
Chicos y grandes, esperamos las vacaciones de verano a veces con desesperación. No queremos más guerra. Nos desagrada escuchar el despertador en la mañana y por supuesto la idea de seguir sometidos a un horario, en vez de disfrutar libremente la luz y el sabor de un tiempo colorido y luminoso, desvestido, caliente. ¿Es tan odioso para los trabajólicos que simplemente nos guste tanto hacer nada de nada, aunque esto casi nunca podamos llevarlo a cabo? Los escolares, los universitarios, buena parte de los profesores y aquellos afortunados que pueden darse el lujo de dejar de trabajar sin damnificar su economía doméstica, están dos y hasta tres meses de vagonetas, para envidia de los que, en palabras de mi padre, seguimos dándole al bombo para producir lo justo y necesario, y a veces menos de lo necesario.
Darle al bombo: es una expresión antigua de uso corriente en el pasado. Significa trabajar en forma sostenida, sin pausa, y recibir a cambio de tu esfuerzo la paga correspondiente, con el debido cuidado de nunca golpear el bombo de un modo frenético y exagerado que vayas a romperlo, porque si te quedas sin bombo, fregaste, no podrás seguir tocando para cobrar a fin de mes.
A cuidar el bombo, entonces; a dejarlo reposar en estos días, y tomarse licencias propias del estío. La semana pasada, cansado de hacer más o menos lo mismo, me entregué a una faena nada desagradable y esencialmente ociosa: verificar en terreno cómo son los escotes de todas las mujeres que entran al supermercado, exceptuando de este ranking a las niñas chicas, por supuesto. Si fuese miembro de una oficina de estudios de mercado, diría que la muestra incluyó a unas cien damas de toda condición, sin límite de edad. Resultados concluyentes: un porcentaje significativo de ellas, incluyendo a las mayorcitas, lucía escotes generosos, no digo con esto necesariamente sensuales, aun cuando algunos de ellos, hay que reconocerlo, si esto hubiese sido una competencia, tendrían que haberse llevado a lo menos un gran aplauso: más que por el volumen y la contundencia, por la armonía, por la perfecta simetría, por la indiscutida belleza de lo que, entendámonos bien, sugerían sus escotes.
Estaba en eso, auscultando imaginariamente a una nínfula muy jovencita pero particularmente agraciada, cuando la mujer que la acompañaba y que entendí podía ser su madre, hizo amago de acercarse a decirme algo. Pensé por un momento que me había descubierto mirando fijamente a su hija, o a ciertos aspectos de su hija, pero no pasó nada: falsa alarma. Ella siguió de largo, y la chica, que la ayudaba a comprar frutas y verduras, se fue detrás agitando una bolsa de tomates, perdiéndose para siempre entre la muchedumbre y los carros.
Recuerdo otra expresión predilecta de mi padre: el ojo derecho nunca es casado. Examinar escotes en el supermercado, o sentado en la mesa de un café reparar con atención y detalle en el cuerpo (y el alma) de aquellas mujeres que llegan y se van, se ha convertido en uno de mis pasatiempos predilectos de este enero previo a mis vacaciones. Sospecho que es el cansancio del encierro, la lectura sostenida y el pensamiento solitario. En las últimas semanas reparé en una mujer de unos treinta años que cada mañana de día hábil camina poco después de las nueve por avenida Santa María hacia el oriente, desde el puente Suecia hasta un nuevo edificio de oficinas, en la esquina con avenida El Cerro. Hoy pensé que podía encontrarla, pero no. La he visto pasar tres o cuatro veces. Yo vengo en auto, en sentido contrario, y lo que ella me regala desde la vereda, viniendo hacia mí, es una hermosa postal en movimiento. Más o menos alta, trigueña, camina elegantemente, sin apuro, luce un corte de pelo moderno pero casual, nada ostentoso, creo que lo llaman escalonado. Viste con sencillez, pero ni siquiera puedo ahora describir con seguridad si siempre usa pantalón o también usa falda. De escotes, ni hablar. Sé que trabaja ahí, en ese edificio, por la rutina del horario, pero no sería capaz de dar demasiadas señas de su rostro. No tiene aspecto de ser neurótica. Si me pidieran un retrato hablado, me confundiría entero, y acabaría dibujando a cinco mujeres muy diferentes entre sí. Eso es probablemente lo que me atrae de ella: los misterios que encarna. Debe ser la luz del sol del verano que nos pone así.
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Posteado por: antonio Larrosa Diaz 16/01/2010 10:35 [ N° 1 ] |
Tiene usted suerte de poder realizar tan cientificos estudios de escotes generosos, pues aqui, en España, hace un frio que pela y no se ve ni pizca de de eso ni de lo otro, todo el mundo va hundido dentro de abrigos y bufandas, que no permiten hacernos ni idea . http://www.antoni |
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Posteado por: catalina alejandra gómez varas 16/01/2010 10:38 [ N° 2 ] |
Panchito, entre tus elucubraciones iniciales sobre el bombo y la clarísima sublimación de tus urgentes ansias en las frases finales de tu columna, se te nota desde lejos que andas con el kino acumulado. Es obvio que el ojo derecho nunca es casado. El siniestro tuyo, tampoco. Búscate una novelita recientemente escrita por un colega tuyo. "Me serviré frío este plato", de Mario Stein, editorial Puerto de Palos. Lo que la trigueña non da, Onan te lo presta. |
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Posteado por: Nora María Kaufmann Johnson 16/01/2010 13:58 [ N° 3 ] |
Lo felicito de verdad porque ya van quedando tan pocos que se encantan con un escote, que encontrar más de uno es alentador. Que simpático, logró que me sonriera y la mamá de la niñita lo pilló pero no dijo nada. Sabemos que parte de la entretención de los hombres solitos en el supermercado también van a vitrinear! Ah! El libro que le recomienda Catalina no servirá y, si tanto le interesa la trigueña, no se quede mirándola desde el auto y háblele, al más puro estilo de los argentinos, porque en una de esas también lo tienen fichado… siempre que sea SOLTERO. |
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Posteado por: Carmen Isabel González Aravena 16/01/2010 18:34 [ N° 4 ] |
Mi querido padre Berríos:Creo que todos qienes son consecuentes serán llamados por el Señor al Reino de los Cielos, Ud. sin duda estará entre ellos, asimismo, espero en Dios, los que esperamos una nueva oportunidad para nuestro querido Chile, sus hijos y los hijos de éstos, que en el mismo Señor queremos un cambio. Somos seres muy pequeños padre. Entreguémonos al Padre, para que sea lo mejor para Chile, no lo que ni usted ni yo, pequeñísima persona, queramos. Amén- |
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Posteado por: Mandela Muñoz Angoy 16/01/2010 23:46 [ N° 5 ] |
Espero que las damas que lo felicitaron por su comentario no sean habituales usuarias del transporte público. Después de transpirar la tarde en mi trabajo de oficina en Providencia, paso a subirme al bus que me lleva por varias comunas de vuelta a mi hogar. No tan sólo debo hacer caso omiso de las miradas directas de hombres, tanto de corbata como con poleras, que no disimulan mirarme el escote y mi parte trasera, sino que al subir al bus otro hombre, sentado, que en vez de demostrar su "afecto" por mi presencia, me mira directamente el busto y dice " hay mijta que cosa mas rica". Al llegar a mi hogar, trato de despejar mi rabia leyendo una revista y me topo con su "homenaje" a la parte de mi anatomía que tanto palabreo inspiró durante mi trayecto.
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Posteado por: Raul Eduardo Silva Bustamante 17/01/2010 03:54 [ N° 6 ] |
La verdad a mí me sucede algo similar, tengo un par de compañeros de trabajo que realizan rutinas diarias que consisten en observar y comentar, hay escotes excelentes y otros no tanto, lo que sí se sabe, es que todos estos son una gracia divina al salir de un trabajo estresante, en donde lo único que puedes ver son paredes y ancianos que de gracia y divinidad nunca han visto, se que los lentes de sol son un gran acompañante cuando se trata de observar la belleza de una mujer, es por ello que recomiendo traerlos al momento de salir para así poder observar con cautela a las hermosas féminas que nos regalan su hermosura. |
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Posteado por: andrea del carmen castillo sandoval 25/01/2010 12:13 [ N° 7 ] |
Me parece vergonzoso pues señor Mouat, peor cuando se redime con la distinguida jovencita que ni siquiera recuerda que tiene escote. Se me cayó su imagen. Pero genial para poner en el tapete una conducta chilena típica ( conozco menos otros lugares). |
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