
De lo vivido, leído y soñado en estas vacaciones que ya terminan, hay destellos –que no sé si llamar de felicidad– que permanecen en la borra del café matinal. Los apunto en cualquier orden.
El amanecer. Definitivamente, el momento del día que más me gusta. Ser testigo de un amanecer íntegro, cuando habitualmente uno a esa hora duerme, es como despertar a la vida. Los sonidos del amanecer más el modo en que la oscuridad se va diluyendo, la aparición del sol o las nubes, la primera experiencia de frío o calor, es casi siempre –al menos para mí– un momento estelar. Vi tres o cuatro amaneceres este verano en el sur de comienzo a fin. Y me gustaría convertirlo en un hábito durante el año. Me hace bien, me llena de energía. Otros correrán, algunos se subirán a una máquina a hacer ejercicios, habrá muchos que a esa hora dormirán a pata suelta, hay quienes ya viajarán al trabajo en bus, en bicicleta, en auto o a pie. Yo me contentaría con vivir el amanecer.
El fin es mi principio. El libro en que Tiziano Terzani conversa con su hijo Folco avanza sin prisa y sin pausa. Página 202:
“Tiziano: Sólo cuando llegó el momento de ir a la universidad nos pareció que necesitabais un poco de educación formal. Pero mientras estábamos en China, me parecía mucho más interesante que fuéramos todos a conocer el país en bicicleta durante diez días que haceros ir al colegio a aprender matemáticas. ¡Eso podías aprenderlo en otro momento, cuando llovía!
Folco: En Estados Unidos, una vez fui a la casa de un físico que había ganado el Premio Nobel. Le pregunté cómo había llegado a ser mucho mejor que los demás. ¿Qué hiciste en la universidad que fuera distinto? ¿Estudiaste más? Y él contestó que no: mientras los demás estudiaban sin parar, yo me iba todos los fines de semana a escalar una montaña o a explorar el fondo del mar. Así he aprendido las cosas que me han hecho distinto”.
¿En qué otro momento del año mis hijos viven cotidianamente sin internet, sin televisión, sin sus habituales amigos del colegio o la universidad, sin comercio, explorando un lago inmenso, bañándose en él con naturalidad a cualquier hora y con cualquier clima, arrojándole piedras, dibujando un volcán a su lado, caminando sobre la arena, conviviendo con los animales domésticos del campo que habitan, viendo cómo se pelean los gatos, cómo los perros marcan su territorio, cómo los gansos descansan en la cancha de fútbol cuando no hay partido, preguntándose qué son las aguas termales, qué es la arena volcánica, cómo se hace para conseguir astillas para prender fuego los días de frío y lluvia, cómo es el cementerio en que está enterrada la María, nuestra vecina querida, desde el último septiembre? ¿Hay otro momento del año que no sea de vacaciones en que nuestra vida se comporte de esta manera? ¿Cómo hacer para que el espíritu exploratorio y natural de esa vida sencilla que llevamos durante menos de veinte días se convierta en una necesidad cotidiana y doméstica el resto del tiempo?
El humo del asado. Mi amigo Julio Neme invitó a un asado en su cabaña. No hay mejor humo para asado que el que fabrica Julio. Parece distraído cuando prepara el fuego. Uno ve los troncos que va quemando y no sospecha que de ese fuego tenue, de ese calor, saldrá la mejor carne imaginable, la más jugosa y la más sabrosa. Él se toma todo el tiempo del mundo y nadie lo apura. Le pregunto cómo aprendió, y él contesta que es herencia de su padre, el Turco Neme, de San Rafael, provincia de Mendoza, famoso por ser el mejor asador del pueblo. Para el Turco, casi no había asunto más serio que el humo del asado. Estudiaba el viento, la calidad de la madera, el olor que desprendía mientras ardía, y la carne se convertía en un tema de segundo orden comparado con el fuego y el humo. Dan ganas de haber conocido al Turco, que tuvo un restaurante, pero fundió porque iban siempre sus amigos y él no tenía corazón para cobrarles la cuenta y los invitaba a comer y a tomar, y como cada vez eran menos los que pagaban, claro, no hubo modo de sostener la economía y el boliche quebró.
Los libros que vienen. Cuando fui a revisar el correo una vez por semana a la Biblioteca Pública de Puerto Octay, me encontré con proyectos de libros que reclamaban el derecho a ser revisados y evaluados por el nuevo sello que dirijo: una escritora chilena radicada en Estados Unidos anuncia el envío de su nueva novela en marzo porque le agrada la idea de publicar en un sello independiente y pequeño, un abogado joven nos remite su primer volumen de cuentos, un escritor uruguayo nos hace llegar en un sobre un ejemplar de su libro Conversaciones con Mario Levrero, autor querido por la casa, para que consideremos la posibilidad de editarlo también en Chile. Independiente de si finalmente se publiquen o no, soñábamos con eso: mover al lenguaje y a la vida para que de ese viaje fuera apareciendo la literatura nuestra de cada día.
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Posteado por: MONICA ANGELICA SALINAS URBANO 01/03/2011 22:05 [ N° 1 ] |
Todo lo que usted escribe en si es un poema, gracias. |
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Posteado por: María Ines Amenábar Christensen 03/03/2011 19:31 [ N° 2 ] |
"mover al lenguaje y a la vida para que de ese viaje fuera apareciendo la literatura de cada día": Justamente de éso se trata.! |
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Posteado por: gloria lopez ulloa 03/03/2011 22:55 [ N° 3 ] |
Lo que mas me agrada de la revista el Sabado son sus escritos.. me encantan. |
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Posteado por: Fernando Retamales León 04/03/2011 18:18 [ N° 4 ] |
Recuerdo con gran emoción los hermosos viajes en tren que disfruté entre los veranos de 1998 y 2002, en el grupo scout del Instituto Nacional (cuando llegaban a Temuco por 15 mil pesos y por ello era factible transportar así a 40 personas). Ese momento en que un breve haz de luz me despertaba y por una pantalla de 10 metros de largo veía al sol dibujar las siluetas de bosques, montañas, praderas y vacas. Que lindo que era viajar en tren. |
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