El viaje más largo e insólito de la historia de Chile no lo hizo un explorador, sino unas campanas que, en vez de morir en el incendio del templo de La Compañía, salieron a recorrer el mundo y tañer para otros templos de ultra mar, lejos de la tragedia que ellas mismas anunciaron antes de caer.
En ese momento, a las ocho en punto de la noche de un martes 8 de diciembre de 1863, se derrumbó el campanario junto con el techo, metiendo un ruido gigantesco que terminó de matar a aquellas 2.000 mujeres y 25 hombres. Ningún cuerpo pudo ser reconocido ni separado de la multitud abigarrada que durante varios días, en un cerro tapado con cloruro de cal esperaron, hasta que doscientos hombres cavaran el foso donde fueron enterradas. Allí estaba una de cada 27 mujeres de Santiago.
El propio día miércoles, algo que los relatos desconocen, estalló una polémica crucial de lo que sería la política chilena. Por primera vez, las mujeres pasaron a ser un serio problema político y, por primera vez, ellas entraron al ruedo del debate público.
El asunto era más o menos el siguiente. La primera gran tragedia de la ciudad fue el terremoto de 1647 que fue interpretado por todos como un castigo divino. La segunda, al contrario, tuvo distintas interpretaciones. Para la Iglesia, era un dramático accidente que había cobrado la vida de matronas y doncellas piadosas que cumplían sus deberes religiosos. Eran mártires. Para el naciente sector liberal y radical no era un accidente, era fruto de un culto ostentoso fomentado por el clero que dominaba a las mujeres. Las mujeres se entregaban a un “loco misticismo” que no se condecía con la sencillez del culto cristiano. A esas horas debían estar en sus casas como correspondía a esposas y madres de familia. Había que prohibir el culto nocturno. Se insinuó también que muchas mujeres asistían al templo por motivos dudosos, y a veces promiscuos, del cual el clero no estaba enteramente libre.
La Iglesia salió a defender a las víctimas que habían sido transformadas en culpables, deshonrando la memoria de lo más preciado de la sociedad chilena, que era la religiosidad de sus mujeres. Junto al clero salieron ellas mismas fundando un pequeño periódico (que Vicuña Mackenna acusó de ser escrito por los curas) con artículos firmados por “las que no murieron en La Compañía”. Las “señoras de Santiago”, como se autodenominaban, imprimieron miles de hojas que se repartieron en las calles donde 670 mujeres firmaron defendiendo el derecho a profesar su religión sin restricciones de las autoridades públicas; reclamaron ser fieles cumplidoras de sus deberes familiares y respondieron con indignación a que su reputación pudiera ser puesta en duda. “Por el honor de mi sexo, por el honor de mi patria, por el amor de mi religión, protesto contra tan infamante imputación”.
¿Qué estaba pasando? Los liberales no eran antirreligiosos –de hecho muchas de sus mujeres murieron esa noche–, sino anticlericales, contrarios a la ostentación del culto público. Propiciaban una religión privada, individual, alojada en la conciencia y un culto austero, sobrio. Las mujeres, tan propensas al culto ostentoso, a las procesiones, a las novenas, a las cofradías, no contribuían a la formación de la “madre pedagoga” que debía gobernar la casa, como sus maridos e hijos gobernaban el país. Eso era la economía doméstica. En aquello la Iglesia y los conservadores estaban de acuerdo, pero no en la privatización de la religión, ya fuera en el culto o en la vida pública. Finalmente, lo que se iniciaba era la secularización del Estado y de la sociedad donde las mujeres eran estratégicas para ambos bandos.
Después de su largo viaje, el mismo recorrido por nuestra sociedad, las campanas doblan para anunciar que las víctimas no son culpables, que la religión es compatible con las libertades civiles y que hombres y mujeres no se oponen en la construcción de la democracia ni en la formación de nuestros hijos.
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Posteado por: Felipe Andes Valdes 13/11/2010 14:48 [ N° 1 ] |
Me devore su columna, gracias por compartirla. |
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Posteado por: José Gervacio Reyes 17/11/2010 22:05 [ N° 2 ] |
Estimada Sol, ¿dices que murieron 2000 mujeres esa noche en la iglesia y que en ese tiempo en santiago eran 27mil mujeres? no entiendo frente a tremenda mortandad como nunca se ha comentado o marcado el hito a través de una reseña, u otro distintivo, por mucho menos se han levantado memoriales, nombres de calles, libro y una larga lista de ecetera, me resulta dificil digerer esas cantidades de muertos. |
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