
Hay cosas que no debieran olvidarse. La mina San José es un sitio peligroso, inseguro, sobreexplotado, potencialmente asesino, sin vías de evacuación en caso de una emergencia, pero que igual funcionaba, a pesar de los muertos de los últimos años, muertos que se llamaban Pedro González o Manuel Villagrán, pero que como fueron uno solo cada vez quedaron debidamente enterrados para no hacer atados, para no complicarles la vida a los que mandan y toman decisiones, a los organismos encargados de fiscalizar, a los empresarios que tendrían que velar para que la faena minera se lleve a cabo con responsabilidad y seguridad.
La mina San José y muchísimos otros sitios de este país continúan explotándose sin los cuidados necesarios, alimentados por ese motor salvaje e incombustible que es la codicia, la codicia de querer ganar a toda costa, de rapiñar hasta el último mineral de la roca, tarea que siempre llevarán a cabo bajo la tierra otras personas, arriesgadas o simplemente necesitadas, supervisadas por funcionarios negligentes o pusilánimes o que no dan abasto para cumplir su tarea con eficacia. Esta combinación de codicia, necesidad y negligencia es un cóctel explosivo que acaba derrumbando minas, tan explosivo como el gas grisú de las minas del carbón que contaba Baldomero Lillo en Subterra.
No nos haría mal leer nuevamente Subterra, ese volumen de relatos publicado en 1904 que narraba la vida de los mineros del carbón. Releo el cuento “La compuerta número doce”, en que un padre lleva de la mano a su hijo de ocho años a la mina, y el niño cree que va de paseo a donde trabaja su papá, y en verdad lo que hace el minero es ir a dejarlo al pique para que empiece ese mismo día a trabajar él también, porque era casi ley de vida en las minas del carbón que lo que hacía el padre lo hiciera el hijo hombre desde chico, aunque fuera niño y enclenque, aunque llamara a su mamá entre sollozos y no le quedara más remedio que hacerse macho a la fuerza, “porque el hambre es aguijón más eficaz que el látigo y la espuela”, y porque los mineros “reanudaban taciturnos la tarea agobiadora y la veta entera acribillada por mil partes por aquella carcoma humana vibraba sutilmente, desmoronándose pedazo a pedazo, mordida por el diente cuadrangular del pico, como la arenisca de la ribera a los embates del mar”.
Preguntemos ahora en Copiapó y en Tierra Amarilla y en Paipote cuántos de los treinta y tres hombres que se mantienen atrapados en la mina San José son de familia minera. No son pocos los que vieron trabajar antes en la mina a sus padres, tíos y abuelos. Otros vinieron tentando a la suerte desde el sur de Chile o de otro país. Un muchacho boliviano, Carlos Mamani, entró a trabajar a la mina el mismo día del derrumbe. Franklin Lobos, quien metió un centenar de goles en el fútbol profesional jugando por Cobresal, trabajaba ahora de chofer y trasladaba a la gente al interior de la mina; en sus días libres se hacía unos pesos extra manejando un taxi colectivo en Copiapó. Raúl Bustos trabajaba como mecánico en Asmar, en Talcahuano, y el terremoto y maremoto de febrero lo llevó a buscar pega en el norte. Él no acostumbraba a estar tierra adentro, pero ese día, antes del derrumbe, debió bajar a reparar un camión en pana.
Una película de horror y suspenso escrita por un accidente que pudo evitarse. Una película protagonizada involuntariamente por ciudadanos de bajo perfil que no tenían cómo sospechar que un día sus retratos serían exhibidos públicamente. La mina estuvo cerrada un tiempo porque no ofrecía garantías. Y volvió a abrirse. Y lo más serio es que avisó que estaba en malas condiciones demasiadas veces. Hace nada, en julio, a Gino Cortés, al que le decían “el Bichi Borghi” porque era muy bueno para la pelota, le cayó una roca encima y perdió una pierna. No importó nada. La mina siguió funcionando como si perder una pierna fuera sólo un gaje del oficio de minero. Esteban Rojas tenía día libre el jueves del derrumbe, pero igual fue a trabajar porque había faltado la semana anterior por la muerte de un tío, y no quería que le descontaran una parte de su sueldo.
Más de cien años que se publicó Subterra, y desconsuela volver a leerlo y recortar sus historias sobre el fondo de lo que está sucediendo en el siglo veintiuno en una mina chilena de cobre. Repaso una a una las fotografías de cada uno de estos treinta y tres trabajadores. No es un mal ejercicio: los miro a los ojos y me quedo en silencio. Vidas humanas en suspenso, que milagrosamente dan señales de mantenerse respirando allá en el subsuelo profundo.
La mina San José venía avisando hacía rato lo que ahora ventilan tardíamente las comisiones investigadoras y los expertos: que no podía seguir siendo explotada, que aunque aún hubiera dinero entre sus piedras, ese dinero podía terminar enterrando a los que estuvieran allá abajo, bien abajo, ganándose el pan de cada día. Los treinta y tres trabajadores que hoy respiran a setecientos metros de profundidad querrán sobrevivir. Ojalá no olvidemos las razones que los llevaron a permanecer tanto tiempo enterrados ansiando volver a la superficie.
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Posteado por: Hector Lara Lara 28/08/2010 13:57 [ N° 1 ] |
Francisco ,que tal tanto tiempo,cambiaste tu look,y tambien en otros aspectos que deduzco un poco al leer tu comentario.A nivel nacional hoy dia se escuchan y leen todo tipo de comentarios referente a lo sucedido en la mina de Copiapo y al parecer como por arte de magia hemos descubierto que todos poseemos la llave magica de la prevencion de catastrofes y cosas por el estilo,lamentablemente al parecer somos poco comunicativos o egoistas ya que en contadas ocasiones no nos atrevemos a decirlas o manifestarlas,quizas hasta nos ayudaria a que nos conocieran de forma distinta,pero no es asi,la gran mayoria que conoce y esta al tanto de todo pareciera como que lo percibe no es tan importante para comunicarlo o podria entrar en conflicto de intereses con otros y es preferible guardar silencio y estar tranquilo, esperar que nada vaya a suceder porque si sucede debere quedarme en silencio porque yo sabia que esto iba a pasar si seguian insistiendo en tal o cual cuestion,lo mismo para los medios que manejan la informacion,y que hacen sonar las trompetas cuando el caos ya se hizo presente. Hasta cuando.....Que este bien, saludos. |
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Posteado por: Manuel Enrique Méndez Gómez 28/08/2010 17:24 [ N° 2 ] |
Hola Pancho, Bueno, hace harto tiempo que no te escribía, y otro tanto que no leía tus comentarios. |
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Posteado por: Manuel Enrique Méndez Gómez 28/08/2010 17:28 [ N° 3 ] |
Ten la seguridad que seguirán pasando cosas, muchos cumplirán con las normas de seguridad. Muchos también seguirán invirtiendo en la seguridad de sus trabajadores, aunque no lo creas es mucho mas rentable; pero otros seguirán también arriesgando vidas... y las propias. |
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Posteado por: Julieta candia candia 02/09/2010 11:38 [ N° 4 ] |
¿Qué pasa señores abajo firmantes, si no hay opciones? Soy hija de un obrero que a pesar de haber estado acostumbrado a la inseguridad laboral y a la falta de apoyo por parte de los jefes de su empresa, salió cada dia a trabajar contento, por que aún siendo explotado, trabajando horas extras mal pagadas, noches, sabados y domingos, y con el miedo de que al día siguiente podría ser despedido, no vaciló en decirnos cada vez que le preguntamos porqué sigue ahí |
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Posteado por: Julieta candia candia 02/09/2010 12:01 [ N° 5 ] |
¿Qué sucede si no hay opciones? ?Cómo podrían ser los mineros responsables de esta tragedia? Los mineros, al igual que mi padre obrero, salieron ese día a trabajar; por que en el trabajo se cumple. |
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Posteado por: Manuel Enrique Méndez Gómez 02/09/2010 16:40 [ N° 6 ] |
Hola Julieta ( N° 4). Respecto de la " responsabilidad de los trabajadores", te puedo decir con conocimiento de causa que es una batalla diaria para los que somos " Jefes de Obra", poder lograr que cada persona cumpla con las normas mínimas de seguridad y usen sus implementos. Charlas semanales, insentivos, talleres, etc. etc... esperamos que todo su sacrificio valga la pena y aprendamos la lección... aunque lo dudo. |
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