
Hace algún tiempo participé en un estudio sobre lo que la gente busca en los espectáculos deportivos. El resultado fue claro y contundente: pasión. Las audiencias no esperan de los medios, en materia deportiva, objetividad, ni mesura, ni opiniones, ni siquiera tanta información. Nada de eso. Lo que quieren cuando encienden el televisor, sintonizan la radio o leen el suplemento deportivo, es participar de esa pasión desbordante, de la adrenalina que es la competencia. Y el fútbol, más que ningún otro deporte, tiene esa capacidad de transmitir a las audiencias sensaciones que muchos no experimentan en otras áreas de la vida. O, al menos, no con la misma intensidad.
Confieso que no soy gran hincha del deporte, nunca fui gran deportista y al estadio he ido sólo en contadas ocasiones. Pero el Mundial, como a muchos, me atrapa, me obsesiona en una forma que, por supuesto, va más allá de lo racional. Ver un partido completo entre Alemania y Australia no es el panorama que me imaginaría para un día domingo, pero en el ambiente mundialero lo hago con concentración ejemplar. ¡Y lo disfruto!
Hay algo en el fútbol que es desmedido. Se calcula que 715 millones de personas vieron la final del campeonato mundial 2006 y en la final de este año, con seguridad, se superará la increíble cifra de 1.000 millones de espectadores. Por lejos, el espectáculo más masivo en la historia de la humanidad. Será transmitido por miles de canales televisivos, y comentado hasta el cansancio por millones de mensajes en las redes sociales de Facebook, Twitter y otras. Una empresa de billones de dólares, que a veces nos hace olvidar la modestia del juego: una pelota y pies para patearla. De niños, creo que todos corrimos tras un atado de trapos en las cunetas de los barrios, y hoy día millones de niños lo hacen hasta en los más apartados villorrios de África o de Asia. No solamente hay en ellos la alegría de un juego sano y vivo, sino cada uno de ellos, al correr tras esa pelota, sueña con estar algún día en las grandes ligas, muy lejos de la pobreza que han conocido toda su vida. Porque, como dice un excelente artículo de Time de la semana pasada, el fútbol es el gran igualador social de nuestros días. Hasta el más modesto niño del más modesto pueblo de la Tierra puede soñar con la riqueza y la gloria que algunos efectivamente alcanzan con el fútbol.
De los 18 campeonatos mundiales que se han realizado desde 1930, en nueve ocasiones la copa ha quedado en América Latina. Brasil cinco veces, dos veces Uruguay que ganó el legendario primer campeonato de 1930, y dos veces Argentina. Es decir, America Latina se ha llevado casi el 50 por ciento de las copas del mundo. ¿En qué otra área del quehacer humano los latinoamericanos podríamos mostrar un récord semejante? Ciertamente no en economía, ni en producción científica ni en producción cultural, ni siquiera en población. Es sólo en el fútbol donde nos paramos de igual a igual ante los europeos, para no hablar de los norteamericanos. El campeonato de 1962, jugado en Chile, todavía es motivo de recuerdos y hasta de polémicas. Tuve la oportunidad de leer el excelente libro de Daniel Matamala 1962, el mito del Mundial chileno, y me queda claro que no hemos terminado de comprender ese significativo hito de nuestra historia deportiva y social. Igual da cierta ternura ver las precariedades con que enfrentamos como país ese, "el peor mundial de la historia", según Matamala.
Recuerdo de niño caminar de la mano de mi padre, asustado, por avenida Campos de Deportes en dirección al Estadio Nacional a mi primera cita con el fútbol masivo. Creo que somos miles, millones los chilenos que compartimos esa experiencia, en estadios de barrio y de provincia, experiencia que nos conecta con nuestra infancia y quizás hasta con una ya lejana figura paterna.
Por todo eso no me perderé partido de este campeonato (sobre todo a la hora del desayuno). Es una forma de comunicarnos, de estar juntos, no sólo en un gran espectáculo competitivo, sino en tradiciones, recuerdos, experiencias que nacen de muy adentro de nuestra conciencia. A lo mejor Chile gana, lo que ciertamente no es una expectativa racional. Pero, ¿quién dijo que éste es el mundo de lo racional?
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Posteado por: Irmela Eckermann Ludwig 19/06/2010 13:36 [ N° 1 ] |
Pasión, emoción, nada de "caldo de cabeza" eso es lo que la televisión le insufla a la juventud desde su más tierna infancia, a lo que una chusca educación coopera limitando los sueños a meros deseos. |
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