Francisco Mouat
Sábado 07 de Noviembre de 2009
Quédate conmigo


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Quédate conmigo, quédate a mi lado, dice el estribillo de esa gran canción de Ben E. King que John Lennon hiciera famosa en los años setenta: Stand by me. La primera vez que la escuché, pensé que pocas canciones podían gustarme más. No fue al final un pensamiento juvenil que se lo llevara el viento, como ocurre: todavía es así, todavía me gusta demasiado esta canción.

Un amigo me dijo el otro día que en YouTube habían subido un video que valía la pena ver: una versión de cinco minutos de Stand by me con interpretaciones simultáneas en todo el mundo, desde un músico callejero y su guitarra en Santa Mónica, Estados Unidos, hasta un joven saxofonista en Pisa, Italia. El video comienza con el negro de Santa Monica diciéndole a los pocos transeúntes que pasan por ahí que el tema que va a cantar habla de todos nosotros: donde sea que estés, a donde sea que vayas en tu vida, sin importar cuánto dinero tengas, en algún punto necesitarás a alguien que se quede contigo.

Es exactamente lo que quiero agradecerle a Lili, camarera de hotel, que viaja en metro casi todos los días y cuando puede lee esta revista, y dentro de esta revista a veces también lee estas líneas. Su aliento es mi aliento, sus ojos en movimiento son un destello, una luz, la fuerza que me empuja a reunir una palabra con otra para completar esta oración. Lili, donde sea que estés, este párrafo es tuyo, y me gustaría terminarlo con una frase de Idea Vilariño, una poetisa uruguaya que un día leerás en un vagón del metro de Santiago, tal como tal vez la esté leyendo en este mismo momento una muchacha joven en la costanera de Montevideo, entre Parque Rodó y Pocitos, o cerca del puerto: “Cuando escribo nunca miento. Puedo mentir en la vida de todos los días, pero no cuando escribo”.

Aliento: me gusta la palabra aliento. Es brisa, energía, una belleza invisible que nos regalan otras personas, a veces la naturaleza, casi siempre aquellas palabras que nos detenemos a leer porque tienen garra y nadie más podría decirlo de esa manera. No le pedimos a la literatura que sea perfecta: preferiremos una y mil veces que sea verdadera, “brutal, sucia, espesa”, como decía Juan Carlos Onetti, “pero mil veces más verdadera, más mía, más caliente, que todas las bellas cosas que pudiera escribir y que he escrito”. Así se refirió Onetti una vez a su breve novela El pozo. Onetti, que decía que el alma de la creación está “allá en los cielos y en la cosa más humilde y doméstica”.

Uruguay: la tierra de Onetti, de donde era Idea Vilariño, donde vive mi amigo Daniel Charlone, uno de los directores de producción de la película El viaje hacia el mar, la misma película que un lector amable me hizo llegar días atrás, sospechando que podía gustarme. Acertó un pleno. A ese lector, donde quiera que se encuentre, mi gratitud. A Edite y Yuri, que duermen y despiertan en Paine; a Izaskun, que tal vez un día tiene una hija a la que llamará Julia; a Esmeralda Carrera, que habita Lima y está a un pisco sour de distancia; a Sebastián Toro y su familia; a mi pequeña Clarice Lispector que vive y sueña en Villa Alemana; a la complicidad de Paula Alvarado; a Kikan Bartlau, que quizás viaja en este momento arriba de un bus cerca de lo que fue el Muro de Berlín; a Alfredo Cáceres, que devuelve el abrazo; a ellos, mi gratitud. Por quedarse conmigo, por acompañar estas palabras. A la profesora de matemáticas que quiere bautizar el colegio que sueña con el nombre de Pierre Jacomet. A mis hijos, que nunca pierdan el entusiasmo por las fuentes de soda con sillas plásticas. A la Solcita, que ayer me regaló unos versos privados casi tan buenos como estos de Idea Vilariño con que cierro esta crónica de acción de gracias, como dicen a veces en las iglesias, y como sucede cuando nos da por estirar los brazos y sentir, del otro lado, una cosa intangible y agradable que algunos llaman cariño, otros amor, o sintonía, o correspondencia, y que yo también llamo ahora sentido, sentido antes de que el silencio un día se tome la palabra, el sentido necesario para leer con los ojos bien abiertos este autorretrato de Vilariño hecho de pura poesía: “Como un jazmín liviano/ que cae sosteniéndose en el aire/ que cae cae cae/ cae./ Y qué va a hacer”.

3 Comentarios publicados
Posteado por:
RICARDO ALFREDO MISITO
08/11/2009 16:16
[ N° 1 ]

Muy buena columna. Lamento que todos a los que nombras, no se tomen ni un minuto para agradecer tus palabras, ¿o se creen que uno escribe para releerse a sí mismo?

Muy bueno Francisco, lamento a todos los que nombras...

RAM

Posteado por:
María Cristina Navarro Noriega
08/11/2009 21:09
[ N° 2 ]

Que gratificante leer esta columna, gracias.

Posteado por:
walter paul bartlau sender
09/11/2009 16:55
[ N° 3 ]

Extraordinario, es decir absolutamente muy por sobre nuestras ideas y expectativas, te aseguro que es la columna más leida del último tiempo. Hoy el Kikan está bajo la Puerta de Brandenburgo enviandote saludos. Por supuesto a todos sus amigos también.

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