
Se llama Alejandra, es arquitecta, vive en el sur y me escribió la primera vez hace unos tres años. Su primer envío fue un poema de Jorge Teillier, “Botella al mar”, adivinando que yo igual que ella disfrutaría volver a leerlo: “Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo / te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes. / Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni / para los iniciados. Es para la niña que nadie / saca a bailar, es para los hermanos que / afrontan la borrachera y a quienes desdeñan / los que se creen santos, profetas o poderosos”.
Volvió Alejandra a escribirme cinco o seis veces en estos tres años. Un día me mandó un breve cuento suyo basado en un emocionante abrazo callejero que vio una tarde en Chillán, porque el relato había sido seleccionado en un concurso literario en Buenos Aires. Otro día me contó la movida historia de un tío buscavidas, daltónico y navegante abandonado por su esposa luego de que él decidiera enamorarse en altamar de una mulata centroamericana, que ciertamente pasó a ocupar el sitio vacante. El último verano, me escribió para contarme los sufrimientos de un compañero de colegio de su hija de once años que tiene cáncer, y también me envió un texto que le había escrito a su padre por su cumpleaños número setenta: “Me gusta el color del otoño, me gusta el olor del otoño, me gusta su paz porque sé que en algún lugar la primavera está comenzando a explotar”, terminaba.
No tuve más noticias suyas hasta el pasado domingo, cuando abrí el correo electrónico y encontré un nuevo mensaje de Alejandra: “Estimado Pancho. Mi hijo mayor, Bruno, de 16 años, murió hace una semana. La muerte me lo arrebató en veinticuatro horas, cuando su organismo no resistió más a una neumonía de origen aún desconocido”.
Alejandra dice estar tranquila, apuesta a volver a encontrarse con él, a reencarnarse en manadas y permanecer unidos por el amor. Yo vuelvo a leer su carta y me acuerdo de unos poemas de Bolaño que le dedicó a su hijo Lautaro. Uno de ellos se llama Biblioteca: “Libros que compro / Entre las extrañas lluvias / Y el calor / De 1992 / Y que ya he leído / O que nunca leeré / Libros para que lea mi hijo / La biblioteca de Lautaro / Que deberá resistir / Otras lluvias / Y otros calores infernales / Así pues, la consigna es ésta: / Resistid queridos libritos / Atravesad los días como caballeros medievales /Y cuidad de mi hijo / En los años venideros”.
Alejandra no ha gritado aún su muerte, pero llora cuando se sienta en la cama vacía de Bruno, rodeada de sus objetos. Se despide en el correo orgullosa de ser la madre de Bruno Riveri Foradori, y aprovecha de enviarme el poema “Elegía” de Miguel Hernández sabiendo que yo, igual que ella, viviré intensamente su lectura: “Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano. / Alimentando lluvias, caracolas / y órganos mi dolor sin instrumento, / a las desalentadas amapolas / daré tu corazón por alimento. / Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento. / Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado. / No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida”.
Alejandra: no nos conocemos, pero nos escribimos. No tengo nada más a qué echar mano que mis últimas lecturas. Estos versos también son de Bolaño: “Un sueño maravilloso / que atraviesa países y años / Un sueño maravilloso / que atraviesa enfermedades y ausencias”.
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Posteado por: Carolina Coria De la Hoz 07/08/2010 23:41 [ N° 1 ] |
Mil gracias Pancho por esta emotiva columna, como todas las que escribes, aunque esta es especialmente significativa para aquellos que vivimos de cerca el shock y el dolor de Rodrigo, nuestro colega y su hermosa mujer Alejandra. Aun puedo sentir el abrazo que nos dimos aquella fría tarde de julio, en que en vez de expresar mis condolencias, ellos terminaron consolándome a mí ... y me enseñaron, en medio de tan desgarrador dolor,cómo el infinito amor y la Fe deja partir a un hijo amado y al mismo tiempo une sus almas para siempre... |
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