
La invasión de mosquitos en las últimas noches anuncia la lluvia que vendrá. Una brisa ligera pone al lago en movimiento. Hoy el gallo de la casa de la María amaneció cansado y prácticamente no canta. Tal vez está triste. Seguiremos llamándola así, la casa de la María, aunque ella, María Antonia Ortega Vargas, esté enterrada desde el último septiembre en el cementerio de Puerto Fonck, junto al camino, un kilómetro en dirección al norte, en una tumba aún colorida con girasoles y flores.
Sunset Park, de Paul Auster. El protagonista, el que lleva la acción, es Miles Heller, un muchacho de poco menos de treinta años que después de los veinte decidió largarse de Nueva York abandonando su casa, la universidad y a sus padres porque lo agobia una culpa vinculada a la muerte de Bobby, hijo de la nueva esposa de su padre. La historia es narrada en forma alternada por los principales personajes: el propio Miles, su padre, su madre y sus compañeros en la casa okupa a la que regresa en Sunset Park, cuando necesita salir de Florida porque una hermana de su novia menor de edad lo chantajea y amenaza. La novia es Pilar Sánchez, una cubana inteligente y lúcida, de sólo diecisiete años. La historia seduce no tanto por la relación de hechos que van contando los distintos personajes, sino por la moral que sostiene a Miles, quien comienza narrando cuando trabaja “sacando la basura” de aquellas casas que han sido abandonadas por deudores insolventes que no pueden seguir pagando créditos hipotecarios al banco, y donde él complementa su faena tomando fotografías de los objetos que han sido dejados, “libros, zapatos, cuadros al óleo, pianos y tostadoras, muñecas, juegos de té y calcetines sucios, vestidos de fiesta y raquetas de tenis, pistolas de silicona, colchones descoloridos, fichas de póker y hasta un canario muerto que yace en el fondo de su jaula”: “Cada casa es una historia de fracaso y él se ha propuesto documentar los últimos y persistentes rastros de esas vidas desperdigadas con objeto de demostrar que las familias desaparecidas estuvieron allí una vez, que los fantasmas de gente que nunca verá ni conocerá siguen presentes en los desechos esparcidos por sus casas vacías”. Como es habitual en la literatura de Auster, la novela ofrece atajos impensados, azares imprevistos, una nueva vuelta de tuerca al llegar a la esquina. ¿Se puede vivir calculando el futuro? “¿Vale la pena tener esperanza en el porvenir cuando no hay futuro?”. La pregunta la formula el propio Miles.
La historia del amor, de Nicole Krauss. Apenas leí un capítulo, el que va de la página 77 a la 87 y se llama “Perdóname”, así que diré poco, además de las enormes ganas que me dieron de leer la novela completa. Se trata de un libro no leído aún, pero sí atisbado, lo que a veces cuenta tanto como la acabada lectura. El capítulo “Perdóname” narra la historia de cómo un ejemplar del libro llamado La historia del amor, escrito en su momento por Zvi Litvinoff, un polaco que arrancando de los nazis vino a dar a Valparaíso, da vueltas y vueltas y termina siendo adquirido en una librería de viejos de Buenos Aires por un joven llamado Daniel Singer, padre de una de las protagonistas del libro de Krauss. La historia del libro La historia del amor describe un destino común: “De los dos mil ejemplares que se imprimieron de La historia del amor, algunos fueron comprados y leídos; muchos fueron comprados pero no leídos; algunos se quedaron en los escaparates de las librerías, perdiendo el color y sirviendo de pista de aterrizaje a las moscas; algunos fueron rebajados y muchos fueron enviados a la compactadora de papel, que los trituraría, seccionando y desgarrando las frases con sus cuchillas giratorias, mezclados con otros libros no leídos o no deseados”.
La librería, de Penelope Fitzgerald. Es la historia de una mujer mayor, Florence Green, que decide instalar una librería en un pueblo costero del este de Inglaterra, Hardborough, donde no había nada, ni tintorería, y donde sólo se podía asistir a una función de cine un sábado cada quince días. Notable novela, deliciosa. Divertida, irónica, elegantemente británica, describe la estupidez humana, la envidia, el apego a formas ridículas, la tontería, el arribismo y entre medio la sensatez de la protagonista, dispuesta a iniciar una nueva etapa de su vida ya madura con un proyecto tan inusual como montar una librería en una casona vieja y abandonada ocupada únicamente por un fantasma que no cesa de trabajar en sus ratos libres. Llevarle la contraria a la vieja pituca del pueblo, que quiere instalar un centro cultural en la misma casona donde Florence decidió levantar su librería, y decidirse a vender la provocadora novela Lolita de Nabokov –estamos hablando de 1959– fueron razones suficientes para declararle la guerra. El único que se animó a defenderla fue el señor Brundish, que le hizo llegar una carta: “Me gustaría desearle suerte. En tiempos de mi bisabuelo había un librero que, al parecer, tumbó a un cliente con un libro cuando éste se puso pesado. Desde ese día hasta hoy, nadie ha tenido el valor suficiente para vender libros en Hardborough”.
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