Francisco Mouat
Sábado 04 de Septiembre de 2010
Números redondos


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Vila-Matas no entendía el absurdo prestigio de los números redondos. A cada rato leía en los suplementos literarios notas y reportajes a propósito de los 10, 20, 50, 100 o 200 años del nacimiento de fulano o la muerte de mengano. Un buen día decidió rebelarse y comenzó a publicar crónicas que celebraban el cumpleaños 99 de Antonin Artaud, los 107 años del nacimiento de Katherine Mansfield y hasta los 422 años del día en que había venido al mundo el poeta John Donne. Cuando reunió 52 de estos artículos, no 50 ni 100, los editó en un volumen titulado Para acabar con los números redondos, empeñado en romper con esta majadera costumbre de referirse a las cosas y las personas porque un aniversario exhibe ceros a la derecha.

La ridícula fama de los números redondos es completamente universal, y amenaza con convertirse en una peste.
Estamos en el año del Bicentenario. ¿Y qué? ¿El país que nos ocupa es muy diferente al del año pasado, y demasiado distinto al del año que viene? ¿Hay que prestarle ahora mayor atención a los que aquí vivimos, pero a contar del 1 de enero de 2011 volver a la indiferencia acostumbrada? Estos números redondos son un pretexto, una excusa, un ardid y muchas veces una farsa para hablar en genérico de un país compuesto en verdad por millones de almas silenciosas que, vistas de una en una, son una isla y también parte de un archipiélago. John Donne escribió en uno de sus sermones políticos: “Ningún hombre es una isla, entero en sí mismo; cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo; si un mero terrón es llevado por el mar, Europa se reduce tal como si le quitaran todo un arrecife, o tu casa o la de uno de tus amigos; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy implicado en la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Mi año del Bicentenario, y estoy seguro de que el vuestro también, está hecho entre otras tantas cosas de algunos destellos de felicidad y más de una tristeza, a veces enorme. Mi año del Bicentenario, si he de recordarlo alguna vez, será aquel en que mi amigo Joe cantó en vivo con inspiración y mucha sangre en las venas una canción de homenaje al empampado Riquelme, el día en que festejábamos un nuevo y bello libro, Luna en Capricornio, y esto fue pocos días antes de que mi amiga Mónica me llamara temprano en la mañana para contarme la muerte de nuestra querida Anisol.

Querida mía, a ti te hablo: no esperes a cumplir 50 años para vivir bien, como sospechas que más te gusta. Nuestra querida Anisol tenía cincuenta años recién cumplidos cuando supo que iba a ser difícil mantenerse en pie por mucho tiempo más. Resistió, hasta donde pudo, y continuó repartiendo amor, inteligencia y color a su alrededor hasta que la enfermedad y el dolor acabaron venciéndola. Encuentro una foto suya en el computador. Luce al medio del grupo, bella y sonriendo, una o dos semanas antes de saber que estaba enferma. Me prestó un libro el año pasado. Lo tengo aquí, a mi lado. Sesenta relatos, de Dino Buzzati. Le gustaban mucho; algunos de ellos los dejó marcados con pequeñas etiquetas plásticas de color verde y lila y forma de lápiz. Adentro del libro, una boleta de una cafetería de Santiago en donde ella pidió, el 23 de septiembre de 2008, a las tres y media de la tarde, una ensalada naturista y un jugo de frambuesas. Imagino que esa tarde comió sola, leyendo en silencio los cuentos de Buzzati o soñando ilustraciones para libros de niños. Entre las páginas 560 y 561 de los Sesenta relatos, dentro del cuento “El crítico de arte”, otra boleta, de una sombrerería en Cuenca, Ecuador, la sombrerería de Homero Ortega, donde Anisol compró un sombrero fino por el que pagó 15 sucres el 24 de julio de 2008, ¿para Claudio, su marido, o para su hija, o simplemente para protegerse del sol y de la magnífica luz de aquella ciudad levantada entre cerros?

¿Hay algo que festejar de una manera especial ahora que llegó septiembre y Anisol ya no respira entre nosotros? La grandilocuencia del término Bicentenario me deja frío. No sé pensar ni sentir de esta manera. No me interesan los números redondos. Me interesan los números que hablan del tiempo de la vida. Segundos dentro de minutos dentro de horas dentro de días dentro de semanas dentro de meses dentro de años, y así, hasta el momento en que otros escuchen doblar las campanas por mí. Como dice Nabokov, nuestra existencia es una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Festejo que haya luz, el año que sea.

7 Comentarios publicados
Posteado por:
Patricio Grez Hermosilla
04/09/2010 10:09
[ N° 1 ]

que es cierto lo que dices.

Posteado por:
Pablo Zeiss Martínez
04/09/2010 16:57
[ N° 2 ]

Simplemente notable

Posteado por:
pedro francisco ceresuela barrau
04/09/2010 17:36
[ N° 3 ]

La cosa es sencilla al igual que con el dinero : no llenarse de sencillo

Al hacer un cheque , esa operación matemática , estimar distancias..etc.
pareciera que por comodidad se buscan
esos números .


Posteado por:
Felipe Alfonso Stark Bittencourt
04/09/2010 20:11
[ N° 4 ]

Me gustó mucho su columna. Tiene mucha razón y el año que más deberíamos celebrar es el 2018, un número que no es tan redondo como el actual año.

Posteado por:
Mauricio Alejandro Contreras Zapata
05/09/2010 08:54
[ N° 5 ]

Querido amigo… Muy cierto, y si le sumas el hecho indesmentible de que la independencia se firmó en el año 1818… en fin.

Un abrazo,
Mauricio C.

Posteado por:
Manuel Enrique Méndez Gómez
08/09/2010 15:38
[ N° 6 ]

Es colocarle un "Clip" a un monton de papeles escritos, nada mas para separarlos. Entre el último archivado y el primero que sigue, tendrá tu misma letra y dirá seguramente casi las mismas cosas; pero a veces tenemos la manía de separar, quizás para advertirnos a nosotros mismos que vamos avanzando.
Te pregunto: intentas marcar tu indiferencia y no darle un sentido especial al bicentenario; sin embargo te ocupaste en escribir de él... ¿ te llaman la atención los números redondos?.

Posteado por:
Ricardo Peña y Lillo Valenzuela
10/09/2010 15:36
[ N° 7 ]

Por una parte lo redondo de los números y por otra la vigencia y sentido de lo celebrado.

1) Los números:

Si en lugar de contar en base 10 (Es decir: 1; 10; 100…), lo hiciéramos en base 2 (números binarios, es decir: 1; 2; 4; 8; 16…), la próxima redondez del número se lograría a los 256 años; y los 200 no tendrían ninguna importancia.


2) Lo celebrado:

Es posible que para el “tricentenario” a nadie le importe la antigua división en “patrias”, que dividía a los primitivos según fronteras físicas, que son cada vez más franqueables; y vibrando en torno a símbolos patrios inculcados como lo esencial de la vida.

Ya hoy la familia chilena vive disgregada en el mundo entero, con nacionalidades múltiples. La bis abuela campesina aferrada al terruño y a la foto de su difunto esposo desaparecido, con hijos nacionalizados en Suecia, Francia o Estados Unidos, nueras gringas, nietos repartidos por el mundo que nada saben de cueca y a duras penas zapatean el castellano; y bisnietos que con suerte la conocen por fotos. Y los que están en Chile, sólo esperan continuar estudios fuera donde echarán anclas, en “marea roja”, que es más bien universal.


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