Francisco Mouat
Sábado 04 de Diciembre de 2010
Conserjes


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Hay un conserje en mi edificio, Cristián, que mata las horas de su turno, entre las dos de la tarde y las diez de la noche, viendo televisión duro y parejo. Es lo que hacen casi todos los conserjes de edificios del mundo que prácticamente no tienen nada más en qué entretenerse, salvo apretar un timbre para abrir la puerta o entregarle al vecino la última cuenta del teléfono o la luz, cosas ciertamente muy emocionantes.
El dicho popular es elocuente: más prendido que televisor de conserje. Lo novedoso en este caso es que el hombre se ríe a carcajada limpia prácticamente todos los días del año y durante muchas horas. Es un chiste escucharlo. Como la puerta de mi departamento está al lado de la conserjería, un día no aguanté más y salí a preguntarle de qué se reía tanto. Y él me contestó casi llorando de la risa, pero sin dejar de mirar a la pantalla para no perderse el chiste que venía, que disfrutaba como chancho la serie Friends y una en la que trabaja Charlie Sheen que se llama Two and a half men.

Tengo un amigo que años atrás era fanático de Friends, me decía que los guiones y personajes eran buenísimos, pero yo nunca me instalé a ver un capítulo. Qué tontera la de uno. Creo que en el fondo envidio al conserje y a mi amigo, a ellos les da lo mismo que estas series sean con risas grabadas y una seguidilla de imbecilidades desplegadas para hacerte más llevadero el tiempo. Si todos nosotros riéramos como este cristiano un par de horas al día mientras hacemos la pega, la salud mental del país no sé si sería buena, pero algo mejoraría. Voy a consultar a mi amigo Erick Pohlhammer, él debe tener una respuesta o alguna teoría sobre la materia. Estoy seguro que ha reflexionado sobre el origen del exceso de caras de palo y malos gestos que acompañan a la gente en la calle, en los ascensores, arriba de los buses y el metro. “Falta de cacha”, seguro que me contesta, “o baja dosis de Friends y Two and a half men”.

El conserje que había antes a esa hora en mi edificio, y que también se llamaba Cristián, era futbolero a morir. No había pichanga televisada o transmitida por radio que este muchacho no siguiera con atención. Pero un día llegó con la pipa y echando la talla, alguien lo acusó a la administración y lo despidieron de una patada a la calle. A mí me caía bien. Cuando supe los motivos de su despido, creí recordar que alguna vez lo vi chispeante y con los ojos bien achinados, pero la pega la hacía y era un buen cabro. Se fue y quién sabe si nos volveremos a ver en la vida.

Del que nunca supe nada más fue del nochero de la revista Apsi, don Rubén. Si aún está vivo, tiene entre noventa y cien años. Un viejo duro pero buena persona, algo brusco, que se había especializado en cuidar sitios eriazos, un rondín de oficio que en las noches, en vez de hacerse acompañar por una mujer, prefería un fierro duro y grande para defenderse en caso que fuera necesario. Conocía las mañas de todos nosotros. A mí me prestaba el televisor en blanco y negro los viernes en que había fútbol y tenía que hacer turno. Descubrió in fraganti amores clandestinos entre periodistas y guardó el secreto, y más de una vez impidió que un dirigente mapuche que venía con trago subiera las escaleras y me macheteara en nombre de la causa indígena. Había cometido el error de soltarle unas lucas un par de veces, y desde entonces se dejaba caer por Santiago y financiaba sus correrías con la ayuda de incautos como yo.
Tengo un amigo que es muy amigo del conserje de noche de su edificio. Dice que es tan bueno y tan de confianza, que lo han venido a buscar del extranjero para llevárselo, como a un futbolista, pero que él no arrienda ni vende el pase: no se mueve de Chile por ningún oro del mundo.

Un conserje entrañable en la literatura es Renée, una de las protagonistas de la novela La elegancia del erizo, tan bien vendida en los días que corren. Portera del edificio donde viven muchas familias acomodadas de París, Renée traba amistad con una singular muchacha de doce años llamada Paloma, y desde entonces su vida en el número 7 de la calle Grenelle avanzará por nuevos derroteros. La llegada de un singular vecino, el japonés Kakuro Ozu, sumada a la interacción con Paloma, permitirán que Renée abandone su ostracismo habitual y se muestre como una conserje única en el mundo: una conserje que reflexiona sobre Tolstoi, la pintura holandesa del siglo 17, el cine oriental y el sentido del arte y su relación con la vida. Una conserje tan original que no veía televisión.

Una vez viví en un edificio donde acusaron a uno de los conserjes de subir más de una vez a la azotea para espiar desde no sé qué ubicación a una muchacha del último piso mientras se duchaba. Lo echaron. No tuvo defensa de nadie. Uno se quedó con la duda si un día por casualidad se encontró con el numerito, o si efectivamente había agarrado la costumbre de jotear a la vecina.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
arturo rodrigo fierro fernandez
04/12/2010 21:47
[ N° 1 ]

estuvo buena tu columna Francisco.
y a veces uno debiera conversar más con ellos, reconozco que cuando llego tarde y cansado de la pega; apenas emito un saludo y una sonrisa forzada.
Nota: esporádicamente veía friends, muy divertida, pero eran demasiado acéfalos..., muy poco reales, aunque si más sanos de mentes que muchos por aquí...
saludos

Posteado por:
Víctor Leopoldo Alzamora Herrera
13/01/2011 17:44
[ N° 2 ]

Importante el punto y hay que distinguir entre personas que trabajan como conserjes y especímenes que se creen dueños de los edificios.

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