
En casa lo llamábamos así: el tío Tito. Hermano mayor de mi abuelo Arnaldo, Héctor Croxatto Rezzio fue un científico vigoroso y estelar, premiado y reconocido, maestro de maestros. El otro día fui a una iglesia de Las Condes a despedir sus restos. Escuché junto a cientos de personas que llegaron a acompañarlo piezas clásicas seleccionadas por sus hijos y bellamente ejecutadas, y fue como estar con él escuchando música en su cabaña de Rocas de Santo Domingo, donde solía disfrutar el jardín, pintar naturalezas muertas y flores y salir a pasear del brazo de su querida Viola por calles aledañas a Los Naranjos. Su invitación favorita (o de su mujer) era a tomar once en su casa. Todo sano: fruta, leche, palta.
Lo dijo en la iglesia el obispo Bernardino Piñera, y con tanta razón: el tío Tito vivió prácticamente toda su vida en el asombro. Desde la primera vez que hizo clases en la universidad, en 1934, sus alumnos supieron que era un hombre muy especial, y que en su caso la avidez por el conocimiento no se limitaría a la ciencia, a la biología, a la medicina, a los experimentos, sino también a las artes, la filosofía y el misterio.
El tío Tito tenía más de cien años cuando murió. Un hombre longevo como toda su familia Croxatto. Su papá, David, mi bisabuelo, murió de 99 en Temuco. (Verlo en una vacación en el sur comiendo papilla con una servilleta de género en el cuello es una postal imborrable.) Su mamá, Angela, una mujer menuda que preparaba unos panes de pascua insuperables, sin escatimar mantequilla y especias, murió de 96 o algo así. El tío Tito trabajó en los laboratorios de la Universidad Católica hasta que su cuerpo lo permitió, cuando no le faltaba mucho para cumplir cien años. Todos lo admirábamos por su energía infatigable: no sólo no se cansaba de vivir, también le gustaba decir que deberíamos tener tres vidas para poder aprovecharla mejor.
No puedo recordar la última vez que nos vimos. Fue hace mucho tiempo. Hago un esfuerzo por detenerme en sus ojos, que se veían más grandes que lo que eran debido al cristal de sus lentes ópticos. Era un hombre delgado y de voz ronca. No sé si la última vez fue en Rocas de Santo Domingo, en la casa de mi madrina, para algún festejo familiar, o si fue en su propia cabaña en la playa, o en su casa de toda la vida en Ñuñoa, en la calle Obispo Orrego, viudo ya de la tía Viola, que lo dejó solo y con la pena grande de haber interrumpido una relación férrea, de amor profundo y admiración mutua. O tal vez fue en el cementerio para el funeral de mi abuelo, a fines de 2003. Perdí su rastro, y sabía de él por mi madre, o por mi prima Luz cuando nos cruzábamos por ahí, pero lo que no olvidé, y ahora recupero con fuerza, fue esa frase memorable y pedagógica: vivo en el asombro.
Una frase doble: un hombre vivo en la mitad del asombro, y un hombre que vive para el asombro.
Que alguien te enseñe amor a la vida es sencillamente magnífico. Y él lo hacía mejor que la mayoría. Horacio, uno de sus tres hijos, leyó unas palabras breves en la iglesia, sintéticas y precisas: "Mi papá nos transmitió dos cuestiones fundamentales: disfrutar la vida y aportar algo a los demás". Él cumplió, vaya que lo hizo. Y lo reconocieron: fue nombrado miembro de la Academia Pontificia de Ciencias en 1976 y elegido Premio Nacional de Ciencias tres años más tarde.
Opinaba que un hombre desprovisto de asombro "es un hombre muerto, con los ojos cerrados a la vida". María Ester Roblero, cuyo padre trabajó codo a codo con el tío Tito en los laboratorios, escribió en los años noventa una biografía suya que tituló La promesa del asombro. Acabo de releerla, para traerlo a la memoria. Encuentro entre sus páginas una cita de Paul Valery: "La casualidad no sonríe jamás sino a aquellos preparados para recibirla". El tío Tito habla en el libro de belleza y curiosidad, de impedir que se aburguese el alma. Y remata con una propuesta estremecedora: "La ciencia llega más segura a la verdad de la mano de la filosofía".
Se fue muriendo en silencio, sin molestar a nadie, tenía más de cien años. Le conocí un solo auto, un Fiat italiano gris-azulino modelo 1100 que manejó durante décadas, no exagero. El tío Tito era de otra galaxia: de una constelación de estrellas en permanente estado de gracia. Decía que había una parcela del saber que estaba vedada a la ciencia: la del sentido de la existencia, del hombre y su destino. Lo que decía lo decía con convicción y voz bien ronca, como la de mi abuelo Arnaldo. Ellos eran Croxatto. Como mi bisabuelo David y como mi madre, Amalia.
Escribo desde el orgullo, probablemente absurdo, de llevar algo de esa sangre en mis venas. Tan italiana como los Croxatto que vinieron un día a Valparaíso, la escritora Natalia Ginzburg finalizó su ensayo Las pequeñas virtudes con una frase que el tío Tito habría colocado en un marco: "Tener nosotros mismos una vocación, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida genera amor a la vida".
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Posteado por: roberto viera gonzalez 16/10/2010 09:49 [ N° 1 ] |
""""Decía que había una parcela del saber que estaba vedada a la ciencia: la del sentido de la existencia, del hombre y su destino"""". Excelente reflexión, don Francisco. Y me quedo para el día con esta frase. En mi oratorio matinal estoy leyendo una colección de pequeños libros de un monje trapense y a ratos le escribo a Su Excelencia. Me ha respondido un par de veces, a través de su secretaria Sra. Andrea Ojeda Miranda. Mi señora me dice que no quiero salir de "esa parcela", porque soy un flojo. Ni Su Excelencia, ni mi señora saben lo que descubro cada mañana en esa parcela. Tanto, que no me interesa ni conocer La Moneda, o la parte que le corresponde a mi esposa de la hacienda de mi suegro. Atte. en xto. rvg. |
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Posteado por: Andrea Zumsteg Kappel 16/10/2010 19:34 [ N° 2 ] |
Hola Francisco...que lindo leer tu columna en recuerdo a nuestro querido ¨Papo¨. Tanto orgullo sentimos los que tuvieron el privilegio de conocerlo y compartir con el. Tuve la suerte tambien, de haber conocido la ¨Mamina¨, y las historias vividos con ellos siempre tienen un lugar especial en mi corazon. Tan caballero ,tan gran hombre ,recuerdo sobre todo las tardes en su terraza envuelto en la enredadera hablando en Aleman con ellos. Hoy, mis hijas sienten el orgullo de tener algo de esa sangre en sus venas y el asombro hacia la vida que el nos enseño las va a acompañar para siempre...muchas Gracias por tus palabras...cariño Andrea de Chillán |
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Posteado por: Eduardo Hernàn Reyes Frías 17/10/2010 16:40 [ N° 3 ] |
En el 2º Encuentro Científico de Medio Ambiente, en Talca, agosto 1986, tuve el honor de entrevistar al Dr. Hèctor Croxatto, quien declaró: |
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