
Esa madrugada, hace un año, no se borrará fácilmente de nuestras mentes. Desnudos de todas nuestras seguridades, mientras el terror nos empujaba a lo más básico: buscar refugio, proteger a nuestros seres queridos, rezar. Es lo que la naturaleza nos depara, con porfiada regularidad, a los habitantes de esta angosta faja.
Los costos en vidas, viviendas e infraestructura han sido analizados en detalle, no sin polémicas por cierto, pero, después de un año, el balance global parece razonablemente consensuado. Poco se ha dicho, sin embargo, sobre las otras secuelas del desastre: Los efectos psicológicos, los traumas, las confianzas sociales destruidas, el desprestigio de las instituciones. La poca evidencia disponible muestra que en estas áreas los daños fueron severos, que muchos de ellos persisten y que algunos quizás sean permanentes.
Hay evidencia dura de cambios sociales profundos. Por ejemplo, el aumento de la tasa de nacimientos en las zonas afectadas. Las razones son misteriosas. ¿Un vuelco hacia la familia, o es el instinto de conservación de la especie que, tras las catástrofes, nos empuja a reproducirnos? No lo sabemos. Sin embargo, ha ocurrido muchas veces en la historia.
Quizás la secuela más preocupante de un terremoto como éste sea un deterioro de la confianza social. El terremoto nos hace sentirnos tan vulnerables, que todas nuestras certezas sobre las instituciones encargadas de protegernos se ven seriamente afectadas. Todo lo que no funcionó, o funcionó mal, quedó debilitado. Pero la desconfianza se extiende a otras instituciones sociales, a algunas en forma injusta. Hoy, por lo que sabemos, la gente tiene menos confianza en la policía, en la Armada, en los bomberos, y sobre todo, menos confianza en el Estado. Ante la catástrofe, experimentamos la vivencia de estar irremediablemente solos. Y por un tiempo largo, toda nuestra vida se vuelca a fortalecer las defensas individuales. Nuestra casa, nuestras defensas, nuestra familia.
Hay datos que muestran una disminución de la solidaridad en este año: menos donaciones, menos trabajo voluntario. Es decir, un vuelco hacia lo propio. El consumo, por otra parte, está disparado a niveles totalmente inéditos. La mayoría de los economistas están sorprendidos de los altísimos niveles de consumo que están mostrando los hogares chilenos. El comercio bate récords de ventas mes tras mes. Es como si buscáramos protección en los bienes materiales.
Es paradójico que el terremoto haya ocurrido al final de un gobierno cuyo sello declarado fue la “protección social”. Creo que la ola del maremoto arrasó, entre otras cosas, con la ilusión de un Estado omnipotente capaz de protegernos de todos los males y de todos los peligros. A la hora de la verdad, cada uno se rasca con sus uñas, parece ser la lección que el terremoto dejó grabada profundamente en la mente de muchos.
Hubo excepciones en este año, quizás el rescate de los mineros sea una de ellas, cuando el esfuerzo colectivo logró una proeza maravillosa. La sociedad organizada consiguió lo que parecía imposible. El mundo entero lo celebró. Pero ya vimos que, internamente, el efecto fue efímero.
En este año, creo que no casualmente, el desprestigio de la política ha llegado a niveles críticos. Los partidos, las coaliciones despiertan más rechazo que afecto, sin excepción. La Iglesia, afectada por sus propias crisis internas, tampoco ha sido el refugio que ha sido en otras circunstancias del pasado. Las Fuerzas Armadas, por si faltaba algo, han sido golpeadas por casos de falta de transparencia.
El resultado final es que nos sentimos más solos, más desprotegidos, más huérfanos de apoyo. No todo es culpa del terremoto, es cierto. La desconfianza en las instituciones es un proceso que viene de largo. Pero la verdad es que este último año fue como si alguien se hubiera empeñado en demolerlas.
¿Cuánto tiempo debe pasar? Estudios hechos en la zona afectada por el huracán Katrina muestran que 5 años después de ese desastre las personas aún muestran signos de estrés y otros problemas psicológicos. A tener paciencia y comprensión, no hay camino corto. Y las instituciones afectadas por sus propios terremotos internos, a hacer penitencia y meditación. Para recobrar la fe pública, tampoco hay atajos.
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Posteado por: Adolfo Grillo Queirolo 01/03/2011 12:47 [ N° 1 ] |
Estimado Don Roberto: Lo saluda atentamente Adolfo Grillo |
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