Francisco Mouat
Sábado 25 de Septiembre de 2010
Maestros


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Guillermo Blanco murió el último 24 de agosto, y Ascanio Cavallo –con tristeza pero sin perder un gramo de lucidez– escribió en estas mismas páginas un texto-homenaje al escritor, periodista y primer jefe suyo en la revista Hoy. Qué bien retrata Cavallo a su maestro, qué certero es para sintetizar lo mucho que le debe: “Debo a Guillermo el cariño por la palabra, el respeto a su solemnidad y la gracia de su irreverencia. Le debo la noción de que las palabras son habitadas por la gente, y no al revés. Le debo una cierta idea –imprecisa, de mal alumno– del vínculo entre la escritura y la moral”. Pocas veces leí definición más justa de un maestro: “Un hombre que encuentra el diamante donde otros sólo ven el carbón”.

Uno también los tuvo y los tiene, a sus maestros. No hay tiempo mejor que otro para agradecerles. Algunas veces fueron tus profesores en el colegio: hablo de Germán Aburto, Alejandro Magnet, José Reyes, Germán Belmar, Memo Santana, el tío Willy. Qué injusto es nombrarlos uno a uno y verificar que hubo tantos más que en silencio, sin aspavientos, trabajaron también por ti, ayudándote a crecer.

Uno de mis maestros se convirtió en mi médico de cabecera y jamás me ha pedido un examen para saber cómo estoy por dentro: me toma el pulso unos pocos segundos y se entera de todo, no hay secreto que puedas guardar con él, te dice si pasaste un mal rato el día anterior o cómo están funcionando los riñones y el corazón.

Reconozco a dos o tres de mis amigos entre la bruma y el ajetreo de la ciudad que también podrían ser mis maestros: nunca me pidieron nada, y entre mis tesoros guardo algunos libros que me regalaron, alguna fotografía, inmejorables conversaciones. De ellos algunos están muertos, como José Luis Molinare: ayer en la mesa del café recordaba aquella tarde de primavera casi verano en que nos despedimos entre lágrimas, enfermo él en una cama del viejo Hospital Militar. Me enseñó entre tantas otras cosas que el amor no te salva de morir, pero te ayuda a vivir bien. El más canoso de todos mis maestros vive en Zaragoza con su mujer y también se llama José Luis, José Luis López Zubero: ahora último no me escribe, y yo muy poco a él, pero su ejemplo y su modelo de ambiciones cortas resuena en mi vida. Escribí un libro en donde él y mi amiga Dolores Ezcurra son protagonistas. Escribir, contarlos a ellos, fue un ejercicio de sanación y gratitud.

Tuve en la universidad un maestro llamado Fidel Sepúlveda Llanos: fue mi profesor y de él conservo gestos y palabras que ojalá no se borraran jamás. Abro una carpeta naranja que conservo de aquellos años en que estudiaba estética en el Campus Oriente, y de ella cae al suelo una foto suya, con lentes y poncho, al fondo Cobquecura, su tierra; la fotografía de Fidel forma parte de una tarjeta que recuerda el primer aniversario de su muerte. Se acaba de concretar una Fundación que lleva su nombre: Fidel Sepúlveda. Nombrarlo en estas líneas es volver a quererlo. Sus amigos y sus amores desean que las palabras que tanto nos enseñó a buscar y a cuidar, que para él eran un hallazgo y una bendición, una pepa de oro y una maravilla, sigan esparciéndose como semilla.

Otro de mis maestros es sicólogo, se llama Rafael, y lo vi unos meses atrás hecho un bólido manejando por la calle Colón rumbo a quién sabe dónde. Fue Rafael quien me ayudó a diferenciar una emoción de otra, a convivir con ellas y a poner límites. No he sido un alumno aventajado, pero estoy de pie. Fue Rafael quien me dijo un día que conociera a Kin, “el único chino que ha sido alguna vez socio de Colo-Colo”. Kin es mi médico de cabecera, el que me toma el pulso y sabe de hígado, páncreas y pulmones, y con quien planeamos ir alguna vez juntos a China para que me enseñe su país.

En La Serena vive otro de mis maestros: Jaime Hagel. Escritor y profesor, con él aprendí a leer entre líneas los mejores cuentos hispanoamericanos, disfruté su literatura, me reí cada vez que fui a visitarlo a su casa en Ñuñoa y lo sorprendía espiando a las amigas de su hija, que se bañaban en bikini en la piscina que había construido con la plata del premio obtenido por uno de sus libros. Lo extraño. Extraño esa conversación gratuita que nos obsequiaba cuando aún fumaba pipa. ¿Seguirá fumando pipa allá en su departamento de La Serena con vista al mar? ¿Se lo permitirá Ileana? ¿Habrá alguna piscina cercana donde recrear la vista, Jaime, con jovencitas doradas por el sol como las que animaban algunos de tus cuentos?

Borges, más que enseñar literatura o el amor por un texto o por otro, decía que había procurado enseñarles a sus estudiantes a que quieran la literatura. Yo digo lo mismo de mis maestros: ellos me enseñaron a querer el arte y la vida. Ellos fueron y son como el maestro que describió Ascanio Cavallo a propósito de Guillermo Blanco: “Un hombre que encuentra el diamante donde otros sólo ven el carbón”.

3 Comentarios publicados
Posteado por:
gloria guzman grimaldi
25/09/2010 09:58
[ N° 1 ]

Si supieran los maestros el poder que tienen!, intento rescatar de mi memoria algún buen profesor,en verdad que surgen pocos con verdadera vocación, para aquellos que aman lo que hacen: mi gratitud para siempre.

Posteado por:
Manuel Enrique Méndez Gómez
27/09/2010 10:59
[ N° 2 ]

¿Mi maestro?...
Mi Padre... no se si me enseñó algo... pero aprendi todo de él.

Posteado por:
jaime osvaldo hagel echenique
27/09/2010 12:29
[ N° 3 ]

Se agradece al autor el reconocimiento a sus viejos maestros.
Bajo el cielo de Santiago hay corazones que laten muy fuerte. Entre ellos el de Pancho Mouat. Un romántico de buena ley que no vacila en aplicar aquello de que mientras más personal, íntimo y privado sea lo que se escribe, mayor universalidad tiene el texto resultante.
Con un estilo que recuerda los mejores momentos de Daniel de la Vega, esboza aconteceres , escenas, espacios y personajes mediante delicadas y certeras pinceladas, contando así historias que despiertan en el lector evocaciones, sentimientos dormidos, emociones. Parafraseando a Cortázar, los breves textos de Mouat son como semillas que hacen crecer un árbol en la mente del lector.
En medio de artículos sobre fútbol, política, crímenes,economía, dietas, cocineros (todos muy interesantes) qué bien cae la parte humana de la página de Mouat. El lector respira, se distiende al leer que después de todo no estamos solos.
En las páginas de Mouat hay emoción, pero no emocionalismo; sensación pero no sensacionalismo;sentimiento, pero no sentimentalismo.La división entre estas categoría reside en la sinceridad, la autenticidad y no por último en el manejo del idioma, en el lenguaje mesurado,sin estridencias, pausado e íntimo con que Mouat nos presenta lo inesperado, lo asombroso, el dramatismo de la cotidianeidad, en páginas donde la ternura y el amor al prójimo matizan lo mucho que tiene que decirnos.

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