Sol Serrano
Sábado 26 de Marzo de 2011
Nuevas tecnologías, viejos pánicos


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A la telenovela brasileña que se trasmite cada semana por nuestro canal principal le ha surgido un competidor inesperado. Bajo el título de “Las razones de Cuba” se proyecta los lunes en la noche un serial hecho por el mismísimo Ministerio del Interior. Aunque el guión es reiterativo y por momentos cansón, cada capítulo trae también su cuota de sorpresa. Desde el destape de algún agente encubierto infiltrado en las filas del periodismo independiente, hasta las confesiones de un joven que camufló una antena parabólica en una tabla de surf. Hay de todo, salpimentado –claro está– con una buena dosis de teoría de la conspiración y grandes porciones de antiimperialismo. En apenas treinta minutos, esta saga al peor estilo de Big Brother, publica conversaciones telefónicas de clientes asociados a la única empresa de celulares que existe en el país. También aparecen grabaciones hechas por cámaras ocultas a ciudadanos que no se esconden a la hora de decir sus críticas o de asociarse según sus demandas.

Ante el empuje de las redes alternativas de información y del creciente malestar por la prolongada crisis económica, la respuesta oficial no se ha hecho esperar. Por nuestra pantalla chica desfilan expertos explicando las nuevas amenazas que se ciernen sobre nuestra isla y oficiales de la inteligencia que satanizan a Twitter, Facebook y a la Web 2.0. Los ecos de Egipto y Túnez hacen que nuestra policía política intente estigmatizar la tecnología, asociándola con el enemigo. Se trata de evitar a toda costa que los cubanos puedan confluir y movilizarse a través de la tecnología, para terminar coreando su inconformidad en la mismísima Plaza de la Revolución. Para alejar esa posibilidad, el nuevo serial pone una advertencia a los más jóvenes, a esos inquietos adolescentes cuyos dedos son ágiles a la hora de enviar sms y que están fascinados por el envío de archivos a través de bluetooth. Es hora de asustar a los atrevidos, de darles su lección a los que se han alejado del abrazo institucional o estatal para realizar proyectos culturales, periodísticos o políticos de forma independiente.

Sin embargo, la nueva “telenovela” de policías buenos y disidentes malos no es sólo una advertencia a todo aquel que ya está exponiendo sus inconformidades abiertamente. El objetivo principal son quienes todavía se mantienen en la indecisión de seguir simulando o cruzar la delgada línea roja que los lleva a un activismo crítico. Justamente a esos potenciales discrepantes va orientada esta desclasificación de policías secretos. La aparición en la televisión nacional de alguien que hasta hace poco fingía ser un periodista independiente o un opositor nos ha dejado con la impresión de que vivimos rodeados de delatores. La idea no es nueva. En los años setenta y ochenta fueron numerosos folletines donde los héroes eran individuos que se hacían pasar por enemigos del sistema para reclutar y planear acciones que después terminaban en el apresamiento de todos los implicados. Cada niño pequeño quería convertirse en uno de esos informantes. Era la etapa de jugar en el recreo de la escuela a denunciar al compañero de al lado, ya fuera porque tomó una galleta de más en la merienda o porque embarró con su refresco el asiento de la maestra. Por un soplo de alguien que parecía de confianza, miles de cubanos perdieron sus empleos, la posibilidad de cursar estudios en la universidad, el privilegio de un viaje al extranjero o el simple ticket para comprar un electrodoméstico. Los delatados se transmutaban también en delatores, los fisgones muchas veces eran atisbados por otros, la víctima de una denuncia aprovechaba la mínima oportunidad para troncharle también el camino a alguien cercano. Todos sospechábamos de todos.

La paranoia nacional llegó al punto que cualquier opinión divergente del gobierno era calificada en un primer momento como una posible provocación de un “seguroso” que aparentaba ser disidente. Nadie quedó exento de dudas. Ahora la tele oficial quiere devolvernos a esos años donde la paranoia alcanzó su punto más alto en esta isla, cuando veíamos topos por donde quiera que miráramos. Buena parte de los televidentes, sin embargo, no se han dejado atraer ni convencer con la actual saga orwelliana. Ante esa evidente apatía se ha orientado repetir cada capítulo en todos los centros escolares y laborales, para estar seguros de que ni un solo cubano se ha quedado sin verlos. No obstante la insistencia, la gente sigue prefiriendo la telenovela rosa que llega desde Brasil, pues al menos en su almibarada trama no se muestra la familiar, aciaga – y hasta risible – presencia de un agente encubierto.


1 Comentarios publicados
Posteado por:
Felipe Andes Valdes
27/03/2011 00:39
[ N° 1 ]

Entiendo que hay un eror, el texto seria de la valerosa bloguera cubana Yoani Sanchez.

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