que lo llevó a vivir sus últimos años casi sin salir de su pieza, premunido de tabaco, whisky, novelas policiales y la fiel compañía de Dolly, su mujer de toda la vida. En una de las primeras conversaciones, cuando la confianza entre el escritor y la periodista recién empezaba a construirse, Onetti se desentiende y se concentra en lo que hay al fondo de la ventana: un barco petrolero que ha salido del puerto de Montevideo. “Siempre es así”, le dice entonces Dolly a María Esther: “Queda como hipnotizado, podés preguntarle lo que sea que no te oye”. Onetti se pasó todo el almuerzo en silencio, hasta los duraznos de postre. En vez de probarlos fue hasta el refrigerador, tomó una cerveza y empezó a beberla lentamente. María Esther le preguntó: “¿Qué pasa con ese barco?”. Onetti le contestó: “Pasa todo lo que vos quieras”. María Esther: “Yo no quiero nada”. Onetti: “Peor para vos”. Tratar de imaginarle una historia a cada barco que salía del puerto fue su manera de vivir. Su padre, que era inspector de aduanas, lo sorprendió un día de colegio haciendo la cimarra, echado sobre unas bolsas mirando un barco que partía. En vez de retarlo, lo invitó a tomarse con él un vermut.
Años más tarde, Onetti cuenta que leyó un día en el diario Clarín una historia sobre un barco que había salido de Recife rumbo a Necochea, capitaneado por un noruego. Toda la tripulación fue arrojándose al agua en el trayecto, no se supo por qué, ahí estaba el misterio. Cuando los tripulantes de otra embarcación se cruzaron con ella en alta mar y vieron que iba al garete, la abordaron y encontraron restos de comida caliente en el barco y ningún hombre en kilómetros a la redonda. Onetti está muerto. Alguien debería completar esta historia.
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Posteado por: ricardo misito castaño 24/10/2009 11:47 [ N° 1 ] |
Tu relato me trajo a la memoria una imagen de la película "La Frontera", cuando Patricio Bunster se sentaba todos los días con su maleta en un muelle, añorando a su amada España, y cuando oscurecía regresaba a su casa. Todos los barcos traen y llevan una historia, por eso los marineros besan y se van. |
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Posteado por: Mager Sonder 25/10/2009 01:27 [ N° 2 ] |
Sr. Mouat: |
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Posteado por: lili vasquez vasquez 26/10/2009 18:58 [ N° 3 ] |
Angeles,tus relatos son eso para mi cuando algún domingo encuentro en alguna habitación check out del hotel en donde trabajo de camarera una revista sabado Me saca de la rutina, del ruido y mi espiritu vuela con todos esos personajes iluminados cuando vengo en el metro de vuelta a casa. Gracias! |
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Posteado por: Noelfa Huerta Olivares 27/10/2009 18:21 [ N° 4 ] |
Francisco,siempre busco leerlo los días sábado, me encanta como lo hace y siempre me quedo en las ganas de felicitarlo y decirle que quizás cuanta gente como yo , lo lee y no dice nada. No debiera ser ; pero sucede.Todos tenemos cosas que nos gusta contemplar y nos llevan a crear historias.A mí me gusta ver el paso de los aviones, contemplar la estela que dejan y como se la lleva el viento, imagino que gente irá y adonde llegará.La imaginación vuela tan rápido como lo hace el avión y ahora con su relato trato de saber que sería lo que miraba en los barcos Onetti, quizás viajaba junto a otros pasajeros y su mundo interior estaba lleno de esos sueños.Ud nos los relató y nos ha hecho vivirlos. |
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