
Lo vi desde lejos, inconfundible: yo venía caminando desde la calle Valparaíso, y al avanzar por el costado de la plaza de Viña, donde se estacionan las victorias, alcancé a divisarlo en la escalera del frontis del Teatro Municipal. Por fin conocería personalmente a Ennio Moltedo, el poeta. Alto, delgado, de lentes: tal como él se había descrito la vez que hablamos por teléfono. Impecable chaqueta blanca, pantalones café claro, zapatos de gamuza casi del mismo color, pañuelo de seda en el cuello a pesar del calor inminente.
Quería conocerlo desde que comencé a leer sus libros, un par de años atrás. Su poesía original y escrita toda la vida cerca del mar, la mirada crítica, corrosiva, sensible, a ratos humorística, despreciadora del mercado, enjuiciadora de las últimas demoliciones y las nuevas construcciones, por momentos de una delicadeza fuera de serie, me cautivaron inmediatamente: “Poeta. Te has quedado sin nombre. Era bello el primero, ese que apenas te atrevías a escribir, grande, bajo la lámpara. Soñaste tanto para alcanzarlo, que alguien, en voz baja y después de medir tus corolas, te lo susurró con cuidado. Hermoso bautizo tardío (…) Pero insistes. Cada noche te inclinas bajo la misma lámpara”.
El primer libro de Ennio Moltedo que tuve en mis manos fue Día a día. Un amigo, dueño de librería en los años noventa, me llamó por teléfono un par de años atrás para decirme que había unas cajas con libros en su casa que iba a botar a la basura. En la pesquisa encontré dos perlas que ahora brillan en mi biblioteca: Sobre cosas que me han pasado, de Marcelo Matthey, y el mentado Día a día de Moltedo, que empieza así: “Día a día crece sobre mi espalda que me sigue y me espera, que nunca olvido, que hace las veces de almohada y sueño, de bosque, palacio o río, donde guardo senderos desde la primera a la última revuelta del camino: marcas y fechas: paseos, inviernos, galerías por el cielo o bajo tierra, paredes de hojas secas, cantos de libros, de raíces y láminas y retratos hundidos donde emerge apoyada la hermosa Lou. Todos ellos repiten a destiempo palabras que me vuelven a la memoria y que yo devuelvo a mi saco, con amor, para poder vivir”.
Me lleva Ennio a almorzar a un restaurante autoservicio en un supermercado de la calle Valparaíso. Pedimos pollo asado. Ennio había presentado la noche anterior su último libro, Las cosas nuevas. El dibujo colorido de la portada lo hizo él mismo en 1990 sobre el cartón de una caja de fósforos. Me extiende un ejemplar de regalo. Abro y leo: “No te acerques a palacio. Desde allí ninguna señal de paz es válida. Ninguna esperanza coincidirá contigo. Ese lugar de acción y futuro te parecerá vacío”. Leo, leo, vuelvo a leer, hasta hoy, hasta esta mañana en que escribo, cuando el almuerzo con Ennio, el café posterior en el Samoiedo, la visita a la librería Altazor y la despedida en una de las esquinas de la plaza son recuerdos de una textura similar a aquellos que Moltedo emplea en sus párrafos:
“Los años acumulan el recuerdo de los muertos. ¿Por qué siempre tocan el timbre cuando es de noche?”.
Justo antes de despedirnos, Moltedo comenta que a esa hora, las tres o cuatro de la tarde, la carretera a Santiago debe estar despejada, aunque seguramente con bastante calor. Le digo que mientras tenga energía, ir a Viña a encontrarme con él y volverme unas horas después será un gusto y un privilegio.Menciono la palabra energía y Ennio apunta: “Dicen que sólo somos eso: un rayo de energía”.
Habla bajo, Ennio. La suya es una voz de café más que de bar, siguiendo la nomenclatura de Carlos León, el hombre de Playa Ancha que fuera buen amigo de Moltedo. Una vez Moltedo visitó a León en su oficina de la Caja de Empleados Particulares, y mientras estuvieron reunidos entraba a cada rato una secretaria más o menos agraciada a sacar papeles de unos kárdex. “Permiso”, decía, hacía lo suyo y se marchaba rápido. Después de entrar tres o cuatro veces, Carlos León le preguntó a Moltedo: “¿Tú te has acostado con esta mujer?”.Moltedo se sorprendió:
“¿Por qué me preguntas eso?”. “Es que aquí, al menos, ella se ha acostado con todos los hombres que trabajan en la Caja”.
Acordamos publicar en 2011 su libro Concreto azul, escrito hace más de cuarenta años. Será probablemente el comienzo de la impresión lenta y sostenida, año a año, de todos sus libros, de modo que sus escritos tengan la posibilidad real de encontrarse con sus inciertos lectores. Yo soy uno más de ellos: “Amor, te espero con la rara costumbre de algunos insectos; te espero en la demarcación del bosque, entre las cañas oscuras, allí donde habré dejado una señal de fuertes ondas, que tus sensibles antenas reconocerán de golpe y que tu fuerza ya no podrá eludir”.
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