Francisco Mouat
Sábado 20 de Noviembre de 2010
Afírmate, Catalina


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Tengo aquí enfrente una foto tuya, en blanco y negro, de cuando te sostenían en brazos porque aún no aprendías a caminar: aros perla, el pelo muy corto, vistiendo jardinera de cotelé (no recuerdo bien si rosada o lila) y un chaleco tejido a mano color marfil, el rostro cachetón, la nariz muy bien dibujada, la boca discretamente abierta y unos ojos claros que yo sé que son azules, muy azules, pero que la imagen sólo revela claros y algo ensimismados. Te tiene en brazos la María, que apenas se ve en el costado izquierdo de la foto, casi desapareciendo; esa mujer mayor que alcanzó a cuidarte unos pocos años antes de volverse a Paine para siempre.

Eres mi hermana chica. Te pusieron Catalina. Tengo diecisiete años y tres meses más que tú. Yo salía del colegio cuando apareciste en la panza de mi vieja, que tuvo un embarazo horrible, para el olvido: demasiado tiempo fuera de las pistas. Cuando mi viejo cumplió cincuenta años, hicimos un asado en la casa y él, entusiasmado, habló de ti: faltaban apenas dos meses para que nacieras. El viejo se creía la muerte, canchereaba con su fertilidad. Mi vieja, a esas alturas, sospecho que lo único que quería era parir de una buena vez.

Te hiciste notar rápidamente. Eras un bicho raro. Tenías poco más de un año, no sabías leer, pero hacías como que leías el diario y gritabas. Había que tranquilizarte y hacerte callar. Tiempo después empezó a divertirnos ir al teatro para niños y que yo me hiciera pasar por tu papá. Engañábamos a la gente no entiendo con qué objeto, para tontear, supongo, o para presumir yo de hombre grande. Dejamos de vivir juntos al rato: tú no tenías más de cuatro o cinco años cuando me largué. Nos separamos. Nos separamos mucho, Catalina. Tú aprendías a sumar y a restar en un colegio de monjas y yo iba a la Vicaría de la Solidaridad a escuchar relatos escabrosos que después contaba en la revista Apsi. Dejamos de vernos.

Creciste, yo también. Y así como Pasolini escribió una vez sobre la desaparición de las luciérnagas a causa de la contaminación del aire y del agua en el campo, “el agua de los ríos azules y los arroyos transparentes”, tú, Catalina, que habías sido una luciérnaga en mi vida en tus primeros años, empezaste a ser más un recuerdo que una presencia viva, algo más parecido a la fotografía que tengo enfrente, con tus ojos claros y algo ensimismados, que aquella niñita con la que salíamos a divertirnos los fines de semana en algún café del centro donde hubiese copas heladas.

La única persona autorizada a escribir tu biografía eres tú misma. Yo la leería con atención si la escribieras. Tu vida, en poco más de treinta años, tiene pliegues y capítulos que sé que no olvidarás, pero que ojalá pudieras almacenar en un baúl con llave. Y tirar la llave, la única llave, a la basura. Y guardar el baúl en un lugar a donde no llegue nadie, ni siquiera tú misma. Hay recovecos de tu historia que probablemente ni tú ni nosotros alcancemos a descifrar nunca. Están sugeridos en algunos poemas y relatos que escribiste tiempo atrás, y que conservo en una carpeta sin notas al margen. Están sugeridos en pasajes vividos y soñados que forman parte de tu intimidad sagrada.

Me he caído y te he visto caer. No conozco otro modo de aprender a pararse en este mundo incierto y bravo, que a veces sabe también regalarnos momentos estelares.

El poeta viñamarino Ennio Moltedo escribió un relato llamado Emporio Noziglia. Te lo regalo. Es mi verdadero regalo de matrimonio, junto a estas líneas. Tengo dos copias del relato. Una que me regaló una amiga, que sabe que leo con interés y con agrado todo lo que escribe Moltedo, y otra que me mandó por correo el propio escritor, agradecido por leerlo con atención y valorarlo. No sospecha Moltedo la importancia que tiene su literatura en mi vida. En Emporio Noziglia, el narrador evoca aquellos años de su infancia en que se detenía en los ventanales que daban a la calle Valparaíso a contemplar los juguetes exhibidos por el emporio, en especial “una lancha metálica, de carrera, impulsada a cuerda y de llamativos colores”. El niño codiciaba la lancha, pero debió conformarse durante muchos años con sólo verla porque no tenía plata suficiente para comprarla. “Yo economizaba, peso a peso, pero cada vez que me acercaba a su precio, éste aparecía reajustado una vez más”.

Su consuelo era que la lancha no se vendía. Hasta que en una Navidad recibió un buen regalo en dinero, y no lo pensó más: corrió al emporio a comprarla, volvió a casa con ella, llenó la tina del baño, le dio cuerda, la echó al agua y se dispuso a disfrutar. “Un viaje, otro más y, terminada la cuerda, la lancha se detuvo. Me pareció insuficiente la demostración”. El niño, que había soñado tanto tiempo con la lancha metálica, había crecido y ya no se reflejaba en el espejo del ropero. Los años habían pasado sin darnos cuenta. “El niño de la lancha, al parecer, sigue absorto frente a la ventana del Emporio Noziglia”.

4 Comentarios publicados
Posteado por:
Noelfa Huerta Olivares
20/11/2010 10:26
[ N° 1 ]

A pesar de que creo que es preferible arrepentirse de lo que se ha hecho antes de quedarse con lo que pudo haber sido y no fue, muchas veces también he debido pensar, ante la desiluciones, que es preferible conservar los sueños, perseguir los sueños por toda la vida y no enfrentarse a la dura realidad.Lo que es , casi siempre nada tiene que ver con lo que se ha soñado.

Posteado por:
hernan acevedo gallardo
20/11/2010 11:30
[ N° 2 ]

estimado francisco, estoy fuera de chile ya hace un rato y a través de tus palabras mis hermanas vuelven a mí como si pudiera abrazarlas, es en la distancia que te das cuenta lo importante de hacer sentir amados a tus seres amados, lo importante que son a través de un fuerte abrazo y un te quiero del alma, gracias de nuevo por escribir, sin decir todo explícito, lo importante que es y y serán, para un hermano mayor sus hermanas......
adiós
Hernán

Posteado por:
Isabel Sanchez Muñoz
25/12/2010 21:41
[ N° 3 ]

Lo felicito por las palabras que escibio para su hermana ya que ella se lo merece pues la vida no es facil y para algunos es mucho más dificil, pero tener una familia y un hermano como usted es maravilloso un abrazo.

Posteado por:
María Eugenia Moure Gomez
29/03/2011 21:46
[ N° 4 ]

Leí esta columna cuando recién la escribiste y tuve esa sensación de nostalgia, de alejamiento de personas que alguna vez significaron tanto. La Cata fue una persona significativa para todo el que la conoció de verdad. No te imaginas todo lo que marcó en la vida de muchas de nosotras, sus compañeras de colegio. Hoy vuelvo a leerla y no me queda más que darte las gracias por tu palabras y felicitarte por la maravillosa hermana que tuviste

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