
El año pasado conocí en mi taller a un escritor que es juez de familia. No sé mucho de su vida: ignoro el juzgado en que imparte justicia, entiendo que es casado y no tiene hijos, sospecho que no le falta demasiado para cumplir cuarenta años de edad. El hombre, al comienzo, era tímido y de pocas palabras, pero el paso del tiempo lo ha convertido en animador de las sesiones junto a su risa fácil y contagiosa.
Las primeras veces que leyó, el juez llamó inmediatamente la atención de todos los que lo escuchábamos por su voz quebradiza y por la calidad de sus textos. No sé si ya nos acostumbramos a esa lectura fragilizada por la voz, o es que la voz del juez ha ido ganando también en entereza conforme avanza el calendario. Lo que no ha variado un ápice desde el inicio es el gusto que nos produce su feliz escritura.
El juez de familia del que les hablo no se toma en serio su condición de escritor. O eso aparenta, al menos. Lo que probablemente sea una estupenda manera de concentrarse sólo en lo que debe: la página que tiene al frente.
Uno de sus poemas se llama justamente "Palabras": "Han ridiculizado a los viejos profesores: / cuando todos entendíamos que éramos átomos, / un experimento practicado en Bélgica / ha demostrado que ya no. / Desde ayer somos energía. / Pero todos sabemos que no somos energía, / que otro ensayo en un país lejano, con mejores teorías, / con modelos matemáticos más sofisticados, / refutará lo dicho. / Y sabremos que somos otra cosa, / y seguiremos infinitamente variando nuestra naturaleza, / hasta que aceptemos la única verdad verdadera: / somos sólo palabras".
En otro de sus textos cuenta la historia de un tío bohemio y parecido a Frank Sinatra: "Bueno para los combos, el trago, el baile, la noche y las maracas". El famoso tío atropelló una vez a un milico el año 73 en pleno toque de queda y manejando a medio filo. La patrulla lo detuvo a balazo limpio. Salvó ileso, y jamás perdió el humor: "Lo mejor de mi tío es que nunca aburre. No me doy el trabajo de contar sus historias para no arruinarlas. Pero recuerdo haberlo acompañado a ver a un amigo al que acababan de operar del corazón. Entró cabizbajo a la pieza del hospital, jugando con una cuerda entre sus dedos.
–Qué bueno que me viniste a ver –le dijo el enfermo con voz quejumbrosa.
–No, chatito, no te vine a ver, te vine a medir.
He conocido personas cultas e inteligentes, pero si no me parecen graciosas, no hay caso, su ilustración se me antoja burda e inútil".
No voy a identificar aún a este escritor que es juez de familia. Tampoco le he pedido permiso para citar en esta crónica algunos de sus textos. Ya sabrán su nombre completo. Mientras tanto, otro botón de muestra: "Hay quienes tienen mal pronóstico. Por ejemplo, los jugadores empedernidos. Contra el casino nadie gana. O los latinos en las películas de policías: tarde o temprano terminan acribillados, o, peor, siendo ridiculizados, y a veces las dos cosas juntas. Pero nadie tiene tan mal pronóstico como los que han apartado de su vida el suave abrazo que el sol nos dispensa en los parques, los que han dejado de añorar la brisa fresca de una mañana cualquiera de primavera".
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