Francisco Mouat
Sábado 08 de Enero de 2011
Ballesteros


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Tiene un apellido de carácter: Ballesteros. Como ese estafador extraordinario, ¿lo recuerdan?: el español Jaime Ballesteros, que cuando cayó preso en los años noventa, después de haber embaucado a medio mundo, felicitó a sus captores por finalmente atraparlo. El deseo de estafar, de engañar, es más fuerte que mi voluntad de impedirlo, dijo esa vez, o algo así. El Ballesteros del que hablaré en estas líneas es lo contrario de un estafador: es un librero de Santiago cuyo pequeño local en Providencia brilla como una gema, en uno de esos pasajes que quedan entre el restaurant El Parrón y las Torres de Tajamar. Mi amigo Beto venía diciéndome hace tiempo que lo acompañara a donde Ballesteros. Beto ha adquirido la costumbre de ir por lo bajo una vez a la semana. Escuchan tango, toman café de grano, revisan las novedades, y, si hay ganas, Ballesteros le ve las cartas del Tarot a Beto. En días de semana, la librería de Ballesteros abre como a las doce y cierra como a las ocho de la noche. No tiene por qué ser siempre igual. A una hora cercana a las tres, Ballesteros le pone candado al local y va a almorzar. Ni siquiera en tiempos de Navidad la rutina es demasiado diferente: Ballesteros no cede a la ansiedad y lee, conversa con sus amigos-clientes, sale a pagar cuentas, escucha música, toma café y recuerda cuando José Donoso iba a verlo y se sentaba en el mismo piso en que estoy yo ahora. Ballesteros a veces va a clases de yoga a luca. Le hace bien, dice. Vamos con Beto a verlo un jueves a mediodía. Ballesteros acaba de llegar. Es un hombre bajo, canoso, risueño, cordial, de mirada penetrante desde sus ojos claros. Un apretón de manos basta para entablar conversación. Ballesteros es un viejo librero de verdad. Lo reconozco en el modo en que se refiere a los autores. Nos rodean libros y cajas metálicas antiguas, de galletas, caramelos, té, sémola. Autos de juguete, ejemplares de la revista El Peneca y Ecran como las que comerció durante años en un local que tuvo en el Bío-Bío antes de que el Persa se viniera abajo, como dice que ocurrió. Distingo de inmediato en uno de los anaqueles los cuatro tomos de las Obras completas de Stefan Zweig editadas por Aguilar, tapas de cuero flexible. Lo estaba buscando desde hacía mucho: un tomo de novelas, dos de biografías y uno de memorias. Le digo que me los aparte, que cuando reúna un poco de dinero vendré por ellos. Me cobra un precio de amigo. Ballesteros prepara café y nos hace escuchar al Polaco Goyeneche, acompañado de la orquesta del gran Pichuco, de Aníbal Troilo. El tiempo se detiene. Entra gente a consultar títulos y precios. Una niña junto a su padre consigue por mil pesos unos cuentos infantiles, ella los quiere para Navidad, y Ballesteros se da cuenta de la diferencia que supone para ese padre pagar mil pesos en vez de los dos mil que marcaba la etiqueta. Estar aquí no es estar en Santiago, le ha dicho más de una vez Ballesteros a Beto. Yo no sé si estoy de acuerdo con él, yo creo que sí estamos en Santiago, sólo que se trata de la capital de Ballesteros, planeta donde la voz rasposa de Goyeneche nos envuelve.

Un ojo clínico para detectar perlitas me dice que entre los miles de libros que tengo enfrente hay una edición de tapa dura de A sangre fría, de Truman Capote. Miro la etiqueta: cuatro lucas. Muchos de los libros están forrados en plástico para protegerse del polvo y el olvido. Reviso los precios uno a uno, para hacerme una idea. Casi puras ofertas, gangas que nos invitan a venir nuevamente a revisar las estanterías, con tiempo, porque no se debe ir a las librerías sin el mínimo tiempo necesario para recorrer a escala humana los lomos de esos volúmenes que tal vez nos esperan desde hace años. Aunque sé que más pronto que tarde iré donde Ballesteros de la manera en que va Beto: a escuchar música, a preguntarle algo a las cartas del Tarot, a saber un poco más de un autor que nos persigue, a beber buen café y ver pasar las horas. Doy con un manual de Alone muy gracioso, Aprender a escribir: “Hay que cuidarse de los libros como de las personas, no entregar su amistad a cualquiera ni permitirles a todos que invadan nuestra soledad”. Suena el teléfono. Escucharlo es como estar en una casa de hace cuarenta años. El aparato es antiguo, negro, de los que se disca introduciendo el dedo índice en un orificio con el número respectivo y girando hasta topar. Ballesteros contesta, y nosotros con Beto nos quedamos un momento suspendidos, escuchando al Polaco Goyeneche y a este viejo librero que le dice a un amigo que lo llamará más tarde, porque ahora está ocupado con otros amigos que lo vinieron a ver. El tiempo no envejece de prisa en la librería de Ballesteros.

3 Comentarios publicados
Posteado por:
Constanza Zapata Flores
09/01/2011 01:45
[ N° 1 ]

Francisco: hace tiempo que quería escribirle, recién encontré un momento. Yo estudio Ingeniería Civil Electrónica, pero no disfruto ese mundo, lo que más me gusta es leer novelas.
Quiero comentarle del último libro que leí: "1984" de George Orwell, de seguro lo leyó. En marzo de 2010 tuve la oportunidad de viajar a Cuba, pero no a ver la Cuba para extranjeros, sino la de los cubanos, ya que mi novio es cubano.
Cuando iba en la página 12 del libro fue increíble notar que en tan pocas páginas ya todo era Cuba, cosa que confirmé al continuar la lectura. Ahora estoy comenzando "Rebelión en la Granja". Estoy asombrada con Orwell y su capacidad de vislumbrar el futuro.
Hay una frase en particular del libro que resume muy bien lo que deduje de mi viaje: "De hecho, mientras no se les permita tener patrones de comparación, ni siquiera tienen conciencia de que están oprimidos".

Bueno, también quisiera comentarle sobre un muchacho, Manuel Bravo, cuyo primer libro llegó a mi manos por medio de mi papá, que es profesor de Castellano. Son nueve cuentos y tres poemas. No lo conozco personalmente, pero en un mail le escribí que sería interesante para él que usted leyera su libro. Quizás usted podría decirme como Manuel le puede enviar un ejemplar.

Todos los sábados leo su columna y aunque hay varias entre mis favoritas, una que recuerdo más es "El mejor trabajo del mundo". Afortunados los que encuentran su mejor trabajo del mundo. Lo que es yo, aun no encuentro mi mejor trabajo del mundo, porque si bien me encanta leer por eso no pagan, y no tengo mucho talento para escribir. Le tengo una sana envidia y mucha admiración por lograr que lo que más le gusta se haya transformado en su trabajo.

Creo que ya me explayé demasiado, por lo que me despido.
Coni

Posteado por:
margot llefi martel
09/01/2011 14:01
[ N° 2 ]

Francisco: como siempre, un gusto especial leer tu columna semanal.
Vivo cerca del lago Llanquihue, como viajo poco a Santiago, siempre hago un itinerario con tiempo, no puedes nombrar los lugares que visitas?, seria bueno, por ejemplo, saber como se llama la libreria del señor Ballesteros... nos ayudaia a los provincianos.

Posteado por:
Manuel Enrique Méndez Gómez
10/01/2011 19:17
[ N° 3 ]

Muy pertinente lo de Coni ( Nº 1), respecto " del mejor trabajo del mundo", en estos días en que muchos jóvenes ( incluyo a mi hija) buscan un oportunidad para estudiar en la Universidad.
Me parece inadecuado que muchos personajes ( incluido el Ministro de educación) intenten disuadir a los futuros estudiantes y luego profesionales a estudiar carreras basado en las "necesidades y demandas laborales", cuando en lo que se debiera hacer incapié es en la vocación que se tiene para ejercer alguna profesión.
Tiendo a pensar, (con el debido respeto), que Pancho no se hará millonario con escribir y con su trabajo en la radio; pero a estas alturas de su vida, siendo ya un adulto, ¿ le importa tanto el dinero?.
Hay un dicho de un amigo mío respecto del dinero: "hay gentes forradas en plata y no pueden darse el gusto de comerse un huevo frito"
No es consuelo... sino realidad.
Saludos Coni.


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